La sociedad es un cotolengo: ¿Tenemos todos que hacer terapia?

POR: Ernesto Bisceglia – www.ernestobisceglia.com.ar

Las innovaciones, por el mero hecho de ser tales, no siempre resultan buenas ni recomendables, particularmente en política. La realidad nos informa de que las redes sociales han venido a cambiar totalmente la configuración de las sociedades. El problema es que ese cambio, lejos de acercarnos a un ideal superior como comunidad, en cambio nos está llevando a un estado de enajenación colectiva.

La reflexión viene a cuento a partir de un video que promociona algún grupo de libertarios, donde muestran a un muchacho en evidente estado de excitación emocional —por decirlo así—, que salta como un mico con desórdenes mentales emitiendo proclamas antigubernamentales.

Uno podría pensar —y de hecho lo hace— que la puesta es excesivamente burda, carente de toda imaginación y contenido, acercándonos a la sensación de que quienes piensan estos spots no estarían en su sano juicio. O quizás ese video siga la misma lógica del presidente Javier Milei, que estalla en brotes hiperkinéticos y desbordes verbales.

Pero también, y a la vez, nos surge otra pregunta: ¿y si resulta que ahora la lógica social transita por esos andariveles de desmanejo emocional y nosotros —los que nos autopercibimos “normales”— somos los que estamos enfermos?

Porque aceptémoslo: por doquier sólo hallamos expresiones cada vez más cercanas a la insanía, patentizadas en letras de canciones, expresiones “artísticas”, vestimenta y hasta cuestiones políticas.

Notamos —sobre todo— la ausencia total y absoluta de discusión de ideas. Menos todavía el aporte de alguna. Todo es denostación del adversario, escrache, insulto. Proliferan las expresiones de mal gusto, lo chabacano y lo ordinario, que cuanto más lo es, más se celebra.

Es curioso observar, en el caso de TikTok, cómo algo mientras más estúpido o elemental resulta, más “likes” obtiene. Mientras que un contenido histórico, cultural o geopolítico apenas cosecha adhesiones.

Entonces, ¿será que quienes apostamos a la calidad somos los enfermos?

Tal vez no. Tal vez el enfermo no sea quien piensa, sino una época que premia el espasmo y castiga la inteligencia. Y cuando una sociedad confunde ruido con verdad, vulgaridad con autenticidad y grito con razón, no necesita terapia individual: necesita volver a aprender a convivir con la cordura.