Necrofilia argentina y la guardia perpetua de Facundo Quiroga: ¿Por qué fue enterrado de pie?

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

La obsesión por la muerte del enemigo y la destilación del odio más allá de su cuerpo inerte forma parte del ADN político argentino. Desde el descarne en Huacalera de Juan Galo Lavalle para conservar sus huesos, hasta el periplo del cráneo de Álvarez de Arenales, el paseo obsceno de la cabeza de Marco Avellaneda, decapitado con un cuchillo moto (un cuchillo sin filo, casi un instrumento de tortura), en Metán, hasta la profanación del cadáver de Eva Perón y el secuestro del propio de Eugenio Aramburu, hasta el robo de las manos de Perón -entre algunos-, hace que la necrofilia parezca ser un asunto inherente a la política argentina.

En nuestra historia está presente esta liturgia de los cuerpos. Como si el poder en Argentina siempre hubiera necesitado de la presencia física (o el secuestro, o la profanación) de sus muertos para validarse.

En ese andar por la historia, hay hallazgos que, más que arqueología, parecen una confesión de parte. El descubrimiento del ataúd de Facundo Quiroga en la Recoleta, oculto tras una pared y sostenido en una verticalidad desafiante, es la metáfora definitiva de esa necrofilia argentina.

Enterrar a un hombre de pie no es un rito de descanso, es una orden de combate perpetuo; es la negativa de una sociedad a permitir que el pasado sea, simplemente, pasado. Mientras en nuestra ‘aldea’ cotidiana nos fatiga la gestión del presente y administramos silencios sobre los problemas de fondo, parecemos encontrar un éxtasis extraño en el culto a los despojos.

Somos una nación que prefiere debatir con el bronce y la carne marchita antes que enfrentar la desnudez de sus ideas vivas. Quiroga, de pie en su encierro de mármol, nos recuerda que en Argentina la muerte nunca es el final, sino una forma de seguir vigilando una grieta que, a fuerza de fetiches y traslados, nos negamos a cerrar.

Las crónicas señalan que verdaderamente, Juan Facundo Quiroga, manifestó su deseo de no ser olvidado y de mantener su postura desafiante incluso después de la muerte. Se dice que su instrucción fue: «Que se me entierre de pie, para que el enemigo sepa que aún muerto, Facundo los vigila». Esta frase ha alimentado la épica del «Tigre de los Llanos» durante casi dos siglos.

Es imposible no hallar una conexión entre Facundo y Perón, unidos por la idea de que el cuerpo del líder sigue ejerciendo poder y autoridad más allá de la vida biológica.

Si hasta podríamos argumentar que en la Argentina la muerte no es el final de una trayectoria, sino el comienzo de una nueva etapa de militancia. De hecho, en Salta, el PJ, ahora está siendo conducido por la “Agrupación Mausoleo”, sólo que esos muertos todavía viven.

Recordemos que, en el año 2004, un grupo de investigadores y familiares (entre ellos el historiador arqueológico Daniel Schávelzon) ingresaron a la cripta en el cementerio de La Recoleta y confirmaron, mediante el uso de cámaras y radares, que el ataúd de bronce estaba efectivamente de pie detrás de una pared de ladrillos.

Sin embargo, la explicación más racional nos aleja de los mitos necrófilos y nos dice que cuando se construyó su bóveda en el Cementerio de la Recoleta, se enfrentaron a un problema de espacio. La parcela era pequeña y el monumento de mármol (que incluye la famosa «Dolorosa» de mármol de Carrara) ocupaba gran parte de la superficie.

Entonces, la solución técnica para que el ataúd cupiera en el estrecho espacio del subsuelo, fue colocarlo de forma vertical.

No obstante, nos asalta inevitablemente una pregunta: ¿Qué dice de nosotros que Quiroga siga «de pie» en su tumba? Quizás, la respuesta sea que todavía no hemos resuelto las guerras civiles que él representó. Enterrarlo de pie es admitir que la batalla, para nosotros, de uno u otro lado, nunca termina.

Esto quizás nos explique por qué en la Argentina, los muertos nunca terminan de morir porque los vivos no sabemos qué hacer con su herencia.

De allí que el ataúd de Quiroga de pie se nos ofrezca como la síntesis de nuestra historia: una guardia perpetua frente a problemas que preferimos momificar antes que resolver. 

La historia que siempre nos enseña, con este caso de Quiroga, quizás nos esté argumentando una pregunta definitiva. ¿Qué destino nos espera si nuestras figuras más importantes siguen «de pie» esperando una batalla que terminó hace dos siglos? 

Ya lo decía el insigne, Domingo Faustino Sarmiento en “Facundo” -precisamente-, “¡Cuidado, pues, porque a ese mal lo llevamos en la sangre!”

© – Ernesto Bisceglia