POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
El problema del país es tener un presidente mediocre, que parece temer a que el pueblo sea culto. Porque el hombre culto -ya lo enseñaba el abuelo-, no es el que solo sabe de libros, de música, de ciencia; el hombre verdaderamente culto es aquel que puede hablar con quien cría pollos, ajusta tuercas, labra la tierra. El que puede conversar con un maestro lo mismo que con un policía…, en fin. Ése es el hombre verdaderamente culto.
¿Cómo se puede predicar este calificativo de culto de un presidente que desprecia al jubilado, hunde en la pobreza al niño de familia humilde, es insensible ante la discapacidad y trata de combatir la cultura general eliminando a las instituciones de estudios históricos y podando recursos para la educación pública?
Puesto así, en este punto, hemos de admitir que el problema no es económico sino filosófico: ¿Qué cosas una comunidad considera derechos y no simples mercancías?
La educación pública nace históricamente de una idea republicana y liberal muy profunda: aquella que predicaba que el acceso al conocimiento no puede depender exclusivamente de la capacidad de pago, porque eso reproduce castas sociales.
Desde Domingo Faustino Sarmiento hasta la Reforma Universitaria de 1918 en Córdoba, la Argentina construyó la noción de que la educación es una herramienta de igualdad cívica y movilidad social.
Y ahí aparece el otro punto fuerte de la refutación: el Estado no es una empresa. Una empresa busca rentabilidad; el Estado busca, o debería buscar, cohesión social, ciudadanía y continuidad histórica.
Hay funciones esenciales que no pueden quedar libradas únicamente al mercado porque el mercado asigna según capacidad de consumo, no según necesidad social. De hecho, incluso economías profundamente capitalistas sostienen a la educación pública. Véase el caso de Alemania, Francia, Canadá e incluso, en algunas partes, Estados Unidos.
Los ingleses, a quienes tanto admira quien ahora funge como presidente, se dieron cuenta de la importancia de la educación y no habiéndola oficial recurrieron al famoso Sistema Lancasteriano, donde el alumno más avanzado continuaba enseñando a los demás y así se multiplicaba la base de maestros.
Una información de hace unos días da cuenta de que un país evolucionado como Suecia, acaba de invertir una importante cantidad de millones de dólares en la compra de libros para las escuelas, y esto por dos razones: por una parte, porque saben que invertir en educar a los niños mejora la calidad de los ciudadanos y luego del país. Y segundo, porque advirtieron que la educación digital no produce los mismos resultados intelectuales que la enseñanza tradicional.
Este de los libertarios es un gobierno de técnicos con trayectoria comprobada en la entrega de la Patria (Stutzeneger, Caputo, etc) ¿Dónde quedó la promesa de eliminar a la “casta”? Esta clase de individuos no comprende -como lo han hecho los países más desarrollados- que formar médicos, ingenieros, docentes o científicos no es sólo un beneficio individual, sino crear y fortalecer la infraestructura humana de la Nación.
Hay además una dimensión ética muy fuerte. Si el acceso al saber depende exclusivamente del dinero familiar, la igualdad ante la ley se vuelve ficticia. La Constitución Nacional pasa a convertirse en un folletín de máximas sin sentido y la República deja de ser una comunidad de ciudadanos para convertirse en una competencia de herencias.
En rigor, el verdadero debate no es si a la educación “alguien la paga”. Claro que la paga la comunidad. La cuestión es quién la financia, con qué criterio y para qué proyecto de sociedad. En suma, el problema es determinar cuál es el proyecto político y social para el país. Este gobierno libertario ha demostrado no tener ninguno.
Porque una sociedad puede decidir pagar colectivamente rutas, subsidios empresariales o rescates financieros y también puede decidir pagar escuelas y universidades. Eso no las vuelve “inexistentes”. Las vuelve prioridades políticas.
Y quizá allí esté el núcleo de toda la discusión: si concebimos al ciudadano como un consumidor aislado o como parte de una comunidad histórica que invierte en sí misma. –
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