POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Reitero que exijo que me indemnicen el voto. Yo voté a Javier Milei, primero, para que se fueran de una vez los kirchneristas que habían devastado al país; luego, porque como muchos, pensaba que este individuo medio raro podía mejorar algo. Además, venía prometiendo transparencia, acabar con la corrupción de la “casta”, y alguna que otra idea liberal tenía. Pero digo, yo no voté esto que tenemos ahora.
El país estaba destruido, es cierto, pero en tres años no hemos visto ni una sola medida o algo que se le parezca para mejorar algo. Los sectores que estaban mal ahora están peor, el país no sólo está mal sino que se entrega a pedazos y encima, estamos comprometidos como país beligerante en una guerra que ni nos interesa. La gloriosa Patria argentina está convertida en el perro faldero de una eje geopolítico internacional que se hunde.
Como hombre del periodismo, ahora me siento aludido en el “95% de los periodistas -que- son delincuentes”, según lo ha expresado Milei. No señor, tengo una trayectoria marcada por la decencia, una palabra que este gobierno desconoce.
Este individuo con evidentes disloques psiquiátricos nos avergüenza a los argentinos en todos los foros internacionales donde asiste. Suma casi medio centenar de viajes al exterior y no conoce la realidad de las provincias porque no visitó más de tres o cuatro.
Pero lo que vimos ayer en el Recinto de la Cámara de Diputados no tiene antecedentes en la historia legislativa. Un jefe de gabinete -Manuel Adorni- que con una cara de titanio no hizo una mueca ante las acusaciones de los diputados sobre su fortuna lograda con un sueldo que apenas supera la canasta familiar de los argentinos.
Y lo más escandaloso fue ver a todo el gabinete nacional en pleno vivando desde los palcos a un acusado de corrupto y dentro de esa caterva, al propio presidente de la Nación convertido en un barra brava, disputando a los gritos con los diputados, para salir del alguna vez “honorable” Congreso Nacional, gritando “chorros” y “corruptos” a los periodistas. Esto no es un presidente, hasta un vulgar patotero hubiera tenido más decoro.
El panorama, hasta ahora sombrío, con estos modos ya se torna en siniestro. Porque no estamos frente a gabinete de ministros sino ante una banda organizada para defender a los acusados de corruptos, para silenciar a la prensa que denuncia los presuntos actos ilícitos que salpican al propio presidente.
Recordamos a Don Hipólito Yrigoye, al Dr. Arturo Frondizi, al Dr. Arturo Umberto Illia, al Dr. Raúl Alfonsín, que dejaron el poder sin tener mácula alguna. Jamás hubo que acompañarlos a declarar por alguna acusación de haber cometido un delito, simplemente, porque no los cometieron.
Hasta el mismo Juan Domingo Perón, después de las aciagas horas de junio de 1955, en su discurso tuvo palabras de contemplación y de llamado a la unión de los argentinos.
Como hombre del periodismo, me niego a ser parte de ese porcentaje inventado por el agravio presidencial. Mi trayectoria, marcada por la decencia, no se mancha con un discurso de balcón ni con la obsecuencia de un palco de funcionarios.
Sentir «vergüenza ajena» es, quizás, el último síntoma de salud que nos queda como ciudadanos ante una dirigencia que ha perdido el pudor.
La diferencia entre un líder y un agitador radica en el respeto por las Instituciones que lo invisten. Lo que vimos en el Congreso fue la claudicación de la dignidad política; ya no se trata de ideologías o de modelos económicos, sino de educación y de decoro.
Cuando la máxima autoridad de la Nación elige el grito del barrabrava sobre el silencio respetuoso de la ley, no sólo estamos ante un gobierno que falla, estamos ante un abismo moral que nos arrastra a todos.
Verdaderamente, una vergüenza que duele en el alma de la Patria.
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