Lilia Lemoine, la Chimoltrufia de La Libertad Avanza

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Los que crecimos viendo a Chespirito recordamos a la Chimoltrufia como una entrañable especialista en convertir cualquier conversación en un laberinto. «Como digo una cosa, digo la otra», era su método filosófico. Nunca sabíamos si estaba defendiendo una idea o desarmándola. Pero nos hacía reír.

Así también hubo un tiempo en que la política producía tribunos de oratoria ciceroniana. Después produjo panelistas. Hoy fabrica influencers con banca legislativa. Antes, la función legislativa era un honor y el Recinto un ámbito consular donde convergían las mentes más preclaras de la República.

Hoy, aquel templo del civismo ha sido degradado de tal manera que un reñidero de gallos pueblerino tiene el nivel del Ágora de Atenas.

Aquel ámbito donde alguna vez se escucharon frases memorables que dejaron cicatrices en el cuerpo de la democracia argentina, hoy se cruzan insultos, denostaciones, acusaciones del nivel “Señorita, el alumno Del Caño me rompió el lápiz”. Donde hubo egregios oradores hoy abundan los panelistas de ocasión, los tuiteros profesionales y los especialistas en convertir cualquier micrófono en una riña de conventillo. Y en lugar de damas habitan bataclanas recicladas.

Hasta donde la memoria nos alcanza y nuestro saber político lo dicta, un gobierno busca de ser representado por los mejores en su disciplina, simplemente, porque quien habla y defiende a una gestión se convierte en su tarjeta de presentación.

En ese sentido, no se puede pedirle mucho al gobierno de Javier Milei, cuando el propio presidente es capaz de enarbolar encendidos insultos contra su par de Brasil ¡y en su propia tierra!

En ese ambiente de decadencia intelectual, la voz más autorizada del gobierno nacional es la diputada nacional, Lilia Lemoine, que parece haber encontrado un nicho propio: explicar lo inexplicable con una convicción digna de una profesora de física cuántica, aunque el argumento recuerde más a esa inolvidable Chimoltrufia.

La diferencia es que la Chimoltrufia hacía reír porque era un personaje de ficción. En política, el problema empieza cuando los personajes de ficción redactan el libreto del poder.

No es poca cosa, la Lemoine, ha inaugurado una línea dialéctica dentro de la gestión nacional que podríamos llamar “El Lemoinismo”, léase: “Doctrina política según la cual todo lo que haga el Gobierno está bien. Si sale bien, era brillante. Si sale mal, era una estrategia. Si es un papelón internacional, entonces fue una jugada de ajedrez que sólo entenderemos dentro de veinte años.

Ya Jorge Luis Borges señalaba aquello de que los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los hombres. Las redes sociales demostraron que también multiplican el número de los opinadores.

Y más claro y contundente -nos viene a la memoria- el apotegma de Umberto Eco, cuando sentenció que “Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que antes hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Eran silenciados rápidamente. Ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas.»

Estamos cursando un tiempo de cambio tecnológico, biológico y cognitivo que no tiene precedentes en la historia humana, hecho que nos reclama aguzar la inteligencia para no ser tragados -literalmente- por “la matrix”, entonces tiene que preocuparnos que un gobierno nacional ostente como escuderos a personajes tan elementales y fanatizados.

La política necesita defensores inteligentes. Los aduladores, en cambio, suelen ser el primer síntoma de decadencia de un gobierno. No porque convenzan a los adversarios, sino porque terminan haciendo quedar peor a aquellos que pretenden justificar.

Si Umberto Eco creyó que las redes sociales les habían dado voz a los idiotas. Se equivocó apenas en un detalle. También les dieron banca, micrófono y millones de seguidores.

© – Ernesto Bisceglia

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