Del puente de Aviñón al de Vaqueros: Una ronda de ninfas libertarias y sátiros de la caja pública

POR: EVARISTO DEL CARRIL ANCHORENA UNZUÉ – (Jefe de Redacción -cuando lo dejan-) www.ernestobisceglia.com.ar

RESUMEN: En la Salta de la cinchada y el histrionismo, mientras la política ensaya coreografías para las redes sociales, los vecinos de esa «comarca del embotellamiento» siguen esperando que el cemento le gane al relato.

En verdad os digo que en vuestra Salta, la oposición -ese rejunte de jibarizados mentales- carece de toda aptitud que la acerque al homo sapiens, aunque ha demostrado singular talento para la farándula y la tramoya pública. Dicen que “el dato mata al relato”; yo os advierto algo peor: preocupaos si algún día esa gente morada llega a gobernar, pues entonces se cumplirá la sentencia clásica: “Dad a un bruto un arma y acaso mate a un hombre; dadle una pluma y os convertirán en brutos.”

Entiendo que esta admonición puede quizás resultar un tanto elevada para los mononeuronales peronistas, así que os lo recordaré en palabras del macho alfa de la manada, Perón, que dijo: “Prefiero un malo antes que un bruto. Porque he visto malos volverse buenos, pero nunca he visto a un bruto volverse inteligente”.

Veo, así, a un grupete de libertarios conformado por ninfas y sátiros de la cosa pública, que a la fecha no han producido ninguna idea política coherente ni decente, intentando disputar el poder en Salta desde la aleve denuncia, la exaltación de las “bondades” de un “presidente” que resultó un demagogo escénico y un sacerdote de la impostura: en definitiva, todos operarios de la pantomina.

«Sur le pont d’Avignon, l’on y danse, l’on y danse…»

El introito manifestado “ut supra”, viene ajustado para dirimir algunas palabras sobre el tironeo que protagonizan ahora estos descuajeringados libertarios posando en el Puente de ingreso al pueblito ese de Vaqueros, cuyo trazo amerita el título de aquel film “La historia sin fin”, por el sinfín de historias que lo preceden y adornan.

En efecto, vemos a “legisladores” libertarios cantando loas al “mejor sionista del mundo”, a quien los lugareños deben ahora rendir culto y agradecimiento por modernizar su conexión con la civilización. Sinceramente os digo, que solamente gentes desclasadas y sin ánimo cívico pueden habitar un lugar llamado “Vaqueros”. Debe ser como vivir en el Lejano Oeste.

Pero bueno, os diré que nosotros, los que nos ilustramos en colegios trilingues y somos políglotas, tal correspondía cuando se formaba a los párvulos para dirigir a la República, recordamos aquella canción infantil que cantábamos en francés y que decía: En el puente de Aviñón, todos bailan, todos bailan…”, que representaba un espacio de armonía y danza colectiva, convertida ahora en Vaqueros en una versión criolla que dice: “En el Puente de Vaqueros, nadie baila; todos tironean…”

De la danza al forcejeo

Mientras en el imaginario popular los puentes están hechos para unir orillas y celebrar el encuentro (como en Aviñón), en la política salteña el puente se ha convertido en una soga de «cinchada». En lugar de una danza de ciudadanos, lo que hay allí es un «baile» de acusaciones cruzadas entre Provincia y Nación. Sáenz y Orozco no bailan juntos; cada uno intenta marcar el ritmo de la música política propia.

Me veo obligado a ilustraros recordando que históricamente, el puente de Aviñón quedó inconcluso tras las crecidas del río Ródano (hoy sólo quedan 4 de sus 22 arcos originales). Esa imagen de obra incompleta y fragmentada le calza de maravilla a la realidad del Puente de Vaqueros y sus constantes idas y vueltas presupuestarias.

En Vaqueros, el puente no une sino que se ha constituido en un monumento a la grieta y tal vez no necesite cemento porque para eso están los rostros de los libertarios, sino una terapia de pareja entre Grand Bourg y los supuestos legisladores nacionales amarillos (o del color que sean). Y digo supuestos, porque a la fecha no se les conoce proyecto de ley alguno relevante. ¿En cuatro meses no han podido pensar nada potable?

Mientras la senadora nacional, Orozco, danza sobre el Puente al son del “Pasito Libertario”, recitando el poema de la motosierra y la auditoría moral de la obra pública pero con la mirada puesta en Buenos Aires, el gobierno provincial tiene que garantizar que la obra continúe. Los libertarios se ocupan de la danza de la fiscalización implacable o el bloqueo entusiasta -según corresponda al caso-, lo que me lleva a pensar que serían impecables consejeros de Donald Trump que no logra bloquear el Estrecho de Ormuz.

Puedo comprender las limitaciones del populacho que nunca sigue ideas sino artificios dialécticos y mimos con carisma, de otra manera no se comprende al peronismo, por ejemplo. Como tampoco se puede comprender que la masa haya votado ciegamente a un extraviado que ha hecho con la Patria aquello que denunciaba el Zorrilla en el “Juan Tenorio”: “Al otro día, a una carta la hubiera puesto”.

No hay pues, ideas en estos libertarios sino “baile” político, pero resulta una danza solitaria donde se miran al espejo, mientras los sufridos vecinos de ese vecindario periférico con pretensiones de villa veraniega de Vaqueros, ensayan a diario el ballet de la paciencia para salir o ingresar a esa comarca del embotellamiento eterno.

Y así estamos aquí y allá. El Puente de Vaqueros es sólo el emblema de una forma de deshacer política, porque al final de la ronda de poses y diatribas de los libertarios la música se detiene y el puente sigue igual.

¡Imaginad a Napoleón si hubiera debido cruzar el Puente de Vaqueros como cruzó el de Arcole bajo las balas, no podría podría cruzar a Vaqueros entre expedientes!

Si no van a construir el puente con dinero de Nación, por lo menos que el tironeo sea estéticamente elegante, ya que así se consideran “estéticamente superiores”.

Y así termina la función: los libertarios tironean, la Provincia responde, la Nación bosteza y los vecinos esperan. En Vaqueros no falta puente; sobra circo.

Os compadezco vaquereños (¿así es el gentilicio de ese lugar?); escribo estas líneas en defensa vuestra que nunca tuvisteis en los últimos tiempos un intendente decente y no sabemos si ahora lo tienen, por eso, la mejor buhardilla para observar la realidad es mi reducto en San Lorenzo Chico.

Al menos no hay que atravesar puentes para llegar.-

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