Turismo en Salta: una ciudad que se apaga temprano

POR: ANA CECILIA BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Las recientes modificaciones en los horarios del transporte público abren una discusión que va mucho más allá de los colectivos. Hablan del modelo de ciudad que queremos construir. Desde una mirada presupuestaria, es posible que la medida encuentre argumentos. Pero cuando se analiza desde el impacto económico, turístico y laboral, aparecen preguntas que merecen ser planteadas.

Porque una ciudad turística no funciona únicamente durante el horario administrativo. Funciona cuando hay movimiento. Cuando hay gastronomía. Cuando hay eventos. Cuando hay cultura. Cuando hay trabajadores que hacen posible que toda esa actividad exista.

Y ahí aparece una realidad que muchas veces no se observa desde una oficina. Un mozo no termina su jornada laboral a las 22:30. Un cocinero tampoco. Muchos trabajadores gastronómicos finalizan sus tareas pasada la medianoche. Otros lo hacen a la una, a las dos o incluso a las tres de la mañana, o quizás más.

Lo mismo ocurre con recepcionistas de hoteles, auditores nocturnos, personal de seguridad, estaciones de servicio y numerosas actividades que forman parte del funcionamiento cotidiano de una ciudad turística.

Entonces la pregunta es inevitable:

¿Qué sucede con esos trabajadores cuando dejan de existir opciones de transporte durante gran parte de la noche? ¿Quién absorbe ese costo? ¿El trabajador? ¿La empresa? ¿La actividad económica?

Porque cualquiera de las respuestas implica consecuencias. Y esas consecuencias no terminan en el transporte. Alcanzan directamente al turismo y al consumo. Porque cuando una ciudad pierde movilidad nocturna, también comienza a perder parte de su actividad nocturna.

Las personas empiezan a replantear sus salidas. Los trabajadores deben reorganizar sus horarios.

Las empresas deben buscar alternativas. Y toda la cadena económica comienza a adaptarse a una limitación que hasta hace poco no existía.

Por eso, la discusión no debería centrarse únicamente en la reducción de un servicio. Debería centrarse en el impacto que esa decisión genera sobre otras actividades. Porque el turismo no es solamente promoción, una campaña publicitaria, una foto de un paisaje.

El turismo también es accesibilidad, movilidad, infraestructura y sobre todo, la capacidad que tiene una ciudad para funcionar y brindar servicios a quienes la habitan y a quienes la visitan.

Como digo siempre: turismo somos todos.

Y cuando una medida afecta a trabajadores gastronómicos, hoteleros, comerciantes, emprendedores y prestadores de servicios, el impacto deja de ser sectorial para convertirse en un tema que involucra a toda la actividad económica.

Por eso resulta necesario ampliar la discusión. No para cuestionar decisiones de manera automática, sino para comprender sus efectos reales. Porque ahorrar recursos es importante, pero también lo es entender cuánto puede costar para una ciudad turística perder movimiento, consumo y actividad económica.

La pregunta de fondo no es solamente cuántos colectivos circulan, sino qué tipo de ciudad queremos construir. Una ciudad que se mueve o una ciudad que, poco a poco, empieza a apagarse más temprano.

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