POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
El buen Dios, en sus dones regalados, también añade una propia condena. O tal vez, un “regalía” a pagar por poder hacer algo distinto que el resto de los mortales. Así, todos, tienen un don, incluso aquellos que tenemos por menores en el ejercicio del vivir.
Ahora bien, nadie puede ni debe presumir del carisma heredado. Ya lo decía San Pablo en sus Cartas: Los carismas son dones espirituales concedidos por Dios para el bien común. Esta expresión de “Bien Común” nos remite al concepto de comunidad; es decir, los carismas o “dones” no pueden ser para la propia alabanza ni el egocentrismo, sino un servicio a los demás.
De allí la cantidad, la variedad de carismas, porque cada uno cumple una misión en la sociedad.
No son méritos personales. No son “superpoderes” individuales. Son funciones espirituales dentro del cuerpo comunitario. En la Primera Carta a los Corintios (1Cor. 12), San Pablo enumera algunos: profecía, enseñanza, sabiduría, curación, discernimiento, hablar lenguas, interpretación, servicio, exhortación. Varios de estos carismas están unidos por un mismo Elemento: La Palabra.
El don de manejar la Palabra es muy sensible siempre que según se la utilice podrá unir o desunir a la comunidad como cuerpo. En esto podríamos hacer un aparte para analizar -por ejemplo- el discurso del político y notar la importancia en el funcionario público del uso de la Palabra.
Cuando el que gobierna mal usa o abusa de la Palabra está dañando al cuerpo social. El sociólogo Max Weber trabajó mucho este concepto y afirmó que el carisma es volcánico, imprevisible, emocional, inspirador. Pero toda comunidad necesita orden, jerarquía, normas. Entonces el carisma termina institucionalizándose.
Y he allí donde la Palabra juega su rol central como elemento de cohesión social. Ninguna sociedad puede aventurar un futuro benevolente cuando el que dirige utiliza la Palabra para insultar, degradar, dividir y lo peor de todo, sembrar el odio hacia algún sector de la comunidad, porque se rompe ese principio natural de lo gregario. Una comunidad partida por la Palabra se separa en divisiones a veces irreconciliables. Entonces, es imposible contruir juntos.
San Pablo y la desconfianza hacia el desborde
Algo fascinante es que el propio San Pablo ya veía el peligro. Las primeras comunidades eran explosivas: gente entrando en trance, hablando lenguas, proclamando revelaciones. Pablo intenta ordenar ese caos místico enseñando que el carisma debe servir a la comunidad y nunca alimentar el ego, porque el mayor don no es el milagro sino el amor.
De allí entonces la responsabilidad del dirigente, del gobernante en saber utilizar el don de la Palabra, porque la Palabra tiene poder, pero no es el poder. Y entonces, cuando se tiene poder y se abusa de la Palabra, el gobernante que divide con el léxico se desligitima; el propio Pablo lo dice: “Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, nada soy.”
O sea: puedes tener el cargo político que sea, pero el carisma sin ética y el uso de la Palabra malversado conducen a la deslegitimidad.
Cuando el dirigente o gobernante atropella con la Palabra el Pueblo sufre y el sufrimiento, más tarde o más temprano, temina conduciendo al caos.
Es en ese preciso escenario de sordera y violencia verbal donde se produce el verdadero «exilio del intelectual».
Cuando la tribuna prefiere el grito sagaz del bruto antes que la palabra templada del sabio y al pensador no le queda más remedio que replegarse al silencio de sus cuarteles, contemplando con dolor cómo una comunidad se desintegra por haber olvidado que la Palabra se inventó para construir, y no para demoler. –
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