POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
La humanidad está atravesando la mayor mutación antropológica desde la Revolución Industrial. Y, sin embargo, seguimos discutiendo como si el problema fuera únicamente la inflación, las elecciones o el último escándalo político, cuando lo que está en juego es singularmente más profundo.
Asistimos a un momento de transformación social jamás visto en la historia cuyo saldo social no solamente será el desempleo masivo sino el caos social. Los valores y categorías que heredamos de la Modernidad prácticamente han desaparecido: La patria, la soberanía, la familia, incluso la idea de Dios ha cambiado.
Mientras las redes sociales y los medios nos mantienen ocupados en la espuma de los acontecimientos, debajo de esa superficie está cambiando algo mucho más profundo: la propia condición humana. Estamos en camino de dejar de ser hombres y mujeres para convertirnos en un producto cuya sustentabilidad dependerá de su capacidad de consumo para el sistema. –+
Cada revolución tecnológica modificó la manera de producir. La que estamos viviendo modifica la manera de existir. Porque los contemporáneos rara vez advierten que están viviendo un cambio de civilización. Los romanos no sabían que asistían al fin de Roma. Los franceses no imaginaron, en 1788, que un año después habría comenzado una nueva era. Nosotros tampoco terminamos de comprender que el siglo XXI ya dejó atrás las categorías con las que intentamos explicarlo.
Por primera vez en la historia, el hombre ya no enfrenta únicamente máquinas que reemplazan su fuerza física. Comienza a convivir con sistemas capaces de sustituir procesos intelectuales, decisiones, diagnósticos, creaciones e incluso formas de pensamiento que hasta hace muy poco considerábamos exclusivamente humanas.
No estamos frente a una simple innovación tecnológica. Estamos frente a un cambio de civilización.
Seguimos educando para un mercado laboral que está desapareciendo y no estamos preparando en las aulas para trabajos que todavía no existen. Seguimos pensando el empleo como una garantía de estabilidad cuando la economía digital premia la capacidad de reinventarse. Seguimos creyendo que la tecnología es una herramienta, cuando empieza a convertirse en el ambiente mismo donde transcurre nuestra existencia.
Por eso esta crisis no es económica. Es antropológica.
Lo que está en discusión ya no es cuánto producimos, sino qué lugar ocupará el hombre en un mundo donde la eficiencia amenaza con convertirse en el único criterio para valorar la vida.
Ese es el verdadero debate que casi nadie está dando. Y quizás por eso tampoco estamos preparados para afrontarlo.
