POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Mi nieto tiene cuatro años. Lo miro correr por el patio solariego con esa seriedad con que los niños juegan. Ignora la inflación, el riesgo país, el déficit fiscal y las teorías económicas. Lo observo y me pregunto:
¿Cuánto vale? ¿Cuánto me darían por el niño?
Pero la pregunta encierra en sí misma una cuestión inmensamente más profunda. No cuánto vale para mí sino para el “Mercado”.
Y allí aparece el escándalo filosófico; la cuestión moral luchando contra la necesidad material. Porque uno no piensa en el valor dinerario de su nieto para sufragar sus necesidades vendiéndolo, sino ¿Cuánto vale el niño en el mercado? ¿Cuál es su cotización? ¿Se mide en dólares? ¿En oferta y demanda? ¿En la urgencia de quien compra y la necesidad de quien vende?
Ya Shakespeare supo marcar esa frontera entre aquello que tiene precio y aquello que tiene dignidad. En El Mercader de Venecia, Shylock reclama una libra de carne humana porque así lo establece un contrato libremente celebrado. El drama comienza cuando la ley del intercambio pretende extender su jurisdicción sobre la condición humana. Porque una cosa es vender trigo, casas o navíos; otra muy distinta es convertir a las personas en mercancía. Allí nace la tragedia. Y acaso también nuestra discusión contemporánea.
Luego, si un niño puede tener precio, ¿qué cosa queda definitivamente a salvo del mercado?
En una hipérbole deliberada podría afirmarse que el Maligno es el comerciante perfecto. No porque venda cosas, sino porque compra aquello que jamás debiera estar en venta. Desde Fausto hasta las viejas leyendas medievales, Satanás no adquiere tierras, ganado ni mercancías: compra almas. Y acaso no exista imagen más perturbadora para una civilización que aquella en la que lo más íntimamente humano termina convertido en objeto de transacción.
Tal vez por eso las viejas historias sobre pactos diabólicos conservan su fuerza simbólica: nos recuerdan que el mal comienza cuando algo deja de ser sagrado para transformarse en objeto de intercambio.
La serpiente del Génesis, Fausto, Judas, Shylock, Murphy, el mercado absoluto… todos aparecen unidos por una misma pregunta: ¿Qué estás dispuesto a vender?
En la respuesta se juega la dignidad de cada uno.
La mujer del Génesis cedió ante la Serpiente que le ofreció un fruto a cambio de obediencia. El hombre, siempre débil ante la mujer, aceptó completar la transacción. Milenios más tarde, Fausto vendió su alma a cambio de conocimiento y poder. Judas vendió a Cristo por treinta monedas, Shylock, exigió una libra de carne de Antonio en cumplimiento de un contrato y ahora, Robert Murphy, imagina un mundo donde incluso la tutela de los niños puede ingresar en la lógica del intercambio.
Robert Murphy -un autor de cabecera de Javier Milei-, proviene de una tradición intelectual más amplia del anarcocapitalismo que abreva en las tesis de Murray Rothbard -que suele citar el presidente-, sobre los derechos de los niños. Rothbard llegó a sostener que los padres tendrían derecho a transferir la tutela de los hijos y discutió explícitamente la posibilidad de un «mercado de niños» o de venta de derechos de tutela, una de las tesis más controvertidas de toda la literatura libertaria.
En su libro “La Teoría del Caos” (libro que el presidente le regaló a todo su gabinete), Murphy efectivamente plantea que en una sociedad anarcocapitalista existiría un «mercado de bebés» o de adopciones plenamente liberalizado. En la edición en español puede leerse: «…habría un ‘mercado de bebés’ a pleno funcionamiento, en el que los privilegios de paternidad se venderían al mejor postor…»
Es decir, que Murphy imagina una sociedad donde los niños pueden ser objeto de transacciones de mercado vinculadas a la patria potestad o a la adopción.
Cuando una persona puede ser transferida entre particulares mediante una contraprestación económica, ¿cuánta distancia conceptual existe entre esa operación y el formulario 08 con el que se transfiere un automóvil? La diferencia jurídica podrá ser enorme. La inquietud moral, en cambio, permanece intacta.
Porque desde esta óptica, la cuestión no es si el trámite se realiza en una escribanía o en un registro automotor. La cuestión es si el ser humano ha ingresado definitivamente en la categoría de las cosas.
Porque nadie se escandaliza por vender una cosecha, una casa o un automóvil. La alarma moral comienza cuando aparece la tentación de vender aquello que constituye nuestra humanidad.
Evidentemente, que el debate es muchísimo más profundo, pero basta plantearlo así para que nos preguntemos si todos aquellos valores y categorías en los que fuimos enseñados y que constituyeron la piedra angular del Occidente cristiano, como la Libertad, la conciencia, la amistad, la fe, los hijos y los nietos, han sido reducidos por la filosofía del anarcocapitalismo a objetos fungibles propios del comercio.
Las consecuencias de aceptarlo así son terribles, porque entonces, si el ser humano puede ser objeto de transacciones es por su vida útil. Luego, los ancianos, los discapacitados, los incapaces mentales, en fin, deben ser eliminados porque no son útiles a los fines del “Mercado”.
Hemos de comprender finalmente, que cuando Juan, en la isla de Patmos escribió el Apocalipsis, no profetizó un castigo divino sino nuestra propia destrucción.
Porque al fin de cuentas, Satanás no crea nada: Sólo pone el precio. –
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