POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

La esencia de un sistema republicano se fundamenta -entre otras categorías-, en la libertad de expresión de la cual el periodismo es su manifestación más concreta. La Constitución Nacional Argentina protege expresamente la libertad de expresión, la libertad de prensa y el ejercicio del periodismo mediante varios artículos. Los fundamentales son el 14, 32 y 43, complementados por los artículos 19, 28, 33 y 75 inciso 22.

Tenemos además las legislaciones internacionales incorporadas con rango constitucional como la Convención Americana sobre Derechos Humanos y la Declaración Universal de Derechos Humanos que protegen la libertad de expresión. Luego, la Libertad de Prensa no es un privilegio personal del periodista sino una garantía institucional del sistema democrático y, sobre todo, un derecho de la sociedad a recibir información.

La violencia de la Palabra y la paz social

En la pasada década de los setenta la violencia armada comenzó por mano de los sediciosos y subversivos de la izquierda, respondida por trasnochados de la ultraderecha, todo en el gobierno democrático de Juan Domingo Perón y su sucesora, su viuda. Pero fueron las palabras -el insulto- del presidente Perón, cuando llamó aquel 1 de Mayo de 1974 a los Montoneros “Imberbes, estúpidos”, lo que desató la batalla armada frontal cuando esos grupos pasaron a la clandestinidad. Dicho así, resulta un ejemplo muy simplista, pero esta no es una cátedra de historia.

Con anterioridad, luego de los bombardeos de Plaza de Mayo (junio de 1955), fracasado el intento de asesinar a Perón, el discurso del presidente llamó a la paz y a la unión. De haber querido, bastaba una palabra para terminar de incendiar todo. No ocurrió así el 28 de agosto de ese año, cuando un Perón alterado dijo “que cualquiera que atente contra las autoridades legalmente constituidas, puede ser muerto por cualquier argentino” y agregó: “Por cada uno de nosotros que caiga, caerán cinco de ellos”. Fue la famosa consigna “5×1”. Estos ejemplos nos abonan sobre la importancia de la palabra de un presidente.

Observamos con tristeza y con preocupación que el tono verbal del presidente, Javier Milei, se enducere cada vez más, y en su última diatriba cuando reiteradamente señaló con nombre y apellido a periodistas tachándolos como “Hijos de Puta” y prometiendo “La hoguera” para ellos, y por extensión para todo el que ose criticar a su “gobierno”, se ubica a las puertas de que en un momento de brote llame a sus hordas a incendiar medios y atacar físicamente a periodistas. Ya lo advirtió repetidamente “No odiamos lo suficiente a los periodistas”.

Como antecedente los dichos de Milei, constituyen una peligrosa advertencia que desnuda lo que la psicología llamaría “proyección” cuando llama dictadores a los “zurdos empobrecedores”, cuando quien está obrando como tal es él mismo al pasar por encima del respeto y el resguardo que la Constitución Nacional le otorga a la prensa y a la Libertad de Expresión.

¡Cuidado todos, pues! Porque la historia enseña que las libertades no suelen desaparecer de un día para otro. Primero se las desacredita, después se las amenaza y finalmente se las suprime, muchas veces ante la indiferencia de quienes creen que la persecución siempre será un problema ajeno.

Viene a cuento aquella célebre reflexión del pastor alemán Martin Niemöller, tantas veces atribuida equivocadamente a Bertolt Brecht:

«Primero vinieron por los socialistas, y guardé silencio porque yo no era socialista…».

Después vinieron por otros. Y cuando finalmente vinieron por él, ya no quedaba nadie que pudiera defenderlo.

Esa es la lección que no deberíamos olvidar: cuando se amenaza a un periodista por ejercer su oficio, no se está amenazando solamente a un hombre, sino al derecho de toda una sociedad a conocer aquello que el poder preferiría mantener oculto. –