POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
RESUMEN: Frente a la crisis de identidad nacional y local, la cultura no es un ornamento, sino la estructura mental indispensable para ejercer la política con dignidad y patriotismo. La ignorancia tiene un costo social que reduce una gestión a una «administración de urgencias» y convierte a la barbarie en una norma con credencial oficial. Es urgente un llamado a recuperar la formación integral y el pensamiento estratégico, sentenciando que un pueblo sin cultura puede figurar en los mapas, pero desaparece irremediablemente de la historia.
Un pueblo puede tolerar pobreza por un tiempo. Lo que no resiste demasiado es ser gobernado por la ignorancia. Sin cultura no hay política seria; apenas administración de urgencias, propaganda y modales de comité.
Ninguna ignorancia es inocente; cuando gobierna, se vuelve costosa para los pueblos. Porque el analfabeto funcional no sólo padece sus límites, sino que cuando llega al poder, los impone a todos. Hemos confundido cultura con espectáculo y política con supervivencia y así nos va.
Es un momento crítico de la historia donde todo el orbe terrestres atraviesa una crisis. Los países desarrollados definen sus destinos basados en su cultura y por ello juegan estas partidas con identidad. Nosotros en cambio, no tenemos cultura, menos educación, y el gobierno nacional apuesta a convertirnos en algo no somos. No somos anglosajones ni mucho menos sionistas.
De allí la destrucción operada en la cultura nacional, en la destrucción del cine argentino, en la quita de fomento a las expresiones tradicionales. Lo dicho: ninguna ignorancia es inocente.
La cuestión de la Cultura en Salta
Existe la errada concepción de que Cultura es un “área menor” del organigrama, simpática pero ornamental. No. Cultura debería atravesar todas las áreas: salud, urbanismo, seguridad, turismo, ambiente, administración pública. Porque un funcionario culto no es el que cita poetas en un acto, sino el que sabe pensar consecuencias, leer contextos y expresarse con claridad.
Por eso, la Cultura -con mayúsculas- debe ser una política de Estado transversal a la Administración pública. No se puede tener buenos programas educativos sino se está formado integralmente. No se puede aplicar un desarrollo social cuando no hay antes promoción humana. No se puede tener buena economía -como diría Leandro Alem-, sino se tiene vocación de Patria. No hay buena medicina sin conocimiento de la historia y cultura de la prevención. Muchos problemas de la salud pública se solucionarían con sólo re-estudiar el Plan del Dr. Ramón Carrillo y adaptar esos conceptos liminares. Y así todo.
El concepto de Cultura se ha reducido a un sinónimo de agenda recreativa: festivales, números artísticos, ferias, concursos, alguna foto con guitarra y empanadas. Todo eso es valioso, claro está, pero es apenas la epidermis. La verdadera Cultura es la estructura mental de una sociedad. Es educación, lenguaje, memoria histórica, hábitos cívicos, lectura, criterio estético, capacidad de argumentar, respeto institucional y comprensión del mundo.
Y todo esto no es una cuestión de presupuesto sino de aplicación del concepto güemesiano de “Guerra de Recursos”, donde la imaginación reemplaza a la logística.
¿Cómo puede gobernar un municipio quien no logra redactar una nota sin herir al idioma? ¿Cómo puede legislar quien ignora los rudimentos del Derecho, de la historia nacional o del funcionamiento elemental del Estado? ¿Cómo puede proyectar desarrollo quien jamás leyó una página de economía política ni comprende el territorio que administra? Lo demás termina siendo intuición, improvisación y eslogan.
No se puede conducir lo que no se comprende. Cuando la Cultura se retira de la política, entra la barbarie con credencial.
Los pueblos no caen sólo por pobreza. Caen, sobre todo, cuando la ignorancia termina abatiéndolos, porque un pueblo sin Cultura puede seguir existiendo en los mapas, pero en el tiempo deja de existir en la historia.
Sin Cultura no hay progreso: apenas movimiento. Y moverse en círculos también es una forma de atraso.
Luis Brandoni: Requiem por un hombre honorable – Ernesto Bisceglia – Editorial
