POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
El tema impone claridad: como liberales —concepto alejado de esta versión «chatarra» llamada libertaria— respetamos a todos los pueblos. Bien decía Yrigoyen: «Los hombres deben ser sagrados para los hombres y los pueblos para los pueblos». Nuestra identidad es judeocristiana; adherimos a las palabras de San Juan Pablo II en la Sinagoga de Roma sobre nuestros «hermanos mayores». No hay aquí antisemitismo, sino rigor cívico.
Como miembro de la Cofradía de la Bandera de Macha y estudioso de la Gesta Belgraniana -con el honor de haber sido prologado por el Dr. Félix Luna-, entiendo que la defensa de nuestra Enseña es un deber inalienable. El juramento que asumimos un día es taxativo: “¿Juráis a la Patria seguir constantemente su Bandera y defenderla hasta perder la vida?”.
Estos argumentos nos habilitan a denunciar al gobierno de Javier Milei como una administración de ocupación con una alarmante inmoralidad cívica. Hace días, la comunidad israelí izó su bandera en el Monumento a la Bandera en Rosario, lugar donde el propio Milei ya había hecho flamear esa enseña. Ese Monumento no es un bloque de mármol; es el Altar cívico más importante del país.
Desde el Derecho Público y el Protocolo, el izamiento de banderas extranjeras en espacios sagrados es excepcional y siempre bajo subordinación a la bandera anfitriona. Aquí hubo una territorialización. Ceder el espacio donde Belgrano materializó nuestra identidad para una manifestación de lealtad a un Estado ajeno es, en castellano antiguo, una entrega de soberanía.
Para este gobierno, la Argentina no es una Patria, sino un enclave de intereses alineados ciegamente con el eje Washington-Tel Aviv. Desprecian la historia y la pertenencia; por eso entregan recursos y territorios. ¿Por qué en el Monumento? Existen plazas y sedes para actos comunitarios. Llevarlo al epicentro de la identidad nacional sugiere una subordinación simbólica donde la política exterior se ha devorado a la soberanía interior.
Vaya también en estas líneas un homenaje a nuestros Veteranos de Guerra de Malvinas. Aquellos jóvenes cumplieron el Juramento con un heroísmo que estos laxos libertarios desconocen; a estos últimos les flaquearían las piernas ante la sola idea de un combate. Los que tuvimos un FAL entre las manos en aquellos días sabemos de qué hablamos. La guerra por la independencia no ha terminado; hoy la libramos con el filo de la palabra.
Se comprende ahora por qué una de las primeras medidas de este gobierno apátrida fue la eliminación de los Institutos de Historia: Milei no quiere memoria porque no tiene Patria. Al permitir que el Altar de la Bandera sea un espacio de militancia geopolítica ajena, profanan el contrato invisible que nos une.
Milei no busca ciudadanos, sino súbditos de una causa extranjera. No es una gestión económica, es una guerra contra la identidad argentina.
Quien devalúa la Bandera llamándola «un muro» y entrega el altar de nuestros próceres, ya no gobierna una Nación: la está rematando al mejor postor mientras nosotros, los que aún recordamos el Juramento, contemplamos cómo los mercaderes se han instalado, otra vez, en el Templo.
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