POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Hay historias que merecen ser contadas no solamente porque hablan de éxito, sino porque explican de dónde viene ese éxito.
Conozco a Pablo Copa desde hace más de cuatro décadas. Y por eso, cuando leo que su hijo, el cardiólogo Juan Manuel Copa Gallardo, acaba de regresar de Madrid después de seis meses de investigación científica en imágenes cardiovasculares, trabajando además con nuevas tecnologías e inteligencia artificial aplicada al diagnóstico del corazón, la noticia me produce una alegría que va mucho más allá de la satisfacción que provoca el logro profesional de un joven médico.
Porque conozco la historia.
Pablo Copa es uno de esos hombres que hicieron mucho por Salta sin necesidad de grandes discursos. Peluquero de profesión, maestro de peluqueros por vocación, fue fundador de la Escuela de Artes y Oficios y presidente del Centro de Peluqueros de Salta. Desde allí hizo algo que pocas veces se cuenta cuando se habla de progreso social: trabajó para que los trabajadores pudieran acceder a una vivienda digna.
Gracias a su labor, más de doscientas familias vinculadas al gremio de peluqueros pudieron acceder a su propia casa. No es poca cosa.
Como tampoco lo es que sus dos hijos sean médicos y además consagrados músicos. Hay que escuchar a estos dos doctores descociéndola con el órgano y la guitarra eléctrica.
Mientras algunos descubren la palabra “inclusión” en los discursos políticos de moda, hubo hombres como Pablo Copa que la practicaron durante años, sin convertirla en consigna. Y hay algo más: Pablo sigue trabajando.
A una edad en la que muchos ya se sienten autorizados a retirarse de la vida, continúa ejerciendo su oficio, estudiando canto y participando de actividades que demuestran que la juventud no siempre tiene que ver con el calendario.
Quizá por eso la historia de Juan Manuel tenga una belleza especial. Porque hay padres que dejan dinero. Otros dejan propiedades. Otros dejan apellidos. Y hay quienes dejan algo bastante más difícil de heredar: el ejemplo.
Del barrio al corazón del mundo científico
Juan Manuel Copa Gallardo es cardiólogo y especialista en imágenes cardiovasculares del Hospital Privado Salta. Tiene 36 años y acaba de completar una experiencia que, en términos profesionales, constituye un verdadero salto cualitativo.
Durante seis meses, entre enero y fines de junio, realizó en Madrid un fellowship de investigación en imagenología cardiovascular. Fue el único profesional de su área en participar de esta experiencia.
Allí tuvo contacto directo con especialistas, centros de investigación y tecnologías de avanzada aplicadas al diagnóstico cardiovascular. Pero, sobre todo, pudo comprobar algo que resulta fundamental para entender el verdadero significado de la revolución tecnológica que estamos viviendo: Que la tecnología, por sí sola, no sirve de demasiado. Se puede comprar un equipo, adquirir un programa, incorporar inteligencia artificial. Pero alguien tiene que saber interpretar aquello que la máquina produce. Y ese alguien sigue siendo el ser humano.
Durante su estadía en España, Copa Gallardo profundizó precisamente en ese territorio donde la medicina comienza a encontrarse con la inteligencia artificial.
Una de las herramientas que estudió permite reducir considerablemente los tiempos de procesamiento y análisis de las imágenes cardiovasculares. Un estudio que puede demandar entre una hora y una hora y media puede llegar a resolverse en alrededor de veinte minutos con el apoyo de estas tecnologías.
Pero el verdadero beneficio no está solamente en ganar tiempo; está en recuperarlo para el médico y para el paciente. El tiempo que antes se invertía en procesar información puede dedicarse ahora a pensar. A discutir un diagnóstico, a estudiar un caso, a investigar. A mirar al paciente y no solamente la pantalla.
La inteligencia artificial, bien utilizada, no viene a reemplazar al médico sino que puede permitirle ser más médico.
La diferencia entre irse y volver
Durante su permanencia en Madrid, Juan Manuel desarrolló además un trabajo científico que fue aceptado para ser presentado en el Congreso Español de Cardiología, que se realizará en octubre en Sevilla.
Estableció vínculos con profesionales e instituciones y conoció una estructura científica que trabaja en la frontera misma de la medicina cardiovascular.
Y entonces aparece la pregunta que inevitablemente surge cuando un profesional joven tiene semejante oportunidad: ¿Por qué volver?
La respuesta de Juan Manuel es sencilla: “Me quedo”.
Dos palabras. Pero detrás de ellas hay toda una concepción de la vida. Porque llegar lejos puede significar muchas cosas: abandonar el lugar donde uno nació, buscar mejores oportunidades en otra parte. Puede significar que el éxito consiste en alejarse.
Pero también puede significar exactamente lo contrario: llegar lejos para poder volver con algo que antes no estaba.
Juan Manuel eligió esto último. Y volvió a Salta.
Y ahora enfrenta el desafío mucho más complejo que el de viajar a Madrid: hacer que aquello que aprendió allí sirva aquí. Traer el futuro a Salta
La tecnología médica necesita infraestructura, pero también necesita profesionales capacitados, técnicos, enfermeros y equipos capaces de trabajar coordinadamente.
La inteligencia artificial puede ofrecer una enorme cantidad de información. Pero si nadie sabe interpretarla, integrarla al diagnóstico y convertirla en una decisión médica, solamente tendremos una máquina muy cara produciendo datos.
Por eso Juan Manuel quiere compartir lo aprendido: Capacitar, transferir conocimiento, generar investigación. Mantener los vínculos científicos establecidos en España. Y, sobre todo, adaptar ese conocimiento a la realidad sanitaria de Salta.
Ahí aparece una palabra que a veces olvidamos: transferencia. El conocimiento que no se comparte se convierte en privilegio, y el conocimiento que se comparte se convierte en desarrollo.
Y quizá allí esté el verdadero mérito de esta historia. Una familia que entendió el valor de estudiar
Por eso esta no es solamente la historia de un médico que fue a Madrid. Es la historia de una familia.
De un padre que comenzó desde muy abajo, construyó con trabajo una trayectoria respetada, ayudó a que cientos de trabajadores pudieran tener una casa y enseñó un oficio a generaciones de peluqueros.
Y de un hijo que tomó otro camino, estudió medicina, se especializó, investigó y llegó hasta uno de los centros científicos más importantes de Europa.
Dos generaciones. Dos oficios diferentes y una misma filosofía: Trabajo, educación y perseverancia.
Y quizá haya allí una enseñanza que nuestra sociedad necesita recuperar urgentemente.
Porque durante demasiado tiempo hemos confundido el éxito con la fortuna, el apellido, el acomodo o la cercanía al poder.
La historia de los Copa Gallardo cuenta otra cosa. Cuenta que se puede venir de muy abajo.
Que se puede progresar. Que se puede estudiar. Que se puede llegar a Madrid y trabajar con inteligencia artificial aplicada al corazón.
Y que, después de todo eso, todavía se puede decir: “Me quedo”.
Hay una antigua idea que sostiene que cada generación debe recibir un mundo y entregarlo un poco mejor a la siguiente. Pablo Copa hizo su parte.
Lo hizo desde una peluquería, desde una organización gremial, desde una escuela de oficios, desde el trabajo cotidiano y desde el compromiso con sus compañeros.
Juan Manuel está haciendo la suya desde la medicina, la investigación y las nuevas tecnologías.
En tiempos en que tantos jóvenes sienten que para triunfar hay que irse, historias como esta adquieren un valor especial. Porque quizá el verdadero éxito no consista en escapar del lugar de donde uno viene, sino que quizás consista en llegar tan lejos como sea posible y, cuando uno finalmente llega, tener todavía razones para volver.
