POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
El 25 de Mayo, en lo particular, tiene dos recuerdos: las frías mañanas de cuartel cuando había que utilizar el uniforme de gala y el saludo “En el Día de la Patria, ¡Buenos Días!”; era una formalidad marcial, porque considero que la Patria nació verdaderamente el 9 de Julio de 1816 en Tucumán; y la otra memoria, fue la visita en un día como este al amigo, Félix Luna.
El Dr. Luna, tenía un estudio en la calle Reconquista, en un edificio al cual se ingresaba trasponiendo un solariego patio donde se respiraba aquel aire de Buenos Aires antiguo. El pasillo que conducía a su estudio era un paseo por la historia, jalonadas las paredes por afiches de grandes películas del cine argentino y portadas de diarios con sucesos importantes.
Al fondo, detrás de su inveterada máquina de escribir (jamás usó una computadora), rodeado de libros que se alcanzaban hasta el techo, estaba él, que recibía con esa sonrisa serena, su voz cálida y su humildad, el rasgo distintivo de los que son verdaderamente grandes.
Aquel 25 de Mayo, de hace tantas décadas atrás, la Patria me regaló una vivencia única. En el estudio, compartiendo un café, estaba su amigo, Ariel Ramírez, inmenso en talla y talento. Departían sobre recuerdos y política.
La historia convertida en música
Dos temas que anidan en la memoria popular les pertenecen: “Alfonsina y el mar” y “Juana Azurduy”, letra de Luna y música de Ramírez, que habían convertido la historia en emoción popular sin vulgarizarla. La hicieron paisaje sonoro y le dieron épica íntima.
En efecto, porque en “Alfonsina y el mar” hay más Argentina profunda que en cien discursos oficiales. Y en “Juana Azurduy” se pinta a esa patria americana, mestiza y doliente, que Mayo apenas insinuaba.
Porque ellos entendieron el folclore no como pieza de museo, sino como memoria activa de la Nación. No hacían folklore “turístico”; hacían arqueología emocional argentina.
Hoy la Argentina consume identidad en formato de algoritmo, fragmentada y efímera; Ramírez y Luna construyeron obras largas, conceptuales, casi litúrgicas, con paciencia estética y ambición cultural. Querían explicar un país entero en una canción.
Y eso, en tiempos de Mayo, tiene un perfume extraordinario. –