POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Mi padre decía que los muertos también comían alfalfa. No ellos, claro, sino los caballos que los llevaban al cementerio. Durante años vendió fardos para las pompas fúnebres y para los últimos mateos de Salta, en un depósito que estaba en la esquina de Santa Fe y Alvarado. Gracias a eso conoció un universo que hoy parece sacado de una novela y que, sin embargo, existió y que mi memoria todavía conserva.
De hecho, yo un infante de cuatro o cinco años, aún recuerdo los cocheros de los mateos que se paraban frente al mercado en la Avenida San Martín, y que cuando iban a comprarle a mi padre subían uno o dos fardos y me sentaban en el asiento trasero “para dar la vuelta a la manzana”. Me alzaban al finalizar la vuelta y me entregaban a brazos de mi padre. Aquello era una aventura indescriptible.
Alguna vez, ya contamos sobre los sepelios con carruajes tirados a caballo. Para fines de los años sesenta del siglo pasado todavía era posible ver ese espectáculo. Porque esa es la palabra ajustada: espectáculo. Truculento, pero formaba parte del paisaje de aquella Salta todavía aldeana en muchas de sus costumbres y donde la muerte tenía su propio protocolo.
Los coches fúnebres avanzaban despacio, con los caballos cubiertos por penachos negros y herraduras de bronce que brillaban al sol y que parecían comprender la gravedad del momento. El cochero, vestido de riguroso luto, llevaba galera, levita y unos guantes blancos que contrastaban con el cuero oscuro de las riendas. Detrás, una fila interminable de deudos caminaba en silencio. Hasta los perros parecían ladrar más bajo cuando pasaba un entierro.
Mi padre conocía ese mundo como pocos. Sabía cuánto comía un caballo de tiro, cuál era el más manso y cuál se asustaba con el estruendo de una tormenta. En aquellas caballerizas de la Empresa “La Nueva”, ubicada detrás de la iglesia de La Viña, se hablaba de todo. Allí circulaban historias que jamás aparecerían en un libro de historia, pero que sobrevivieron gracias a la memoria de los cocheros.
Y entre todas ellas había una que mi padre repetía con una risa que jamás pude olvidar.
Contaba que cierto cochero iba camino del Cementerio de la Santa Cruz transportando un difunto. Todavía iba camino al camposanto cuando empezó a escuchar unos golpes secos provenientes de la parte trasera del carruaje.
Al principio pensó que sería el traqueteo natural de las ruedas sobre el empedrado. Pero los golpes continuaron: Una vez. Otra… y otra más.
Hasta que, intrigado, giró apenas la cabeza. Y dicen que lo que vio lo dejó helado.
La tapa del ataúd se estaba levantando lentamente. Y, por la abertura, comenzaba a asomar la cabeza del supuesto difunto. El cochero, cuentan, no gritó. No se bajó y salió corriendo, tampoco se desmayó.
Hizo lo único que un cochero salteño, curtido por la vida y por la muerte, podía hacer. Tomó el largo látigo con el que guiaba los caballos, apuntó hacia atrás sin bajarse del pescante y comenzó a descargar rebencazos mientras gritaba con una autoridad imposible de discutir:
—¡Acostate que estás muerto, carajo!
Ahora, a la distancia de los años, comprendo que aquellos viejos tenían una relación distinta con la muerte. No la escondían sino que convivían con ella. Los chicos jugaban en las veredas mientras pasaban los entierros, a la par que las campanas de las iglesias tocando “a muerto” anunciaban quién había partido.
Las coronas de flores ocupaban media vereda en la casa de luto. Porque los velorios se hacían en las casas, donde se decía cuando fallecía alguien: “Hay que arreglar la casa para la capilla ardiente”. En realidad era desarreglarla. Se armaba un “comité” de parientes -mujeres todas- para hacer la comida de la noche. –¿Hay café? Preguntaba alguien. Algún hombre se preocupaba por otras cosas: “Che ¿hay vino y ginebra? Más si el velorio era en invierno.
A la tía solterona se la comisionaba para buscar al cura y arreglar la misa que era de cuerpo presente. Había que arreglar en la parroquia también la “Mesa de once”, que era una mesa que se servía en la sacristía antes de la misa con algunas confituras.
Hasta que llegaban los de la pompa fúnebre invadiendo el lugar con el ruido metálico de los candelabros, el crucifijo enorme, los portacoronas y clavaban en la pared, al lado de la puerta, un moño negro. Cuando terminaba el sepelio lo retiraban…y casi siempre se llevaban también un pedazo de revoque.
El luto era una ceremonia pública. Quizás por eso podían permitirse bromear con ella. No era falta de respeto sino una forma de domesticar el miedo. De quitarle a la muerte ese aire de dueña absoluta.
Si la casa tenía puerta cancel, permanecía cerrada seis meses y otros seis meses semiabierta. Las mujeres, la viuda o las hijas, por ejemplo, riguroso luto por medio año y luego el “medioluto”: combinaciones de negro con grises, o una blusa blanca con lunares negros, por ejemplo. Tampoco usaban perfume. Las radios permanecían apagadas y durante meses la casa parecía hablar en voz baja.
Y en aquella Salta donde los caballos conocían de memoria el camino al cementerio, nadie sabía con certeza si la historia del cochero había sucedido realmente. Pero todos juraban conocer a alguien que conocía al hombre que la había vivido. Como ocurre con las mejores leyendas.
Nunca supe si aquel muerto intentó levantarse de verdad. Lo que sí sé es que, desde niño, cada vez que escucho esa historia vuelvo a imaginar al cochero, látigo en mano, impartiendo la orden más absurda y más salteña que jamás haya recibido un difunto:
—¡Acostate que estás muerto, carajo!
Y quién sabe… Tal vez el muerto, por respeto a la autoridad del cochero, volvió mansamente a acostarse. Porque hasta para morirse había modales en aquella vieja Salta.
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