POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
La descubrí una noche cuando llegué a Cafayate convocado por una infausta llamada a dar una conferencia. Allí estaba, en un rincón donde nadie sabía qué cosa era ese montón de hierros. Para quien lleva el cultivo de la Palabra como una razón de ser, hallarse frente a la Imprenta donde Manuel Belgrano había publicado en 1800 el “Telégrafo Mercantil” y en 1810, Mariano Moreno la “Gazeta de Buenos Ayres”, era como contemplar la historia del pensamiento político y pensar que allí al lado, donde yo estaba parado habían estado los Próceres de Mayo provocaba un escalofrío indescriptible.
Otras cosas posteriores en Cafayate me provocarían sensaciones similares…
Cada 7 de junio, el periodismo argentino repite sus ritos y homenajes. Recordamos a Mariano Moreno, evocamos las encendidas páginas de la Gazeta de Buenos Ayres y pronunciamos discursos sobre la libertad de expresión como piedra angular de la República. Sin embargo, muy pocos saben que el instrumento físico, el hierro sagrado que parió esos primeros gritos de Libertad y moldeó las letras de nuestra emancipación, descansa hoy casi en el anonimato, arrumbado en un rincón de los Valles Calchaquíes.
Es «Imprenta de la Patria», una reliquia civil que realizó una travesía mística y federal, para terminar hoy bajo el polvo de la indiferencia patrimonial en Cafayate, donde un gobierno municipal privado de todo criterio cultural y político, a pesar de mis esfuerzos porque la pusieran en valor, nada hicieron.
De los altares al sótano de la Revolución
La odisea de esta máquina comenzó en 1764, cuando la Compañía de Jesús la trajo a Córdoba para dotar al Colegio Máximo de la primera prensa del territorio. Tras la expulsión de los jesuitas en 1767, la imprenta fue desarmada y sepultada en un sótano. Fue el virrey Juan José de Vértiz quien la rescató en 1780, trasladándola a Buenos Aires para fundar la Real Imprenta de los Niños Expósitos. Allí, el fin era noble y trágico: las ganancias financiaban el orfanato y los mismos huérfanos aprendían el oficio tipográfico tiñéndose las manos de tinta.
Fue en esos talleres donde nació nuestro periodismo. Por sus rodillos pasaron las proclamas de la Revolución de Mayo, los encendidos editoriales de Mariano Moreno, las reflexiones económicas de Manuel Belgrano y, en 1813, las primeras copias del Himno Nacional Argentino. Aquel armatoste de madera y hierro no imprimía papeles; fundaba una Nación.
El premio a la Salta heroica y el toque de Ascasubi
En 1824, el gobierno de Buenos Aires, bajo la gestión de Bernardino Rivadavia, decidió donar esta joya histórica a la provincia de Salta, como un reconocimiento definitivo por los sacrificios y la sangre derramada en la guerra de la Independencia. Gobernaba el general José Antonio Álvarez de Arenales cuando la máquina llegó al Cabildo y fue rebautizada oficialmente como Imprenta de la Patria.
El destino le reservaba un nuevo cruce con la cultura nacional: su primer oficial impresor y encargado de operarla fue el poeta gauchesco Hilario Ascasubi. De sus manos salieron los tipos móviles de la Revista de Salta, la primera publicación periódica de la provincia, entrelazando para siempre la historia del periodismo norteño con la literatura fundacional argentina.
El naufragio en el anonimato
Durante el siglo XIX, la imprenta sirvió fielmente a la administración pública y los boletines oficiales, pero el vendaval de las guerras civiles comenzó a desdibujar su rastro. Tras la invasión de Felipe Varela en 1867, la máquina quedó abandonada, reducida a un montón de chatarra vieja. Se cuenta que sus tipos de plomo fueron fundidos para hacer balas con que repeler al invasor. Rescatada por particulares y vendida casi como hierro viejo, terminó sus días útiles en Cafayate, imprimiendo periódicos locales de trinchera y papelería comercial hasta que en 1928 sus palancas se movieron por última vez.
Hoy, la Imprenta de la Patria, pasó por el Museo de la Vid y el Vino de Cafayate, luego la hallaría en un rincón del Teatro cafayateño. Hoy, desconozco su paradero.
Pero allí reside la paradoja y el escándalo cultural: para el gran público y el turismo masivo, pasa desapercibida como un objeto decorativo más, un «hierro viejo» descontextualizado. Nadie advierte a los visitantes que están ante el Santo Grial de la prensa argentina.
Una alarma moral en el Día del Periodista
¿Cómo es posible que la máquina que imprimió las ideas de Mayo y las estrofas de nuestro Himno no sea hoy un Monumento Histórico Nacional venerado en un altar cívico? ¿En qué momento confundimos el valor con el precio, dejando que nuestro patrimonio más sagrado sea reducido a un rincón de olvido?
En una carpeta que le presentara a la mujer que hoy funge como intendente le proponía que tuviera un sitio destacado, un salón donde los periodistas de Salta donaran objetos de la profesión y fuera una suerte de Museo del Periodismo, una vieja aspiración porque sigue luchando el colega, Juan Gonza.
Pero la falta de cultura y de conocimientos básicos en los funcionarios públicos provocan siempre estas postergaciones. No se puede dar por el chancho más de lo que el chancho vale, dicen con razón los españoles.
Al fin de cuentas, este 7 de junio nos obliga a una reflexión que va más allá de las palabras. Celebrar el Día del Periodista mientras el instrumento que nos dio la voz permanece amordazado por la ignorancia y el descuido, es un síntoma de la pérdida de nuestra identidad.
Preservar esa imprenta y ponerla en valor no es cuidar un objeto; es custodiar la memoria del sagrado valor de la Libertad. –
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