POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Otra vez la conciencia social – de los que la tienen, claro-, se ve conmovida ante un crimen inexplicable y atroz. La niña adolescente asesinada en Córdoba es una muestra más de la barbarie que anida todavía en muchas mentes y que se desfoga en episodios incalificables como este.
El hecho, nos propone dos reflexiones inmediatas. Por un lado, el peligro de que estos sucesos actúen como disparador en un clima social tan volátil como el que vivimos en un país crispado por la tensión económica y política. La sociología enseña que cuando las políticas públicas ahogan a la comunidad el espíritu comunitario se descompone y basta una chispa para iniciar un desorden generalizado.
Porque estos crímenes actúan como resumen de la apatía política en materia de seguridad, de educación, de prevención; obran como una catarsis de las frustraciones y los silencios que van alimentando el enojo de los ciudadanos.
La hipocresía del feminismo
Por otro lado, frente a estos crímenes se desnuda lo inservible de esa supuesta militancia feminista, la visibilidad de las marchas y las intervenciones artísticas, verdaderas exposiciones de la decadencia moral de la sociedad se contraponen al silencio y los pronunciamientos públicos que debieran ser contundentes frente a un caso como el de Córdoba.
Hemos de preguntarnos entonces si la dignidad de la mujer tiene color y tiempos para defenderse o alguna vez constituir una categoría inmutable tal como le corresponde a la mujer. Los maestros nos enseñaban que toda mujer debe respetarse por el hecho mismo de su femineidad y de su capacidad coparticipativa en la creación de la vida: “Toda mujer, más allá de su edad o circunstancia es una madre en potencia”.
El respeto hacia la mujer tiene hasta un origen teológico que ensalza su dignidad. Mientras en el mito bíblico, Adán fue creado a partir de la tierra, la mujer devino directamente del pensamiento de Dios. Nada más esto para predicar de esa condición superlativa de la mujer en la sociedad. No se puede reducir esos valores a un pañuelo verde o a una marcha de mujeres histéricas y desmelenadas.
La selectividad del dolor
De pronto, un episodio donde un artista habría tentado intimar con una colega se convierte en un caso donde las pares llenan los estudios televisivos hablando de la dignidad de la mujer. Marchan por las calles en defensa del pudor, pero frente a casos tan estremecedores nadie concurre a reclamar por el cuidado y protección de la niñez y adolescencia femenina.
Parece que hubiera cierta “clasificación” de las víctimas y oportunidades para reclamar que dependen de una agenda o coyuntura política específica.
¿Acaso las víctimas deben tener un estereotipo físico ario para que se encienda el reclamo feminista? ¿Un estatus económico o social que justifique movilizarse? Cuando la militancia se convierte en una estructura con financiamiento o beneficios de visibilidad, corre el riesgo de burocratizarse y perder el foco humanitario original: la defensa incondicional de la vida.
El silencio actual de las ultramilitantes no es distracción; es complicidad selectiva. Desnuda que el dolor ajeno solo cotiza si sirve para alimentar el relato o castigar al adversario de turno. El caso de Córdoba expone las costuras de un feminismo de salón que declama derechos pero gestiona silencios.
Si la defensa de la vida y de la dignidad de las mujeres se sectoriza por conveniencia presupuestaria o simpatía ideológica, deja de ser una causa noble para convertirse en un burdo negocio corporativo.
Mientras el ruido de las agendas oficiales tapa el silencio de las que ya no tienen voz, la realidad nos asesta un golpe de verdad trágica.
A la niña de Córdoba no la defendieron las consignas vacías ni los pañuelos de moda. Su memoria queda hoy en la intemperie de una sociedad que asiste al espectáculo de la hipocresía, confirmando que para el feminismo de pancarta y subsidio, hay muertes que cotizan en bolsa y vidas que, simplemente, no importan.
