Un Cacho de Cultura: El Antigal en los Valles Calchaquíes, el umbral hacia nuestra memoria sagrada

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Dice el poeta que “El hombre es del lugar donde se queda su corazón”; y el mío quedó atrapado en los Valles Calchaquíes. Recorrer los caminos, los pueblos que se van hilando en el trayecto, visitar sus cementerios donde aguardan los ancestros abrazados a la tierra, es una experiencia de alta vibración espiritual.

De pronto, cuando uno recorre la Cuesta del Obispo, basta detenerse y apearse por ahí, para ser inmediatamente envuelto en el susurro del silencio, hipnotizado por las formas y los colores…, y en ese momento advertimos que en el Valle Calchaquí, Dios conversa con el hombre.

Desde la cima de la Cuesta, en la Piedra del Molino a más de 3.300 metros, la perspectiva cambia.  Cuando las nubes quedan por debajo de uno, como un mar blanco que oculta la realidad de abajo. Desde ahí, la mirada hacia el Valle Calchaquí es una mirada hacia lo eterno, hacia lo que permanece inalterable mientras los hombres «abajo» se pierden en discusiones electorales y ajustes que no llegan a ningún puerto.

Ese silencio que nos envuelve impone un respeto casi religioso cuando se pisa la tierra sagrada del “Antigal”, que, para el habitante de los cerros, no es una ruina arqueológica ni un museo. Es el «lugar de los antiguos», el sitio donde habitaron y están enterrados los ancestros. Es un espacio cargado de maná, de esa energía sagrada y, a veces, peligrosa, donde se dice que «muerde», porque uno se puede «antigalear» si no entra con respeto.

Al bajar hacia Cachi o Payogasta, uno siente que entra en el territorio donde el Antigal es soberano. Allí, las pircas y los restos de civilizaciones antiguas no son piezas de museo, son parte del paisaje cotidiano, como si el tiempo se hubiera detenido para preguntarnos: ¿Realmente hemos avanzado?

“El Antigal”

Escrita por Ariel Petrocelli, con música de Daniel Toro y Lito Mónico, la letra es un poema de una solemnidad casi religiosa. Una conversación con la tierra.

Cuando dice: «En tu vieja voz de piedra y luz…», define al ancestro no como algo muerto, sino como una presencia mineral y luminosa que sigue hablando a través del paisaje. Y luego: «La eternidad de la arena», representa la idea del tiempo circular andino, opuesto al tiempo lineal de Occidente. El pasado no quedó atrás; está debajo de nuestros pies.

El hombre del cemento, el turista, tiene que saber que cuando visita el Valle Calchaquí, en medio de esa formidable naturaleza, habita un espíritu que vibra, que siente y nos observa. Porque, detenerse en la Cuesta del Obispo es entender que, mientras en las ciudades nos devora la urgencia de lo efímero, allá arriba el tiempo tiene otra densidad.

Es el preludio al Antigal, ese lugar sagrado de los que ya no están pero que nos siguen dictando quiénes somos…

© – Ernesto Bisceglia

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