POR: EVARISTO DEL CARRIL ANCHORENA UNZUÉ – (Jefe de Redacción, cuando lo dejan) www.ernestobisceglia.com.ar

En verdad os digo, y no me cansaré de repetirlo aunque ofenda a las masas y a ciertos resentidos con wifi, que la Argentina conoció sus mejores días cuando las clases decentes conducíamos los destinos públicos con mano firme, levita almidonada y una saludable distancia del populacho.
Bastó que apareciera aquel coronel plebeyo, Juan Domingo Perón, para instalar la perniciosa idea de que la chusma no sólo podía opinar, sino también votar, discutir… y, ¡horror supremo, gobernar!
Desde entonces, la República, soñada por el insigne Domingo Faustino Sarmiento y consolidada por el egregio Julio Argentino Roca, se hizo tango, nostalgia y cuesta abajo en la rodada. Nunca volvió a ser la misma.
Sin embargo, debo admitir una falla conceptual de nuestras clases superiores. Durante décadas llamamos “burros” a nuestros adversarios. Error severo. El burro es animal noble, resistente, inteligente y de utilidad comprobada. Carga peso sin quejarse, avanza donde otros se empantanan y no roba en licitaciones públicas.
Mucho antes que ciertos ministros descubrieran la inutilidad como doctrina, ya el burro había construido la Nación sobre su lomo. Hubo burros y mulas en los pasos de los Andes con José de San Martín; en las campañas del Norte con Manuel Belgrano; en las patriadas de Martín Miguel de Güemes. Mientras algunos redactaban proclamas, ellos cargaban municiones, alimentos y esperanza.
Es decir: la Patria la hicieron hombres ilustres… y burros laboriosos.
Hoy, dos siglos después, el noble cuadrúpedo vuelve a ser convocado por la historia, no ya para transportar cañones ni víveres, sino para ser oferta en los expendios públicos. Vuelve el noble pollino a jugar su papel, no ya para defender a la Patria sino para calmar el hambre como subsistencia elemental de quienes han sido arrojados al margen por un gobierno que prometió prosperidad y entregó hambre con planilla de Excel.
Ved la paradoja nacional: mientras los doctores de la macroeconomía explican que todo mejora, el burro sigue llevando comida a donde no llega el mercado.
Mientras los tecnócratas celebran el ajuste, el burro sigue haciendo reparto social sin conferencia de prensa.
Mientras la dirigencia se insulta por televisión, el burro trabaja.
Convengamos entonces en una verdad incómoda: cuando la política fracasa, siempre termina apareciendo un burro para salvarla.
Y si la Argentina continúa en manos de tantos «ilustrados y superiores estéticamente», no descarto que pronto debamos elegir un asno para presidente. Como están las cosas y el gobierno en manos de semejantes ejemplares como esos que «gobiernan», sería, convengamos, un notable ascenso institucional.
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