La próxima revolución no será política, será biológica.

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Los que no comprendan el tiempo que ha comenzado serán los parias de la sociedad. 

No resulta descabellado imaginar que muchas decisiones administrativas hoy tomadas por funcionarios terminen siendo asistidas o incluso ejecutadas por sistemas de inteligencia artificial, en ese momento, muchas instituciones desaparecerían. Por ejemplo ¿qué sindicato le haría una huelga a un algoritmo?

Durante dos siglos nos acostumbramos a pensar que las grandes revoluciones modificaban la forma de gobernarnos. La Revolución Francesa cambió el poder. La Revolución Industrial transformó el trabajo. La Revolución Digital alteró la manera en que nos comunicamos, compramos, aprendemos y hasta nos enamoramos.

Pero la próxima revolución será diferente porque no cambiará gobiernos: nos cambiará a nosotros.

Se aproximan las elecciones del 2027 y ya vemos a diputados nacionales y locales tratando de garrapiñar un lugar en las listas discutiendo alianzas electorales, listas de candidatos, impuestos, jubilaciones y la eterna pelea entre oficialismo y oposición por la coparticipación, mientras en laboratorios de Estados Unidos, China, Japón y Europa ya se está desarrollando una revolución mucho más profunda: la posibilidad de modificar la propia condición humana.

No estamos hablando de ciencia ficción sino simplemente -y complejamente- de ciencia.

Hablamos de la genética mediante CRISPR  (Crisper, se pronuncia) y ya permite corregir determinadas enfermedades hereditarias. La inteligencia artificial comienza a diagnosticar patologías con una precisión extraordinaria y existen ya prótesis neuronales que permiten recuperar funciones perdidas y las interfaces cerebro-computadora dejaron de ser un argumento de Hollywood para convertirse en objeto de investigación cotidiana. Reíte del “Soldado Universal”.

Las secuencias CRISPR fueron observadas en bacterias desde años antes, pero la técnica de edición genética mediante CRISPR-Cas9 fue desarrollada y publicada por Charpentier y Doudna en 2012 y en 2020 recibieron el Premio Nobel de Química.

Esto se explica así: Supongamos que tenemos un libro de un millón de páginas donde una sola letra está mal escrita y esa errata provoca una enfermedad hereditaria, allí aparece CRISPR que permite localizarla, cortarla y reemplazarla por la correcta. Sería como el mando de nuestras PC “buscar y reemplazar”.

Entonces, mientras aquí buscamos cómo reemplazar a un ministro, estos avances nos plantean una pregunta de una profundidad ontológica desconocida ¿hasta dónde puede modificarse un ser humano sin dejar de ser humano?

Esa es la verdadera discusión del siglo XXI, porque hasta ahora la tecnología siempre había transformado nuestro entorno con el automóvil, el teléfono, la computadora y el Internet. Pero por primera vez en la historia estamos utilizando la tecnología para rediseñar al propio ser humano. Y eso cambia absolutamente todo.

La política continúa organizándose alrededor de categorías del siglo pasado: izquierda, derecha, Estado, mercado, sindicatos, partidos, elecciones. Pero la próxima generación probablemente tenga que responder preguntas completamente distintas.

Los juristas deberán responder dentro de la ética, la bioética, la religión y el Derecho, por ejemplo:

¿Será ético mejorar genéticamente a un hijo antes de que nazca? ¿Quién decidirá qué modificaciones estarán permitidas? ¿Sólo los ricos podrán acceder a cuerpos más sanos y cerebros más eficientes? ¿Será justo competir por un empleo contra una persona biológicamente mejorada? ¿Qué ocurrirá cuando una inteligencia artificial pueda interactuar directamente con nuestro cerebro?

No son preguntas para el año 2100 para esta misma década.

Hace quinientos años un campesino podía vivir exactamente igual que su bisabuelo.

Hoy un adolescente utilizará tecnologías que sus padres todavía no imaginan.

Y entonces nos preguntamos: ¿Con la calidad tan elemental de legisladores que tenemos habrá que tratar estas leyes? ¿No será tiempo de pensar una reforma educativa que comience a preparar a los dirigentes del año 2050?

Mientras la política continúa atrapada en la discusión del próximo presupuesto, la ciencia ya está discutiendo cuánto viviremos, cómo envejeceremos y hasta qué punto podremos rediseñar nuestra inteligencia.

Por eso es grave que los debates públicos giren casi exclusivamente alrededor de la coyuntura política, mientras la revolución más importante desde el nacimiento de nuestra especie avanza silenciosamente en universidades, laboratorios y centros tecnológicos.

Durante siglos discutimos quién debía gobernar a los hombres. El siglo XXI comenzará a discutir algo mucho más inquietante: qué hombres existirán para ser gobernados. Y esa diferencia cambia absolutamente todo.

© – Ernesto Bisceglia