Somos todos pelotudos

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar .- La palabra que titula nota hoy es un insulto de entrecasa, un latiguillo que gastamos de tanto usarlo, pero que nació con honor. En efecto, la etimologia de “pelotudo” nos cuenta que en las guerras de la Independencia y en las batallas civiles del siglo XIX, los «pelotudos» eran la primera línea de infantería de las milicias criollas.  Eran los individuos más rústicos, de un coraje suicida, cuya única arma era una piedra grande ligada a un tiento de cuero: una pelota. Su trabajo era plantarse a pecho descubierto frente a la caballería enemiga, aguantar la carga y, en el momento justo, golpear las patas de los caballos para derribarlos. Eran los que ponían el cuerpo. Los que se jugaban la vida armados sólo con una piedra contra las lanzas y los fusiles.

Dos siglos después, la etimología nos da una bofetada irónica. De la valentía pasamos a la mansedumbre, nuevamente, con una pelota entre las manos. Hoy, somos un pueblo cuyos problemas existenciales tienen, exactamente, el diámetro de un balón.

Mientras escribo esto, la Selección Nacional de Fútbol juega su primer partido del Mundial 2026. Puede ganar, puede perder; el partido está en trámite, la pelota rueda y, con ella, se detiene la rotación de la Tierra.

Es un fenómeno hipnótico. En este preciso instante, no importa el precio de la carne ni el de la cerveza. No importa que la inflación dibuje números de ciencia ficción. El asado para ver el partido se organiza igual; se saca de donde no hay, se tarjetea, se hace magia con los últimos billetes del mes. El ritual es sagrado, la urgencia es hoy. Pero la juntada es un rito más sagrado que la tenida de una Logia.

Si los once tipos de celeste y blanco logran meter la pelota adentro del arco rival unas cuantas veces más que el oponente, las calles se van a inundar de millones de argentinos. Una marea humana, enfervorizada, flotando en una felicidad química y absoluta. Nos vamos a abrazar con desconocidos, vamos a llorar de alegría. Y mañana, cuando la resaca del triunfo empiece a bajar, muchos de esos mismos millones no van a tener qué comer, ni saber a dónde ir a trabajar.

Y van estar endeudados a tres meses mínimo a causa del asado…

La felicidad que da la pelota a los argentinos es una anestesia perfecta: supera toda crisis, dobla las rodillas de toda dictadura, borra el hambre por noventa minutos (y por unos días de festejo más, si hay copa).

Es más, si en medio de esa euforia el Presidente de la Nación -cualquiera sea, el de hoy, el de ayer, el que vendrá- saliera al balcón de la Casa Rosada, sería vivado y aplaudido por la misma masa que dos horas antes lo maldecía por el costo de la vida. Porque el fútbol en este rincón del mundo no es el opio de los pueblos; es su redención transitoria.

Volvimos a ser aquellos pelotudos de la historia, pero con una diferencia trágica: ya no le quebramos las piernas a la caballería que nos pasa por encima. Ahora nos plantamos frente a la realidad armados apenas con una pelota de fútbol, esperando que el próximo gol nos salve de la vida.

© – Ernesto Bisceglia

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