Apócrifos salteños: El curioso caso del fraile franciscano que esperaba a Belgrano

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Hay historias que la Historia nunca escribió. Algunas porque jamás ocurrieron. Otras porque quizá ocurrieron demasiado bien para dejar rastros.

Los viejos memoriosos de aquella Salta que hoy sólo sobrevive en las fotografías amarillentas y en las sobremesas familiares solían contar, en las noches de verbena, cuando el vino aviva los recuerdos que dormitan al rescoldo de la memoria, historias que vagaban por el imaginario colectivo.

Así, relataban que cuando el último visitante abandonaba el Convento de San Francisco y las campanas dejaban de sonar sobre la ciudad que se entrega al descanso, la figura de un fraile recorría lentamente las galerías del claustro que conducen a la antigua biblioteca, cuyo ingreso todavía está vedado a la mayoría de los mortales.

El relato cuenta que la figura aparecía al cobijo de la oscuridad y era apenas visible al contraluz en las noches de luna llena. No caminaba con prisa. Tampoco hacía ruido. Apenas perceptible era el leve roce de unas sandalias contra los ladrillos coloniales.

Los viejos religiosos aseguraban que jamás debía interrumpirse su recorrido. Si alguien intentaba seguirlo, desaparecía antes de llegar a la puerta de la biblioteca. Porque allí, aún se conservan incunables, particularmente uno anterior al Descubrimiento de América sobre astronomía, una Bula del año 1200, unos grandes libros forrados con cuero de oveja y otros documentos antiquísimos, envultos en el olor a papel y cuero viejo característico de esos sitios.

La leyenda urbana cuenta que aquella figura que se desplazaba en las noches no era un alma en pena. Era un custodio.

Según una antigua tradición oral, durante los días posteriores a la Batalla de Salta, el General Manuel Belgrano habría permanecido varias jornadas en el convento antes de emprender la campaña hacia el Alto Perú. Allí, aprovechando la tranquilidad del claustro y la amistad con uno de los franciscanos encargados de los libros, habría dejado unos cuadernos personales donde convivían observaciones científicas, reflexiones filosóficas, anotaciones sobre educación, agricultura y algunas referencias a las corrientes herméticas que circulaban por Europa a fines del siglo XVIII.  

Recordemos que Belgrano celebró el Te Deum de acción de gracias al día siguiente de aquella Batalla en el templo de San Francisco y donó los cañones tomados al enemigo para que con ese bronce se fundiera la «Campana de la Patria» que se conserva en lo alto del campanil.

El sobre que dejó Belgrano no contenía órdenes militares, ni mapas. Tampoco correspondencia política. Eran manuscritos personales, algunos de los cuales reunirían observaciones filosóficas sobre el destino de América.

Antes de partir hacia Vilcapugio y Ayohuma, Belgrano habría pronunciado solamente una frase:  —»Si regreso, volveré por ellos. Si no regreso, cuídelos hasta que llegue quien sepa leerlos.»

Nunca volvió. Las derrotas cambiaron el rumbo de la guerra.

Los años se transformaron en décadas, mientras los frailes fueron muriendo. Y el secreto quedó encerrado entre los muros del convento.

Cierta noche, ya entrado el siglo XIX, un joven novicio creyó ver al viejo bibliotecario caminar hacia la sala de manuscritos y lo siguió, pero cuando abrió la pesada puerta de madera, no encontró a nadie. 

Sólo había una lámpara encendida… y un libro abierto.

En la primera página podía leerse, escrita con tinta desvaída: «La memoria de los pueblos vale más que sus victorias.»

Los superiores del convento que siguieron nunca encontraron ese sobre, pero desde entonces comenzaron los relatos. Quienes hacían guardia aseguraban escuchar pasos mientras otros decían percibir el olor a pergamino antiguo.

Había quienes juraban ver una sombra detenerse cada madrugada frente al viejo armario donde alguna vez se guardaron los documentos más valiosos del convento. Pero con el paso del tiempo desaparecieron libros, los inventarios y también algunos cuadros. Como ocurrió tantas veces con el patrimonio argentino.

¿Existió realmente ese fraile? No hay documento que lo pruebe. Tampoco que lo desmienta. En las ciudades antiguas, la historia suele caminar de la mano de la leyenda. Y Salta, afortunadamente, todavía conserva rincones donde ambas parecen confundirse.

Pero el fraile -si es que todavía camina por aquellas galerías- continúa buscando un legajo que quizá ya no exista.

O esperando que Belgrano, dos siglos después, venga finalmente a reclamar aquello que nunca pudo recuperar.

Tal vez los manuscritos desaparecieron hace siglos. Tal vez nunca existieron. Pero si alguna noche visita el viejo convento y le parece escuchar el roce de unas sandalias sobre los ladrillos del claustro, no se apresure a buscar fantasmas. Quizá sólo haya un viejo bibliotecario cumpliendo, dos siglos después, una promesa que nadie se atrevió a romper.

© – Ernesto Bisceglia

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