POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Vivimos tiempos insólito en nuestro país, donde vemos acontecer situaciones que eran impensables para los argentinos, desde pasar a consumir carne de burro a que decaiga el interés sexual de la población. Hemos pasado de aquella frase de Javier Milei “El 25 será brillante, con salarios volando en dólares” a que un encuentro íntimo pase a ser un artículo de lujo.
Evidentemente, no es una cuestión de ganas, pero los estudios revelan que la crisis económica impacta también en el erotismo por una razón de costos directos e indirectos
El dato más alarmante es la caída en la venta de preservativos que no sólo evidencia una situación de retracción por impotencia económica sino que cala directamente en la salud pública. En los últimos días autoridades de salud pública han informado sobre un incremento en los casos de HIV.
Las estadísticas muestran que entre 2023 y 2024, el consumo de preservativos en Argentina cayó un 24%. Si lo comparamos con el promedio histórico de la última década (que rondaba los 179 millones de unidades anuales), la baja es drástica.
A la par, y como parte de los recortes, la distribución gratuita estatal de preservativos y métodos anticonceptivos por parte del Ministerio de Salud se desplomó un 64%. Esto significa que las poblaciones que dependían del centro de salud ahora deben comprarlos, y el precio de una caja de tres unidades oscila hoy entre los $3.000 y $4.500, un costo difícil de absorber para salarios precarizados.
“Telo debo”
Si ya tenemos problemas con el qué, obviamente, también los hay con el donde. El clásico “Telo”, o albergue transitorio, también acusa el impacto de la crisis. Solo en el último año se han reportado cierres de establecimientos emblemáticos que tenían décadas funcionando. La ocupación en 2025 ha sido la peor de los últimos cuatro años.
El costo del par de horas de placer ha obligado a muchas parejas jóvenes a optar por arreglárselas en la casa, el vehículo y lugares alternativos públicos. Los empresarios del sector reportan que la gente ya no va «por rutina», sino sólo en ocasiones especiales, debido a que el turno promedio ya compite con el costo de una cena para dos.
Se integra en este punto el factor psicológico que ha dado lugar a lo que ya se denominado “El síndrome del deseo asfixiado”, que se provoca no sólo por la falta de dinero sino por el estrés. Las estadísticas estiman que 1 de cada 4 jóvenes entre 18 y 24 años no tuvo relaciones sexuales en el último año. Un verdadero celibato social, se diría.
Para los especialistas, la inflación genera un estado de alerta constante que actúa como el principal inhibidor del deseo. No es solo un desgano anímico; es biología pura: el estrés financiero dispara los niveles de cortisol, la hormona de la supervivencia, que en dosis crónicas anula la oxitocina y la dopamina, responsables del vínculo y el placer. Es la patología de la incertidumbre.
En definitiva, la libido argentina ha entrado en modo ahorro. Entre la ansiedad del «no llegamos» y el costo de un turno que equivale a varios kilos de carne, el erotismo ha pasado a cuarteles de invierno. El ajuste, finalmente, logró lo que ninguna moralina conservadora pudo: enfriar la cama de los argentinos a fuerza de inflación. Ya no es una cuestión de moral, es una cuestión de supervivencia.
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