POR: EVARISTO DEL CARRIL ANCHORENA UNZUÉ – (Desde la clandestinidad en algún lugar de Cafayate) – www.ernestobisceglia.com.ar
En verdad os digo, salteños agobiados por al latrocinio de estos desvalijadores de la cosa pública, profesionales del despojo y caballeros de la rapiña, que sois un pueblo de mansedad ovejuna. ¡Ah, mirad a esa morenada plurinacional que por mucho menos dinamitan las calles y hasta enviaron al Hades a un ministro! ¡Qué tocaría hacer con estos filibusteros que ahora usurpan el título de dirigentes peronistas! Debo preguntarme qué clase de dirigentes se autoperciben si ya el peronismo es una rara avis fenecida. Luego, no habiendo peronismo que defender, son apenas carroñeros de una gloria carcomida por el tiempo.
Veo esa foto y se me altera la sinapsis y se me estrangula la pituitaria que me obliga a servirme una segunda copa de Laborum medicinal. La primera no alcanzó para procesar semejante reunión. Se me turba el pulso cardíaco de sólo pensar que pueden llegar otra vez a ocupar un cargo público.
Esas miradas turban mi reposado exilio cafayateño, donde el municipio violenta hasta las leyes fundamentales de la naturaleza, una de las cuales enseña que “los animales no elegirían al más estúpido para que lidere a la manada”; pues, os digo, aquí en Cafayate eso han hecho.
¡Mirad esa foto! Hay imágenes que explican una época, otras explican una derrota pero esta fotografía pertenece a la una categoría más infrecuente de los brigantes…, pero vosotros que no sois tan lúcidos en el manejo de nuestro exquisito idioma, os lo diré en criollo: los facinerosos, los tunantes y villanos.
¡Mirad en esos rostros dibujada la mirada torva del jesuita!
El espectador desprevenido podría pensar que asisten a una reunión de emergencia convocada para analizar el estado terminal del peronismo salteño – y no estaría del todo equivocado-, aunque lo curioso resulta en que los principales sospechosos de la desaparición del peronismo ahora participan activamente de la investigación.
Esas expresiones son fascinantes, serían la envidia de un casting para un film de la Cosa Nostra. ¡Fijaos! Uno parece estar repasando antiguos argumentos mentirosos para repetirlos. Otro parece calcular costos. Y el tercero tiene la mirada de quien acaba de comprender que el boomerang posee una cualidad técnica poco difundida: vuelve.
No obstante, hay algo profundamente pedagógico en la escena. Durante años, estos individuos perfeccionaron el arte de intervenir, desplazar, expulsar, proscribir, reorganizar y volver a intervenir. Una especie de canibalismo administrativo ejecutado en nombre de la unidad. Hasta que un día la rueda giró y descubrieron que las herramientas diseñadas para desalojar adversarios suelen carecer de sensibilidad ideológica cuando les toca cambiar de destinatario ¡Y fueron ellos los desalojados!
Mirando esa fotografía con ojo avizor, el cuadro transmite una sensación inequívoca. No parece el nacimiento de una alternativa política, sino de una reunión de sobrevivientes para explicar las causas del naufragio y discutir quién hizo el agujero en el casco.
En esa Salta todo es curioso y hasta esotérico. Allí están, los mismos que acusaron a todos de haber cometido todos los pecados conocidos por la teología y el Código Penal, ahora hablan de “unidad”. Falta nada más que vendan indulgencias plenarias…, cosa que estos cacos son capaces de hacer. Total, en esto de tener causas penales colgando como las filactelias de los fariseos son ya casi sumos sacerdotes.
Ahora, os diré; estas fotos son posibles gracias a esa maravillosa capacidad alquímica que tiene el peronismo que hoy convierte en compañeros a los que fueron enemigos; a los que fueron compañeros en traidores. A los traidores -como en este caso- en renovadores ¡Y a los renovadores en compañeros otra vez!
Por eso la fotografía resulta tan conmovedora; porque os muestra esa eterna y entrañable costumbre de destruirse entre ellos para después reunirse a celebrar que siguen siendo compañeros.
Esos gestos adustos, me rememoran las viejas estampas en los velorios de las familias distinguidas donde se reunían luego de no hablarse durante años porque había una herencia en discusión. Esto es lo mismo, se disputan el ajado sillón del PJ Salta.
Así, pues, se da vuelta a otra página del sainete pseudoperonista de Salta, porque si estos aventureros electorales son peronistas, yo soy el afiliado número 10 del Partido Comunista.
La tragicomedia está servida: en el Acto I, los marrulleros intervienen el PJ Salta para desplazar a las legítimas autoridades. En el Acto II, los otros, intervienen el PJ Salta para correr a quienes los habían corrido y nombran a un radical como conductor (¿Eso sería la Tercera Posición?). En el Acto III, los primeros interventores y ahora desplazados, recuerdan que son peronistas y salen por los caminos como aquellos bufones de feria medieval a montar su espectáculo en los pueblos. Los desplazadores de los que los habían desplazado, arman varios sectores de peronistas y otros que no se sabe muy bien, pero no importa, porque la consigna es: “vení y firmá aquí”.
El final es épico, una luz de un blanco angélico baja del Cielo y todos hablan de “Unidad”. Se acercan, como los felinos oliendo a los otros a ver de qué se trata y todos terminan abrazados cantando la Marcha Peronista. Incluso algunos que con cargos nacionales no la saben pero hacen un no convincente “playback”.
A este argumento no lo mejora ni Aristófanes en “Las Ranas”, porque después de expulsarse mutuamente, los compañeros deciden reunirse para analizar las causas de sus divisiones. Los resultados son alentadores: encontraron a los responsables sentados a la mesa.
Porque bien dicen que la historia enseña que los pueblos que olvidan su pasado están condenados a repetirlo. En Salta, pues, el peronismo ha decidido perfeccionar el método y repetirlo aun recordándolo perfectamente.
La política salteña continúa ofreciendo una valiosa lección de reciclaje. Nada se pierde, nada se transforma; todo vuelve a juntarse para una conferencia de prensa.
Sólo que esta vez, esa foto, lejos de representar una alternativa política, parece más bien una rueda de reconocimiento. –
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