POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
El viejo dicho español sentencia que “El que dice las verdades, pierde las amistades”. Y las declaraciones de los jugadores de la Selección Nacional de Fútbol, dijeron verdades, que al Ejecutivo nacional no le gustaron para nada.
Porque hay momentos en que la política, la diplomacia y los organismos de seguridad parecen controlar cada detalle. Sin embargo, basta un gesto espontáneo para recordar que ningún poder es absoluto. Un posteo del presidente, Javier Milei, con su acostumbrada verborragia afilada para denostar, dijo que los jugadores eran “termos mononeuronales”, o la ministro de Seguridad que prohibió a los hinchas ingresar al estadio con “ese mapita de las Malvinas”. Nada distinto se le puede pedir a los genuflexos de Margaret Tatcher.
Bastó con una simple pancarta, una sábana de hotel, pintada a mano por un hincha argentino para que terminara convirtiéndose en uno de los símbolos más poderosos de la reciente presentación de la Selección. Lo que parecía apenas una ocurrencia logró atravesar controles, protocolos y prohibiciones hasta desplegarse sobre el césped con el Mapa de las Islas Malvinas.
El recorrido fue casi cinematográfico: de la tribuna al banco de suplentes; del banco al cuerpo técnico; y finalmente a las manos de los propios jugadores, que extendieron la bandera frente a millones de espectadores en todo el mundo.
Más allá de las discusiones reglamentarias, el episodio dejó una enseñanza política de enorme valor.
Cuando una expresión popular nace de manera genuina, resulta muy difícil contenerla. Ningún protocolo alcanza para detener un símbolo cuando éste representa un sentimiento compartido.
Las Malvinas siguen ocupando un lugar especial en la memoria colectiva de los argentinos. No pertenecen a un partido político, a un gobierno ni a una ideología determinada. Forman parte de una identidad nacional construida durante generaciones.
Por eso, cuando algunos integrantes del plantel manifestaron públicamente que «las Malvinas son argentinas», no estaban formulando una consigna partidaria. Estaban expresando una convicción ampliamente arraigada en la sociedad argentina.
El episodio volvió a poner sobre la mesa otra cuestión: Los grandes deportistas nunca dejan de ser hijos de su tiempo.
Tampoco le hizo gracia al presidente que nada menos que Leonel Messi, dijera que “la gente no llega a fin de mes”. tanto disgustaron este y otros dichos de contenido social de los jugadores que el flamante vocero presidencial declaró que “para nosotros, la gente está bien y llega a fin de mes”. Este sujeto -y el resto de los ministros-, no viven con un sueldo de maestra o de policía, por ejemplo.
Muchos de ellos crecieron en barrios humildes, conocieron las dificultades económicas y saben perfectamente qué significa que una familia haga esfuerzos para llegar a fin de mes. Cuando hablan sobre la realidad social, lo hacen desde una experiencia de vida que difícilmente pueda separarse de su historia personal.
Por eso, cada vez que un gobierno -sea del signo político que sea- pretende convertir cualquier opinión diferente en un acto de confrontación política, corre el riesgo de perder de vista lo esencial.
No todo es política. A veces se trata simplemente de identidad, otras veces, de memoria y muchas veces, de humanidad.
Quizás por eso aquella vieja reflexión de Héctor Enrique, campeón del mundo en 1986, mantiene toda su vigencia: «¿De qué sirve ganar una Copa del Mundo si tu pueblo no tiene para comer?»
Porque las grandes victorias deportivas emocionan a un país durante noventa minutos, pero las verdaderas victorias de una Nación, en cambio, son aquellas que mejoran la vida cotidiana de su gente.
No apto para cipayos: ¡Es la Causa, estúpido! – Ernesto Bisceglia – Editorial
He visto argentinos contentos – Ernesto Bisceglia – Editorial
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