Tiempos violentos: Elena Holmberg, la mujer que sabía demasiado

REDACCIÓN – www.ernestobisceglia.com.ar

Por momentos, la historia argentina parece escrita por John le Carré después de una noche de whisky con Rodolfo Walsh. Diplomáticos, servicios de inteligencia, internas militares, guerrilla, dinero negro, cadáveres desaparecidos y una trama de conspiraciones que convierte a la realidad en algo más perturbador que cualquier ficción.

En ese territorio oscuro aparece la figura de Elena Holmberg, probablemente una de las muertes más incómodas y menos explicadas de los años de plomo. Una mujer perteneciente a la aristocracia argentina, diplomática de carrera, vinculada familiarmente al poder -prima de Alejandro Agustín Lanusse- y formada en el Instituto del Servicio Exterior de la Nación, donde fue una de las primeras mujeres en abrirse camino en un ámbito reservado casi exclusivamente a hombres.

Holmberg integraba la Embajada Argentina en Francia bajo las órdenes del embajador Tomás de Anchorena. Allí descubre algo que, en el contexto de la dictadura, equivalía a asomarse al corazón mismo de una guerra interna dentro del régimen militar.

Mientras la embajada formal respondía a Jorge Rafael Videla, existía en París otra estructura paralela: el llamado “Centro Piloto”, una suerte de embajada clandestina manejada por hombres de la Armada y ligada directamente a Emilio Eduardo Massera. Oficialmente era un aparato de prensa y propaganda destinado a mejorar la imagen internacional de la dictadura. En la práctica, funcionaba como una base de operaciones políticas personales de Massera, con recursos y presupuesto que incluso superaban a los de la representación diplomática oficial.

Fue allí donde Elena Holmberg comenzó a advertir que algo mucho más profundo se estaba moviendo detrás de la interna militar.

Según distintas reconstrucciones históricas, Holmberg habría visto en París reuniones entre Massera y Mario Firmenich, jefe de Montoneros exiliado en Europa. La escena resultaba explosiva: un miembro de la Junta Militar reuniéndose secretamente con el líder de la principal organización guerrillera que supuestamente combatía.

De aquellas versiones surge una de las hipótesis más inquietantes de los años setenta argentinos: que Massera habría impulsado contactos con Montoneros buscando construir una salida política propia, debilitando a Videla y proyectándose como figura de poder para una futura transición. Incluso trascendió la versión de un presunto financiamiento millonario destinado a la llamada “contraofensiva montonera”, una operación que terminaría en tragedia para numerosos militantes que regresaron clandestinamente al país.

Elena Holmberg habría comprendido demasiado. Y quizá cometió el peor error posible dentro de un sistema paranoico: demostrar que sabía.

Una anécdota resume el clima de época. Durante una reunión diplomática en Francia, Holmberg se habría cruzado con la esposa de Massera, elegantemente vestida y luciendo una ostentosa gargantilla de diamantes. Entonces lanzó una frase cargada de veneno político:

—Qué hermoso collar. ¿Te lo regaló Firmenich?

El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier documento.

Poco después, le ordenaron regresar a Buenos Aires.

A partir de allí, la historia ingresa definitivamente en territorio de thriller político. Holmberg comenzó a transmitir confidencias a personas de confianza. Hablaba de fondos reservados, de dinero proveniente de secuestros extorsivos y de negociaciones clandestinas entre sectores de la Marina y la conducción montonera.

En diciembre de 1978, cuando tenía prevista una reunión con Videla, fue secuestrada en las inmediaciones de su departamento.

Sus hermanos iniciaron desesperadamente la búsqueda. Recorrieron despachos oficiales, hablaron con jefes policiales y golpearon puertas del poder militar. Hasta que, según relatarían después, un alto jefe policial les dijo una frase brutal:

—No la busquen más. Esto es cosa de Massera.

Días después, el cuerpo de Elena Holmberg apareció flotando en el río Luján. Había sido salvajemente torturada. El cadáver presentaba signos de haber sido quemado con ácido para dificultar su identificación. Incluso, en un episodio digno de una pesadilla burocrática argentina, inicialmente se intentó entregar a la familia otro cuerpo. Holmberg había sido enterrada como NN.

Finalmente fue reconocida por un anillo.

El crimen nunca terminó de esclarecerse del todo. Pero su impacto político fue enorme. La muerte de Elena Holmberg dejó al descubierto las fisuras internas de la dictadura, las operaciones cruzadas entre inteligencia, dinero y violencia clandestina, y la lógica mafiosa que dominaba incluso dentro del propio poder militar.

La tragedia de Holmberg revela algo más perturbador todavía: en la Argentina de los años setenta no sólo se mataba por ideología. También se mataba para administrar secretos.

Y quizá esa haya sido su verdadera condena: Saber demasiado.

© – Ernesto Bisceglia

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