POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
El casco que conforma el microcentro salteño, hacia los años sesenta del siglo XX, todavía conservaba la fisonomía de fines del siglo XIX y comienzos del siguiente. Casas de adobe cuya línea de edificación se curvaba, techos de tejas enmohecidas, calles -como la Avenida San Martín-, de adoquines entre los cuales brillaban aún los rieles del tranvía. A pesar del pavimento, en la vieja usina de calles Juramento y España, también se veían los rieles que denunciaban que allí, alguna vez, estuvo la estación desde donde salían los coches.
Era una Salta de calles apacibles, donde el heladero con su carrito pintado con los colores de Boca Juniors estremecía la siesta con su corneta de bronce y aguardábamos con las monedas en la mano para comprar el vasito o el “sanguche” de 25 centavos. Esa Salta donde el almacén siempre estaba en la esquina.
Justamente, en la esquina de Alvarado y Santa Fé, en una vieja casona, se encontraba el “Almacén de los Zucarrá”, cinco hermanos españoles que llegaron alguna vez al país y se afincaron. Vivían en la calle Caseros, frente al Convento San Bernardo, y todos murieron solteros: Carlos, Juan, Marcelino, Antonio y Felipe que era radioperador de Radio Nacional y partía en las mañanas en su bicicleta negra hasta la planta que todavía se encuentra frente al predio de la Rural de Salta.
Se accedía al almacén subiendo dos gradas muy altas. Adentro, las estanterías verdes cubrían todas las paredes, hasta el techo, donde se distribuían todo tipo de alimentos, venenos para todo tipo de bichos, conservas y las famosas cajas de lata con un vidrio que contenían las galletas dulces. Mostradores enormes, grasientos de tantas manos apoyadas a diario con las carameleras de vidrio de donde sacaban “la yapa”, ese poquito más de algo que le daban al cliente.
A nivel del suelo se hallaban abiertas las bolsas de 50 kilos de todo: azúcar, harina, fideos, sémola, lo que fuere, que sacaban con una pala metálica y volcaban con precisión sobre el papel de estraza tendido sobre el plato de la balanza, que luego se convertía en un paquete artesanalmente repulgado y terminado en graciosos nudos.
Una aguja, hilos, botones, cierres, cera para el piso, escobas, trapos de piso “Del bueno o el que se despeluza que es más barato”, decía el dependiente. Un rasgo mínimo de honestidad comercial, diré. Una fiambrera de madera y alambre tejido colgaba del techo donde se protegían salames, queso y otros embutidos porque no existían -al menos allí no había-, heladoras comerciales.
Convengamos que la limpieza no era la mayor virtud de los “gallegos”; de cuando en vez, mientras echaban el azúcar sobre la balanza, pasaba rauda una rata de generoso tamaño sobre las bolsas abiertas, y alguna clienta azorada le decía al “gallego”:
-¡Eh, mire, una rata sobre las bolsas!
Y el hombre, sin inmutarse giraba la cabeza para ver el paso del roedor, mientras respondía:
– ¡Ah, pues… que de esas hay muchas por aquí!
Jamás una denuncia ni una visita de bromatología municipal, que hecho, no existía tampoco. Jamás se supo de alguien que hubiera contraído ninguna enfermedad de ningún tipo.
El almacén en aquellos años era un sitio acogedor, donde era posible traer a la casa más información que en un confesionario: enfermedades, amantes, problemas de todo tipo, lo que uno quisiera conocer sobre virtudes y falencias humanas era posible hallarlo allí.
Una famosa frase de almacén, tanto de la vecina/o que iba a comprar o del almacenero, era el inicio del comentario del día… o de la semana: -¿Usted sabe que…?
Eran los tiempos del “fiado”, de la libreta de almacenero, generalmente azul, con cuadriculado rojo en sus páginas que se extendía por duplicado; una para el cliente y la otra que conservaba el almacenero. Se llenaban juntas al finalizar la compra y al saldar a fin de mes, la cuenta se tachaba “a lo bruto”.
Aquellos “gallegos” formaban parte importante de aquel paisaje urbano porque no sólo eran los que vendían lo que consumía el barrio. Eran los que ayudaban en los casos en que alguna economía familiar tenía un problema y hasta prestaban dinero pero no como operación crediticia sino como sinónimo de amistad: la “gauchada” que le llamaban.
El tiempo, como es natural, se llevó un día el almacén y después de décadas cerró sus puertas. Los cinco “gallegos” se recluyeron en su casa frente al Convento, y allí la vida los fue llevando a de uno. Hoy, la esquina del “Almacén de los Zucarrá” es un galpón que alguna vez fue el conocido boliche “Canopus” y la casa de los hermanos españoles es una tienda de artesanías para turistas.
A veces, cuando paso por esa esquina, me sorprendo buscando con la mirada las bolsas de harina abiertas, el aroma del café recién molido o la bicicleta de Felipe apoyada contra la pared. Sé que no encontraré nada de eso. Sólo el ruido del tránsito y personas que caminan apuradas sin saber que pisan un pequeño pedazo de la memoria de Salta.
Los hermanos Zucarrá ya no están. Tampoco las libretas del fiado, la “yapa”, el papel de estraza ni aquellas interminables conversaciones de almacén. Lo que permanece es algo mucho más frágil: el recuerdo de una ciudad donde la confianza era una costumbre y la palabra seguía valiendo más que una firma.
Quizás por eso escribo estas historias. No para decir que todo tiempo pasado fue mejor, porque cada época tiene sus luces y sus sombras. Las escribo para que, cuando ya no quede nadie que recuerde a los Zucarrá, alguien encuentre estas líneas y descubra que hubo una Salta donde los vecinos no eran clientes, sino parte de una misma familia. Una Salta que no merece desaparecer por segunda vez: primero de las calles y después de la memoria.
Porque las ciudades no sólo se construyen con edificios. También con recuerdos. Y cuando los recuerdos se pierden, la ciudad comienza lentamente a dejar de ser ella misma.
Foto de portada ilustrativa.
