POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Hay una edad en la que uno descubre obras. Y hay otra, mucho más interesante, en la que las redescubre. Lo notable es que, entre ambas experiencias, la obra cambió menos que el espectador.
Con Spartacus ocurre algo particular. Cuando se es joven, suele impresionar la épica: el esclavo rebelde, la lucha, el heroísmo, la resistencia. Con los años empiezan a aparecer otras cosas. La fragilidad, la pérdida, la dignidad frente a la derrota, el precio de la libertad. La música de Khachaturian parece haber sido compuesta precisamente para esa segunda lectura.
Spartacus pertenece a esa categoría de obras que todavía creen en la grandeza humana sin caer en la ingenuidad. No es cínica, pero tampoco es infantil. Sabe que los héroes pueden perder y aun así considera que vale la pena que existan.
Es una posición estética cada vez más rara.
Vivimos rodeados de narrativas donde todo héroe debe ser deconstruido, ridiculizado o reducido a una patología. En cambio, Spartacus todavía se atreve a plantear una pregunta antigua: ¿qué ocurre cuando un hombre decide ser más grande que su destino?
Quizás por eso sigue conmoviendo. .
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