POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Para quienes el destino nos regaló la suerte de formarnos en el Instituto Franciscano Padre Gabriel Tommasini, el 7 de mayo era un día festivo. El ritmo de las clases se detenía para que el colegio en pleno celebrara el cumpleaños de Fray Benito Honorato Pistoia, para nosotros y por la eternidad, simplemente “Honorato”.
Alguna vez le regalaron una peluca y el “petiso” se la puso y se largó a bailar por el patio. Regalos, torta y el “Feliz Cumpleaños” por los altavoces, la fiesta era completa, porque no sólo era el “cumple” de Honorato, era también nuestra fiesta. Porque celebrábamos a ese ser de algo más de un metro y medio pero inmenso en su personalidad, en su bondad y sobre todo en su rectitud de sacerdote.
Honorato podía aconsejarnos, pero él mismo era el ejemplo, y esa personalidad desbordante y multifacética resultó en la impronta más elocuente. Nos fuimos un día del colegio con un cartón, sí, pero nos llevamos además el título de “buena gente”. Y fue tan grande la enseñanza espiritual, moral y académica de aquel Fraile, que podemos decir con todo orgullo que entre todas las camadas que pasamos por esas aulas no tenemos mácula alguna que ocultar.
Porque nos enseñó que la decencia construye buenos ciudadanos, el estudio nos hace libres y sobre todo que la familia es la mayor ganancia de un hombre o una mujer. Por eso hoy, a tantos años, no somos “ex compañeros”, somos -así nos sentimos- todos hermanos, ¡Formamos esa magnífica Familia Franciscana!
Siendo italiano nos enseñó a ser buenos argentinos, a vivir el amor a la Patria. La canción “Aurora”, donde sea que nos encuentre, nos devuelve a esas mañanas cuando izábamos la Bandera, y Honorato bajaba el volumen para que cantemos. Aprendimos a valorar la Vida de tanto rezar antes de clases la Oración de la Paz de San Francisco. Y también aprendimos a vivir el deporte yendo los domingos con Honorato a ver a Juventud Antoniana, cuyo escudo había hecho pintar en el patio del colegio.
En la cancha, Honorato, no era cura, era un hincha que se sentaba en el techo de un quiosco en la esquina de Lerma y San Luis, con su gorra blanca y lo desbordaba su “tanada” en irreproducibles epítetos. No sea cosa que el equipo terminara el primer tiempo perdiendo porque se iba al vestuario a “levantar en peso” a los jugadores. Y nos volvíamos con el triunfo.
Salta, lo recuerda recorriendo sus calles en su Vespa italiana, llevando el auxilio espiritual donde fuera y a la hora que fuera. Bajo el frío o el calor. En sus conferencias académicas, en sus clases en la Unsa, donde se recibió de profesor de historia con un libro que en mi caso inspiró una de mis obras sobre Güemes, una visión que hasta él, nadie había abordado: “El pensamiento político de Güemes”.
Honorato decía “La sola presencia del sayal (franciscano) evangeliza”, por eso asistía a los eventos de la vida ciudadana revestido de franciscano. Bastaba su llegada para que se impusiera el silencio y el respeto. Porque su labor no se agotó en la educación sino en la formación de los profesionales católicos, las Conferencias Vicentinas, la obra de la Tercera Orden, los grupos de acción confesional, su labor evangélica fue incansable.
Consciente de que la educación era la única llave para el progreso, fundó la Escuela San Francisco y el Instituto Tommasini, pensado para que pudieran estudiar chicos de toda condición social, por eso nuestro delantal era blanco porque eso nos hacía iguales a todos. Pensó en una formación de elite y formó un cuerpo de profesores de tan alto nivel académico que cuando ingresamos a la universidad los primeros pasos eran un paseo para nosotros. Pero no hubiera sido aquel Tommasini sin la figura entrañable de su vicerrector, el entrañable Norberto “Negro” Lamagni, al que tutéabamos como a un amigo y que supo decir un día: “Me critican porque los alumnos me tutean, pero yo prefiero que me tuteen con respeto y no que me digan: Usted es un hijo d…”. Frase tan exacta como memorable.
Parafraseando a las últimas líneas del Evangelio de San Juan que dice de Cristo: “Muchas otras cosas hizo que si las nombráramos no cabrían en estas páginas”, digo lo mismo de Honorato: “Muchas otras cosas hizo que no alcanzarían las hojas para describirlas”. Es imposible reseñar aquellos años dorados en una crónica.
Por eso, hoy, cuando se cumple el Centenario del Natalicio de Honorato Pistoia, podemos decir que no celebramos ya al Fraile, ni al hombre, sino al mito. Porque los hombres que trascienden a su tiempo son más grandes que los monumentos que los recuerdan, porque Honorato no ha muerto, vive en los miles de corazones que lo recuerdan cada día a pesar de que ha pasado casi medio siglo desde que dejamos aquellas aulas.
Los hombres de la talla espiritual de Honorato se alzan sobre los tiempos y los hombres, multiplicados en quienes pasamos por sus manos y que transmitimos su recuerdo a nuestra descendencia. Honorato ya es como esa piedra que se arroja en el estanque y va formando círculos que se pierden en el confín de los tiempos. Por eso es perenne.
Acaso allí resida el verdadero milagro de Honorato: haber comprendido que educar no era llenar cabezas, sino encender almas. Por eso algunos hombres no se marchan nunca del todo.
Porque Dios suele dejar sus huellas más profundas en forma de buena gente.
Al final, la eternidad de Honorato no reside en el bronce de una estatua, sino en la decencia con la que sus alumnos caminamos hoy la vida. Sigue ahí, en su amanecer en Radio Salta con su diario “Paz y Bien”, en el eco de una ‘Aurora’ cantada al alba y en ese rastro invisible de bondad que dejó por las calles de Salta.
Su sayal ya no recorre la ciudad en una Vespa, pero su ejemplo cabalga en cada acto de justicia de quienes aprendimos, bajo su amparo, que ser buena gente es el único título que realmente importa.
Honorato no es un recuerdo; es la raíz que nos sostiene.-
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