POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Cada vez que una sociedad se queda sin categorías para comprender a un gobernante, recurre a la más antigua de todas: declararlo loco. Sin embargo, la historia del poder sugiere una hipótesis diferente. Los grandes desastres políticos no suelen ser obra de la locura. Suelen ser obra de la estulticia.
Se derrama cada vez más en el imaginario colectivo la percepción de que “Milei está loco”, y en realidad, analizando con objetividad el fenómeno “Peluca”, resulta intelectualmente más preciso preguntarse si estamos frente a un caso de locura o ante una manifestación mucho más común y políticamente relevante: la estulticia.
Como observó Erasmo de Rotterdam en su inmortal Elogio de la locura, «el amor propio es el más grande de los aduladores». Allí donde desaparece la crítica y el poder sólo escucha el reflejo de su propia voz, la locura deja paso a un fenómeno mucho más frecuente y peligroso: la estulticia.
Para los antiguos, el estulto no era el demente. Era algo peor para la vida pública: un hombre incapaz de gobernar sus pasiones, convencido de que toda ocurrencia propia era una verdad y toda objeción ajena una ofensa.
La historia está regada de nombres como, Calígula, Caracalla, Enrique VII, y en el siglo XX, Hitler, Stalin, y toda esa magnífica galería de personajes que confundieron el poder con la infalibilidad.
Nos viene a la memoria particularmente el emperador Cómodo, que no gobernaba un imperio sino que más bien representaba un personaje. El problema comenzó cuando dejó de advertir la diferencia. Recordemos que Cómodo se regodeaba bajando a la arena disfrazado de Hércules, envuelto en una piel de león y asesinaba a imaginarios adversarios: viejos, débiles mentales, disminuidos físicamente, mientras la plebe lo aplaudía.
Estos individuos alterados mentalmente en apariencia, crueles o extravagantes han pasado a la historia como locos, aunque en realidad, a la luz de los historiadores modernos se puede concluir que el el poder absoluto no produce necesariamente locura. Produce aislamiento. Y el aislamiento suele degenerar en estulticia.
Son individuos que asumen su papel de “primus inter pares” con carácter absolutista; nadie puede corregirlos, nadie puede contradecirlos. Y quien opina distinto pierde su lugar y su cabeza.
En suma, el loco necesita un diagnóstico, pero el estulto sólo necesita un auditorio obediente.
He allí, la diferencia entre el manicomio y el palacio. El primero encierra a los locos; el segundo, a veces, encierra a quienes deberían decirles que están equivocados. Y cuando eso ocurre, la historia suele ponerse interesante… y rara vez para bien.
¿Por qué sociedades enteras se enamoran de los estultos?
La respuesta no es nada cómoda, porque la estulticia no siempre se presenta como tal, sino como “autenticidad”, “valentía”, “sinceridad” o “fuerza”. La estulticia compite con la prudencia; un gobernante prudente duda, un estulto afirma, sentencia.
Entonces, cuando una sociedad está degrada culturalmente y cansada socialmente, humillada, encuentra más seductor a quien habla de seguridad y desecha toda propuesta inteligente. La masa come, no piensa.
Los estultos se encumbran cuando una sociedad está abatida y desesperanzada. Hay una cercanía preocupante con el mesianismo delirante.
Si bien no existe en la psicología social un síndrome único, hallamos en el ensayo “Discurso de la servidumbre voluntaria” de Étienne de La Boétie, una pregunta que conmueve: ¿Por qué millones obedecen a uno solo cuando bastaría con dejar de hacerlo?
Se explica esto por el fenómeno del “hombre providencial”. Ya hemos tratado esa tendencia argentina a la búsqueda del líder, del salvador. Inconscientemente están esperando el “Hombre gris” profetizado por Parravicini. Carlos Menem, llegó a afirmar que él era el “Hombre gris”, y algún ex gobernador de Salta también.
En la Argentina las Instituciones de la República han perdido credibilidad, entonces, el Pueblo busca salvadores. Allí es donde aparece el estulto que convoca a las fuerzas celestiales.
Tal vez allí resida la verdadera tragedia de las democracias contemporáneas. No en que los estultos alcancen el poder, pues eso ha ocurrido desde que existen las ciudades y los hombres. Lo verdaderamente inquietante es que sociedades enteras terminen confundiendo la arrogancia con la inteligencia, la estridencia con el coraje y la obstinación con el liderazgo.
Después de todo, la historia demuestra que los pueblos rara vez son víctimas de sus estultos. Con frecuencia son sus cómplices. Y cuando una multitud decide aplaudir al hombre que se cree infalible, el problema deja de ser del gobernante. Pasa a ser de la época. –
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