POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Hoy, 7 de Junio, debiera celebrarse en nuestro país el Día del Periodista. Pero… ¿tenemos algo para celebrar?
La vocación, por su misma etimología –vocare: llamado-, es algo irrenunciable para cada quien según haya sido el don de su carisma otorgado al nacer. Unos, fueron por la medicina, otros por el Derecho, otros por los números…, en fin. En mi caso, ese don fue la Palabra, una responsabilidad no menor porque Ella nos distingue de todos los demás seres vivientes del planeta.
La Palabra es comunicación, y puede ser el “¡Fiat!” (explicaré a los libertarios que no es un automóvil italiano), sino el acto soberano -el “¡Hágase!”- por el cual la voluntad divina convirtió su Palabra en realidad. Dicho de otro modo, la Palabra bien utilizada es Verbo y a la vez Logos (Jn. 1,1). Maravilla extraordinaria porque la Palabra nos comunica, nos promueve y transmite pensamientos. Es el vehículo de la Paz y el Bien.
Pero la Palabra mal utilizada, degradada en el insulto, en la denostación, en la burla y la adjetivación beligerante, divide, separa, margina, destruye. Siembra cizaña y entroniza el odio. Su frase, presidente: “No odiamos lo suficiente a los periodistas”, es una propia condena pero que no nos alcanza a quienes comprendemos que la Palabra bien utilizada es un acto evolutivo.
La Palabra en uso de la buena razón es inteligencia. Muy distinta de aquella sentencia cervantina expresada en El Quijote: “La razón de la sinrazón que a mi manera es mi razón”; porque esta última fue pronunciada por el Alonso Quijano que estaba loco.
Y sólo los dementes, los minusválidos mentales agravian con la Palabra. Y sobre esto tengo mis dudas, porque en la locura y la minusvalía no hay maldad.
La Palabra en nuestra historia ha sido sinónimo de Libertad y de Progreso. No en vano, el numen de Mayo de 1810 -Mariano Moreno-, vio en la imprenta y en la Palabra la razón de ser de la lucha por la emancipación y la Libertad.
Nuestro Manuel Belgrano, también vio en la Palabra el instrumento para crear un país. Y escribió, incansablemente porque primero pensó un país y lo tradujo en tratados de economía, de agronomía, de matemáticas, de navegación. Y pensó además que la Palabra debía enseñarse, transmitirse y donó su premio de 40.000 pesos fuertes para crear cuatro escuelas.
Y dijo en su “Reglamento” que “El Maestro, por su importancia social debe formar en los actos públicos junto a las más altas autoridades y debe ganar lo mismo que un ministro”. ¡Pobre Belgrano, qué iluso!
Somos un país formado desde las Palabras disparadas desde una imprenta. Esa imprenta que hoy está tirada en algún rincón del municipio de Cafayate.
Sólo los tiranos no comprenden el valor pedagógico y social de la prensa. La Mazorca de Rosas exilió a las plumas más brillantes de su época: Domingo Faustino Sarmiento, Juan Bautista Alberdi, la Generación del ‘37. Sin embargo, todos ellos no devolvieron odio en sus Palabras sino obras maestras de la literatura argentina, devolvieron Constitución, leyes, desde los diarios del exterior.
El mismo Justo José de Urquiza, comprendió el valor de la Palabra y llevaba junto a su Ejército Grande una imprenta volante que producía diarios para la tropa. Esa imprenta que manejaba el italiano Penutti, quien luego pintaría el primer cuadro de la Salta colonial desde el Cerro San Bernardo (Cuadro que está en el Museo Histórico del Norte).
En “Facundo”, Sarmiento gritará su impotencia exhalando una sentencia magistral: “Arma alguna nos es dado llevar a los combatientes por la Libertad…, excepto ¡La Prensa libre!… ¡La Prensa libre!
Quienes comprendemos al periodismo como una pasión y una responsabilidad social cuidamos, mimamos a la Palabra. Por eso en nuestros escritos NO EXISTEN MALAS PALABRAS. No cultivamos el odio, la diatriba, el vituperio ni el envenenamiento de las mentes. No sembramos divisiones. No nos robamos un solo peso del Estado ni de nadie, por eso ¡NO SOMOS DELINCUENTES!
Para el caso, vendría quizá a cuento aquella afirmación popular: “El ladrón cree que todos son de su misma condición”. Porque la Palabra utilizada para la destrucción es sí misma una propia condena y una confesión propia de un espíritu irascible.
Nuestro Señor Jesucristo era judío ¡Y bien judío! Un rabí; y su Palabra conmovió a un imperio, a un sanedrín y sigue sacudiendo a la humanidad. Ese judío dijo claramente: “Las Palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida.» (Jn. 6,63). Es una afirmación formidable. Cristo no dice simplemente que sus Palabras enseñan o informan ¡Dice que son Espíritu y Vida! Es decir, poseen una eficacia que trasciende el lenguaje ordinario… y lo ordinario del lenguaje.
También dice el judío Jesús: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis Palabras no pasarán.» (Mt.24,35). los imperios han caído. El Absolutismo ha caído. Pero la Palabra, esa que escribimos desde la sanidad mental y espiritual permanecerán en los archivos, en las hemerotecas, en la memoria popular. ¿Qué puede esperar entonces su gobierno?
En fin…, el hombre se dignifica o se destruye según sean sus propias Palabras. Y de ellas rendiremos cuentas al Padre a nuestro retorno a su Casa, porque somos esclavos de nuestras Palabras y amos de nuestros silencios. Mas le valdría callar que vituperar.
Nada hay para celebrar en este Día del Periodista, sino apenas una invitación a la reflexión. Un llamado a los hombres y mujeres de buena voluntad, a los ciudadanos que aún creen en la República, en sus instituciones y en esa institución invisible pero indispensable que es la Prensa Libre.
Porque a los tiranos sólo les quedan la fuerza, la censura y la proscripción cuando han agotado los argumentos. Quien posee razones debate. Quien carece de ellas insulta.
Y aquí radica, señor Presidente, la diferencia entre usted y nosotros. Usted dispone del poder. Nosotros apenas de la Palabra. Usted gobierna sobre presupuestos, ministerios y decretos. Nosotros sobre una hoja en blanco. Pero la historia enseña que los imperios más temidos fueron derrotados por hombres armados únicamente con ideas. De hecho, el judío Jesús, no escribió NADA, y derrotó a todos los imperios de la historia.
Por eso no somos delincuentes. Somos periodistas.
Y cuando su gobierno sea apenas una referencia en los libros de historia, cuando las pasiones de este tiempo se hayan extinguido y los nombres de sus funcionarios duerman el sueño del olvido, seguirá en pie aquello que siempre sobrevive a los gobiernos, a los caudillos y a las épocas: la Palabra escrita. La que nosotros, periodistas, supimos escribir en estos días. Bien lo decía Dante Alighieri en la “Commedia”: “El arte me ha enseñado de cómo el hombre se hace eterno”.
Porque el poder pasa. La Palabra permanece. –
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