POR: EVARISTO DEL CARRIL ANCHORENA UNZUÉ (Ex jefe de redacción desde la clandestinidad) – www.ernestobisceglia.com.ar
En verdad os digo que un sibarita de la vida como yo ha encontrado en un lugar de Cafayate, de cuyo nombre prefiero no acordarme y donde resolví dedicar mis últimos años a la contemplación, el buen vino y la crítica de las costumbres públicas, diría el Alonso Quijano, su lugar en el mundo. Aquí, los amaneceres son frescos, las noches invitan a caminar alrededor de la plaza y, para mi dicha contemplativa, cada vez hay más negocios cerrados, circunstancia que favorece el silencio, la reflexión y hasta la sospecha de que el universo todavía conserva cierto pudor. Todo gracias a una gestión municipal que ha logrado hacer de este hermoso sitio un punto aislado del Universo.
El único inconveniente es la pasión campanaria del obispo local -acaso suplente del apóstata que hoy «okupa» la silla episcopal salteña-, empeñado en recordarnos, desde antes de que el gallo haya terminado su primera opinión, que el bronce también puede ser un instrumento de tortura.
Confieso que he comenzado a sospechar que la Iglesia sabe algo sobre las campanas que jamás nos ha revelado. Porque una cosa es llamar a misa y otra muy distinta es pretender despertar el alma a campanazos. Tal vez no convoquen a los fieles. Tal vez intenten espantar demonios (o intendentas). O, más inquietante aún, tal vez midan la cantidad de pecadores dormidos por cuadra. De otro modo no se explica semejante entusiasmo acústico.
La casualidad -ese nombre con el que Dios suele firmar sus ironías- ha querido que la Catedral se levante pegada a la intendencia, donde la alcaldesa ha logrado el democrático mérito de ser denunciada penalmente -al parecer- por birlarse algunos millones serenateros. De modo que las campanas ya no me parecen un llamado litúrgico sino una sirena preventiva. Cada tañido parece anunciar: «Atención, aquí la tentación administra expedientes».
En fin… Debo deciros que en mi espíritu tañen campanadas de júbilo por el retorno de un miembro de la gente decente a la palestra de la militancia peronista. A propósito, he descorchado un Laborum Reserva para celebrar con discretos chupitos que el egregio don Julio Argentino San Millán haya sido propuesto como prenda de unión de esa pintoresca congregación de morochos conocida, por razones que la antropología aún no ha logrado explicar, como peronismo.
¡Es el triunfo de la civilización sobre la barbarie! ¡Voto a Domingo Faustino! Por fin aquella turba organizada de entrañable vocación plebeya tendrá la oportunidad de frecuentar las buenas maneras, las subordinadas bien construidas y, con un poco de fortuna, hasta el uso correcto de los cubiertos de pescado. Si hasta es posible pensar que aprenderán que la servilleta se coloca sobre la falda y no sobre la cabeza con cuatro nudos en las puntas.
Aunque, debo deciros, con absoluta honestidad, que habría preferido ver a tan eminente y preclara figura conduciendo un partido de personas distinguidas, como la vieja Unión Provincial, donde el apellido todavía cotiza más alto que el prontuario ideológico. Pero la historia enseña que, cuando la Patria necesitó ser civilizada, apareció un Julio Argentino Roca. Y cuando el peronismo salteño necesitó aprender a pronunciar la palabra «institucionalidad» sin atragantarse con ella, apareció un Julio Argentino San Millán.
La Providencia, como puede apreciarse, jamás incurre en la vulgaridad de repetir un milagro: simplemente cambia de bigotes.
Ahora meditad en las razones de mi jolgorio espiritual ante tan esperanzadora noticia. Se abre, acaso, una posibilidad de remisión democrática para esta Salta donde algunos diputados parecen haber confundido el sagrado Recinto de la civilidad con el diván de un terapeuta de pareja. Han confundido la «cosa pública» con la «cosa púbica».
Ya no discurren sobre el bien común, la hacienda pública o el destino de la provincia. No. Consumen las horas parlamentarias debatiendo sobre «trans», «swingers», «bisexuales», «amigovios», «casi algo», «derechos afectivos» y otros misterios de la alcoba contemporánea que habrían hecho enrojecer de pudor hasta a la mismísima Catalina II de Rusia.
Os digo más: de seguir por ese camino, la ilustre Rusa María ofrecería en esas bancas una sobriedad institucional que ya quisieran tener algunos de sus actuales ocupantes. Al menos ella jamás confundió el espectáculo con la política; apenas hizo de la política un espectáculo, que no es exactamente lo mismo.
Mientras descorcho una segunda botella, esta vez de El Amauta -también Reserva, pues el infortunio exige vinos de mayor estructura-, un escalofrío recorre mi glándula pineal al enterarme de que un hijo de… Cafayate, ha sido promovido a la Auditoría General de la Provincia.
Se me atraviesa el sushi en la garganta al comprobar que ese conspicuo lumpen de Miguel Nanni -artífice de la meticulosa desaparición de la Unión Cívica Radical salteña y consumado especialista en la noble disciplina de vivir del erario sin alterar demasiado el pulso-, será ahora el encargado de discernir sobre bienes, cuentas y personas.
Ante semejante agravio administrativo levanto la vista al firmamento y procuro averiguar a qué distancia exacta se encuentra el asteroide Apofis. Después de una serena reflexión, arribo a una conclusión tranquilizadora: un impacto de varios millones de toneladas contra la Tierra ocasionaría, sin duda, daños materiales considerables; pero, al menos, tendría la delicadeza de no dictaminar expedientes.
Qué deciros… la civilización siempre pende de un hilo. Unas veces la amenazan los bárbaros; otras, los funcionarios peronistas; y no pocas, los propios civilizados.
Por mi parte, seguiré refugiándome en Cafayate, en mi retiro espiritual entre viñedos, campanas y botellas Reserva. Después de todo, el mundo no se acaba por falta de virtud, sino por exceso de funcionarios.
Si el Altísimo considera oportuno retrasar el Apocalipsis, ruego al menos que tenga la misericordia de suspender algunos nombramientos.
Fiat iustitia, ruat caelum. («Hágase justicia, aunque se desplome el cielo.»)
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