POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
El abuelo, hombre de campo solía enseñar que cuando uno visita un sitio debe haber leído antes sobre su cultura y sus costumbres para así disfrutarlo verdaderamente. En esa condición, cuando se visita los Valles Calchaquíes y se sabe qué se busca la experiencia se enriquece.
De esa manera fui buscando entre cerros algún vallisto que tocara el Erke, instrumento extraño si los hay, presente en las celebraciones populares, particularmente religiosas.
El erke (o corneta) no es sólo un instrumento, sino la voz misma del invierno en los valles. Es un instrumento de viento de origen precolombino, profundamente arraigado en el área andina (Noroeste Argentino, Sur de Bolivia y Norte de Chile). Históricamente, su uso está regido por un calendario ritual estricto: el erke sólo debe sonar en invierno, desde la fiesta de Corpus Christi hasta el inicio del tiempo de la Pachamama (agosto).
Existe una creencia ancestral que dice que si se toca fuera de tiempo -especialmente en verano-, puede atraer heladas o desgracias para las cosechas, ya que su sonido «llama al frío».
A diferencia de la quena o el erkencho, el erke es un instrumento de dimensiones monumentales. El tubo se construye con varias cañas unidas longitudinalmente, que pueden alcanzar de 3 a 7 metros de largo a las cuales se les quitan los nudos internos para permitir el paso del aire.
En el extremo final se encuentra el Pabellón que lleva un resonador o bocina hecho tradicionalmente con un cuerno de vaca (descalcificado y ahuecado) o, en versiones más modernas, con una pieza de latón o hojalata.
La Embocadura-por donde se sopla-, está ubicada en un costado del extremo inicial de la caña. No tiene agujeros; las diferentes notas se logran únicamente mediante la presión del aire y la vibración de los labios.
Para el habitante de los valles, el Erke tiene un carácter sagrado y colectivo, por eso es el protagonista de las procesiones religiosas y las fiestas patronales. Su sonido profundo, grave y quebrado parece imitar el bramido del viento entre los cerros.
Representa la identidad del hombre de la montaña frente a la inmensidad. Cuando el Erke suena, no se busca una melodía virtuosa, sino un grito de presencia; es el aviso de que el pueblo está celebrando su fe y su cultura. De allí que se lo considere un puente entre el hombre y el cosmos. Su sonido «limpia» el aire y prepara el espíritu para el tiempo de descanso de la tierra.
El Erke, suele tocarse acompañado por el ritmo constante y monótono de la caja, creando esa atmósfera hipnótica tan propia de nuestra Salta profunda.
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Un Cacho de Cultura: La baguala, ese antiguo grito del norte – Ernesto Bisceglia – Editorial
Cómo se construye un Erke