Eva Perón: Tan santa y tan infame

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia

Esta es una fecha que marca un hito en la mitología política argentina. Hablar de Eva Perón el 7 de mayo, el día de su nacimiento,  es hablar del motor estético y pasional que transformó un movimiento de masas en una religión civil. Su figura no fue un complemento del poder de Perón, sino su nervio vital, el elemento que le dio al peronismo su carácter de «irreversible» en el tejido social.

Será por eso que hoy, la figura de «Evita» todavía exuda veneración y «La Eva» continúa provocando espasmos en los «Gorilas».

Como fuere, el hecho innegable de la historia es que el peronismo, sin la irrupción de Eva Perón, habría sido quizás un capítulo más en la historia de los nacionalismos laborales del siglo XX; una estructura de poder eficiente, pero despojada de ese misticismo que solo otorga el sacrificio. Evita -para los peronistas- no vino a la política a administrar lo posible, sino a exigir lo necesario, convirtiéndose en la Jefa Espiritual de la Nación por derecho de entrega y no por decreto.

Su impronta fue el elemento transgresor que rompió la parsimonia de las instituciones. Mientras Perón construía el andamiaje del Estado Moderno, Eva edificaba el altar de la justicia social. Fue ella quien dotó al movimiento de una virulencia política necesaria para enfrentar a una oligarquía que no le perdonaba su origen ni su género. Su lenguaje no era el de la diplomacia, sino el de la identidad herida que encuentra, por fin, la palabra para defenderse.

Esa determinación alcanzó su punto máximo en la visión de la autodefensa popular. Eva comprendió, antes que nadie, que las conquistas sociales son frágiles si no cuentan con la fuerza para custodiarlas. Su intención de armar a las milicias obreras no fue un arrebato de violencia gratuita, sino la intuición política de que el poder real reside en el pueblo organizado. Ella fue el escudo de los humildes y, a la vez, la lanza que amenazaba el statu quo de quienes pretendían un país para pocos.

A 107 años de su nacimiento, su figura permanece como la frontera infranqueable del peronismo auténtico. Su ausencia física dejó un vacío que nadie ha podido llenar, porque su jefatura no se ejercía desde un escritorio, sino desde esa comunión mística con los «descamisados».

Por eso, Eva Perón no es un recuerdo; es la brasa que arde bajo las cenizas de la historia, recordando que la política, cuando carece de amor y de combate, se convierte en mera burocracia. –

© – Ernesto Bisceglia

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