POR: EVARISTO DEL CARRIL ANCHORENA UNZUÉ – (Jefe de Redacción -cuando lo dejan-) – www.ernestobisceglia.com.ar
En verdad os digo, que la provincia de Salta debería ser propuesta ante las Naciones Unidas como el laboratorio social a cielo abierto más completo del orbe. Porque en este lugar, cada vez menos cosas son normales y se enaltece lo deplorable.
Os diré, que es un dato duro de la historia que la política en la Argentina terminó cuando el populacho se entronizó en el poder con ese Perón, arrebatándole la conducción del país a las clases sociales decentes y ocupando los lugares que antes tenían las personas ilustradas los ágrafos, los rústicos y toda esa caterva que una señora de barrio norte describió el 17 de Octubre del ‘45 como el “subsuelo de la patria sublevado”.
Sin embargo, los peronistas tienen una virtud, nobleza obliga reconocerlo: ellos tienen conciencia de banda, actúan así y no tienen pudor en reconocerlo. Incluso diré más, actúan en esa condición con alegría y disfrutan de sentirse rayanos a la asociación ilícita; de modo que votar a un peronista es casi una forma de legalizar la ilegidad. Para ser más claros, el que los vota, adquiere de suyo esa condición de cómplice, por lo tanto pierde su derecho al reclamo luego.
Pero de pronto, en este país tan ocurrente, surge un personaje que parece escapado de una sobremesa mal digerida entre Sigmund Freud, Nicolás Maquiavelo y un panelista en oferta, que habla como profeta, gesticula como actor y gobierna como improvisado. Que llegó prometiendo dinamita, pero solamente es una bomba de humo.
Y así, con esas condiciones psiquiátricas tan limitadas fundó una corriente política que prometió sería formada por los hombres y mujeres más químicamente puros de la política y donde la corrupción peronista se terminaría, pero resulta que ahora el “afano” -según ellos- ya no es tal sino que se mide en términos de rendimiento comparado.
Como bien os decía, en esta Salta, todo lo malo se aprende inmediatamente y se cubre con pátina de santidad, y hace unas horas, hemos visto cómo la Agrupación de los Fantasmas, que compone el bloque libertario de la Cámara de Diputados, decidió defender a los suyos con una tesis revolucionaria: “Karina se robó el 3%, pero Massa se robaba el 15% y nadie decía nada”.
He allí el catecismo completo de la nueva política argentina. No importa robar: importa cuánto. No interesa la conducta: interesa la comparación. La corrupción ya no se condena; se audita. El ladrón dejó de ser delincuente para convertirse en administrador eficiente. Para los libertarios, el robo al Estado no se discute, sino que hay que conversar el porcentaje.
En nuestros tiempos un negociado se pagaba con la vida de Juan Duarte o el asesinato de Lisandro de la Torre por denunciarlo, por ejemplo. Pero hoy pretenden ascender moralmente porque la mordida es menor. Hemos progresado tanto que pasamos del Código Penal a la tabla porcentual. El pecado ya no se absuelve con arrepentimiento, sino con descuento.
La lógica libertaria, al parecer, no vino a terminar con la casta sino a modernizar sus tarifas. Si antes se llevaban quince, ahora apenas tres. Una ganga institucional. El saqueo en versión low cost. La coima boutique. El choreo austero.
O bien, me pregunto… ¿Acaso el índice de inflación tarifa el porcentaje que es posible rapiñar? Por lo menos son ordenados en el arte de practicar la cleptomanía. Será por eso que el índice inflacionario es de 3,4%.
Y mientras el ciudadano cuenta monedas para llegar a fin de mes, desde los palcos del poder se discute si el desfalco fue premium o promocional. No sabemos si el diputado que defendió esta forma de “Corrupción Premium”, está en sus cabales o es un estulto diplomado de estúpido “cum laude”, pero por lo menos nos confirma el viejo dicho que señala: “Los locos y los borrachos siempre dicen la verdad”.
Hasta aquí, los desencantados de haber votado a estos “moralmente superiores”, pensábamos haber ejecutado un acto patriótico “poniéndole el último clavo al ataúd del peronismo y sus variantes”; pero no, tal parece, sólo hemos hecho un trueque nefando corriendo a esos muchachos —compañeros, diré—, que tan alegremente nos robaron el país para reemplazarlos por estos pulcros administradores del saqueo con planilla de cálculo, modales de auditor y manos de carterista. Si hasta parecen predicadores del Opus Dei, incluso.
El problema es que los integrantes de la “Agrupación Fantasma” que apaceren en el Recinto de la Legislatura piensan que robar tres o quince es un asunto meramente contable. Lo verdaderamente trágico es que pretendan hacerlo dando clases de virtud, con la bragueta abierta y la mano en la caja.
Porque a esta altura, el problema no es que roben mucho o poco. El problema es que roban hablando de moral. Y cuando los ladrones se vuelven pedagogos, la República ya está en remate; pues cuando el saqueo discute porcentajes y la indecencia cita a la ética, ya no gobiernan partidos: gobierna la vergüenza derrotada.
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