POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
No. No me he vuelto loco. Recuerdo que años ha, cuando por imperio familiar fui destinado a estudiar Derecho en la Universidad Católica de Salta, teníamos en el primer semestre como materia “Matemáticas”. Mi espíritu siempre subversivo me llevó a preguntarle al profesor “¿Para qué queremos matemáticas en esta carrera?”. Me respondió: “Es muy importante, porque así sabrán cómo cobrar sus honorarios profesionales”. Aunque su apellido era muy reputado en la sociedad, todavía pienso que ese día fue fumado porque la respuesta era una estupidez.
Los tiempos han cambiado y hoy, en lugar de matemáticas, las facultades de Derecho deberían estar incluyendo programación, IA, análisis de datos y “legal tech”. De hecho, en Estados Unidos, el Reino Unido y Singapur ya hay facultades de Derecho que incorporan estas materias, no porque quieran convertir abogados en ingenieros, sino porque el Derecho está entrando en una revolución comparable a la que produjo la imprenta.
Tampoco estoy sugiriendo que los abogados abandonen el Código Civil para estudiar Ingeniería en Sistemas. Lo que intento decir es algo mucho más profundo: el ejercicio del Derecho está cambiando a una velocidad que la mayoría de las Facultades de Derecho argentinas todavía no ha comprendido.
Hace apenas veinte años, un abogado se distinguía por conocer las leyes, la doctrina y la jurisprudencia. Hoy eso sigue siendo indispensable, pero ya no alcanza.
El nuevo escenario profesional exige comprender un mundo en el que las decisiones jurídicas conviven con algoritmos, inteligencia artificial, bases de datos, contratos inteligentes y sistemas capaces de analizar millones de documentos en pocos minutos.
En ese contexto aparece Python.
Para quienes nunca escucharon hablar de él, Python no es una serpiente. Es uno de los lenguajes de programación más utilizados del mundo y la herramienta sobre la que funcionan gran parte de los desarrollos de inteligencia artificial.
¿Significa eso que un abogado tendrá que convertirse en programador? No.
Del mismo modo que un abogado no necesita construir un automóvil para defender una causa por un accidente de tránsito, tampoco necesita convertirse en ingeniero informático. Pero sí necesita comprender cómo funcionan las herramientas tecnológicas que comienzan a influir sobre su profesión.
Porque el Derecho ya no se ocupa únicamente de personas. También comienza a ocuparse de algoritmos.
Hace pocos años resultaba impensable discutir la responsabilidad jurídica de una inteligencia artificial. Hoy tribunales de distintos países analizan conflictos relacionados con decisiones automatizadas, protección de datos personales, propiedad intelectual de contenidos generados por IA y utilización de algoritmos en procesos administrativos y judiciales. Sin contar algo que ya nos está ocurriendo aquí, en Salta, como es el acoso sexual a menores -y mayores- vía digital, robos cibernéticos, etc.
En Salta, no deben quedar muchos abogados que echen mano de la IA para revisar contratos, buscar jurisprudencia, detectar riesgos legales y elaborar primeros borradores de escritos judiciales. En los lugares más desarrollados esto ya forma parte del trabajo diario.Tareas que antes requerían varios días de trabajo hoy pueden realizarse en cuestión de minutos.
Algunos interpretan este fenómeno como una amenaza, pero yo prefiero afirmar que estamos ante una gran oportunidad. Porque la IA dejará sin trabajo a los que no aprendan a utilizarla.
Claro está que la IA, difícilmente sustituya al buen abogado. Lo que probablemente ocurra es algo diferente: los abogados que sepan utilizar inteligencia artificial reemplazarán a quienes decidan ignorarla.
Hace unos años, cuando las computadoras comenzaron a poblar las oficinas hubo quienes se resistieron a utilizarlas. Luego vino el Internet y otros desconfiaron de la red. Después rechazaban el correo electrónico. Hoy nadie imagina un estudio jurídico sin esas herramientas.
Recuerdo que incluso en esos grupos católicos de “programación mental-espiritual”, un conocido sacerdote nos advertía de usar esas “engañifas del Demonio, porque los llevarán al Infierno”, mientras el documento “Inter Mirifica” del Vaticano II, celebraba estas “Maravillas de la técnica”. Menos mal que el Espíritu Santo ya hizo su trabajo con esta gente.
Mientras nuestro celular se actualiza y tenemos que tirarlo, lo mismo debemos hacer con la mente y el espíritu. La inteligencia artificial representa un cambio de una magnitud mayor, para nosotros y más todavía para los que están comenzando. Por eso el verdadero desafío no consiste en aprender programación por curiosidad académica. Consiste en desarrollar una nueva cultura profesional.
Comprender cómo se entrenan los modelos de inteligencia artificial, qué sesgos pueden contener, cómo auditar decisiones automatizadas o cómo proteger los derechos de las personas frente a sistemas inteligentes dejará de ser una especialidad exótica para convertirse en parte del ejercicio cotidiano del Derecho.
Y aquí aparece una pregunta incómoda.
¿Cuántas Facultades de Derecho argentinas están preparando realmente a sus alumnos para ese escenario? ¿Cuántos Colegios de Abogados ofrecen capacitación seria en inteligencia artificial? ¿Cuántos jueces comprenden el funcionamiento básico de los algoritmos sobre los cuales deberán pronunciarse en los próximos años?
¡Imaginemos una Justicia como la de Salta donde todavía hay jueces que llevan puesto el escapulario mental, frente a esta nueva dimensión!
De hecho, uno de estos magistrados me decía hace unos días: “¡Estas cosas tardarán como veinte años en llegar a Salta! Pensé entonces: “¿Y este con esa mentalidad decide sobre nuestra libertad y nuestros bienes?” ¡Torquemada, volvé, te perdonamos!
Quizá por eso vale la pena insistir en esta provocación que titula nuestra nota: “Queridos abogados: aprendan Python”. No porque todos deban escribir programas, sino porque el mundo que deberán regular jurídicamente hablará cada vez más el lenguaje de la tecnología.
Y un abogado que ignore ese idioma corre el riesgo de convertirse en un excelente profesional… preparado para resolver los problemas del siglo XX, pero terminará en no mucho tiempo manejando un Uber.
Porque la inteligencia artificial no viene a reemplazar abogados. Viene a reemplazar una manera antigua de ejercer la abogacía. –
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