POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Nos hemos equivocado con Javier Milei. Hay que reconocerlo. Insisto en mi pedido de que quiero que me indemnicen el voto porque esto no es lo que votamos. Quien afirme que este gobierno ha significado algo bueno para el pueblo argentino está viviendo en otro país. O en otra realidad.
Es incuestionable verdad que el kirchnerismo dejó un país asolado, en bancarrota, con la educación destruida y el tejido social vulnerado. Que destruyó todo concepto de orden público y generó fantasmas y engatusó a una mayoría deprimida socialmente. Pero tampoco se puede ser tan obtuso como para comprobar que en tres años el gobierno libertario no sólo echó ni una base para el mejoramiento del país sino que además emprendió un ajuste salvaje haciéndolo pagar por los más débiles.
Todas las promesas de campaña de Milei yacen germinadas en el terreno de la mentira. Ninguna “casta” pagó el ajuste, más bien, redujo a los sectores más vulnerables y a la clase media al estado de “casta” para que pague lo que el kirchnerismo se robó y lo que ellos mismos están saqueando del país.
Alguna vez dijo Milei: “No me va a temblar el pulso para ponerle un cañonazo en la cabeza al funcionario corrupto”. Hoy, el escándalo del jefe de gabinete escala a diario, salpica a cada vez más gente del gobierno, se abren serias dudas sobre la honorabilidad de los negocios públicos y el gabinete se abroquela para defender lo que no es claro. Porque a esta altura ya no interesa si Manuel Adorni pagó esto o aquello; el escándalo es que haya podido pagarlo sin poder justificarlo y que el gobierno defienda esa duda.
Pero entre tantas tropelías de estos libertarios, una que preocupa es el ensañamiento contra la educación pública, la cual para este bárbaro “No debe existir, no existe, porque alguien la tiene que pagar”.
Esto es una verdad elocuente, “nada es gratis”, y la educación pública se financia con impuestos. Pero al ser la educación un servicio financiado colectivamente, es pública porque es aquello que una sociedad decide sostener solidariamente porque considera que excede la lógica individual del mercado.
El error conceptual está en reducir toda relación social al intercambio comercial. Bajo esa lógica, tampoco existirían: la justicia pública, la defensa nacional, el alumbrado de las calles, los hospitales públicos, o incluso el Congreso Nacional, cuyos diputados ganan fortunas por un trabajo menos que mediocre y a esa fiesta también la paga alguien.
Y allí aparece lo verdaderamente peligroso de este tiempo. Porque el problema no es sólo económico; es cultural. Un pueblo sin educación crítica, sin memoria histórica y sin herramientas para pensar termina aceptando cualquier humillación como si fuese sacrificio patriótico.
Por eso Milei no sólo pretende ajustar salarios, jubilaciones o universidades. Aspira a algo más profundo: a vaciar la inteligencia colectiva, a transformar ciudadanos en consumidores resignados y la discusión pública en un griterío de establo.
Porque un pueblo instruido puede soportar el hambre y aun así rebelarse. Pero un pueblo embrutecido termina agradeciendo el látigo, creyendo que la libertad consiste en elegir qué amo lo pisotea.
Vergüenza ajena: Milei del líder al agitador – Ernesto Bisceglia – Editorial
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