POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
La memoria popular nos remite a los años de 1930, cuando los corsos del carnaval se realizaban alrededor de la Plaza 9 de Julio, uno de los capítulos más fascinantes de la memoria urbana de Salta.
Si bien los registros históricos ubican el nacimiento del «Corso de la Ciudad» formal hacia finales del siglo XIX, puntualmente alrededor de 1891, en esas primeras décadas del siglo XX, el desfile se montaba bordeando la plaza principal. No existían las grandes estructuras de los corsódromos modernos; las familias de la élite local y los comercios del centro alquilaban o armaban palcos oficiales de madera sobre las veredas, adornados con guirnaldas, telas y luces. Los comercios que daban a las calles España, Mitre, Alvarado y Caseros convertían sus entradas en miradores privilegiados.
Imaginemos aquellas carrozas tiradas por caballos con un despliegue de ingenio artesanal y los juegos carvavelescos de la “élite” que lanzaba desde los palcos serpentinas de colores, papel picado y la recordada agua perfumada que venía en pomos a veces importados de Francia.
Claro estaba que el “populacho” también tenía derecho a honrar a Momo y el “elemento cacerola” -como se denominaba a los pobres y gente de la servidumbre se batía con el “blanqueo” que era tirar harina ¡y a veces cal! Pero estas “salvajadas” se cometían en las calles laterales porque el corso intentaba mantener cierta etiqueta europea.
En ese circuito nacieron las primeras comparsas tradicionales salteñas, con sus cajeros, tumbadoras y los primeros esbozos de trajes de plumas y reminiscencias indígenas. El festejo tenía como acto central la actuación de la Banda de la Policía que amenizaba con música desde la Glorieta.
Aquello fue lo que se llamó el “carnaval de antaño”, donde las familias salteñas se mudaban por unas noches al centro vestidos con sus mejores ropas, dispuestos a ser tapados por la serpentina y el perfume.
La tensión entre lo religioso y lo profano
Recordemos que en el año 1934, Salta fue ascendida a sede arzobispal y su primer arzobispo fue monseñor Roberto José Tavella, un coloso intelectual, de una vasta cultura, a cuya visión se deben el Bachillerato Humanista Moderno y la Universidad Católica de Salta. Le siguió en talla su sucesor, monseñor Carlos Mariano Pérez Eslava, tras el cual el arzobispado fue decayendo hasta las profundidades en que se encuentra hoy.
Tavella, además de sus pergaminos intelectuales tenía una visión sumamente rigurosa sobre la moral pública. Y en este punto es donde se hamacan la historia y el mito.
El mito popular que llegó hasta nosotros relata que Tavella libró una batalla cultural muy fuerte contra los desmanes del carnaval en el centro de la ciudad. Para la curia, que los corsos se realizaran rodeando la Plaza 9 de Julio, frente a las puertas de la Catedral Basílica, era visto casi como una provocación pagana.
El ruido de las tumbadoras, el descontrol del agua, el alcohol y las máscaras (que la Iglesia siempre miró con desconfianza porque facilitaban el anonimato y la «impiedad») chocaban de frente con la solemnidad del templo mayor. Tavella presionó fuertemente a los gobiernos conservadores y peronistas de las sucesivas décadas para erradicar el corso del cuadrante histórico y trasladarlo, argumentando razones de «moral, decoro y orden público».
El reto a duelo: ¿Mito o realidad?
Así las cosas, los mayores contaban que cierta vez, Tavella, la emprendió en un sermón contra un conocido político -de apellido muy renombrado-, por favorecer y defender la realización de los corsos. El hombre -dicen- se sintió agraviado por las expresiones del arzobispo, y en una noche se presentó ante la Curia pidiendo por ver al prelado.
Se dice que esa noche, monseñor Tavella, se hallaba cenando junto a otros sacerdotes cuando le informaron que lo reclamaban en la vereda. Al salir, el arzobispo se encontró con el dicho hombre de la política que se hallaba acompañado de dos personas más.
Al punto, le informó a Tavella, que los dichos sujetos eran sus padrinos y que venía a que eligiera armas para batirse a duelo para lavar su honor mancillado -supuestamente- por los dichos del religioso.
Obviamente, este cruce y reto a duelo con un político prominente forma parte del folklore de la época. En la Salta de los años 30, 40 y 50, los desafíos a duelo por cuestiones de honor político o personal todavía estaban plenamente vigentes (se pactaban padrinos, se elegían armas y se labraban actas, aunque muchas veces se frenaban antes de llegar a la sangre).
Si bien un arzobispo, por obvias razones de derecho canónico, jamás se batiría a duelo ni aceptaría un reto con armas, la memoria popular construyó ese entredicho que todavía circula en los salones como una nota de color de aquellos ya lejanos tiempos.
El corso en la plaza principal era un enorme negocio para los comerciantes del centro y una de las pocas válvulas de escape populares que los políticos defendían para no perder simpatía electoral. Cuando la curia emitía sus famosas cartas pastorales condenando el corso, las respuestas desde los diarios o las bancas legislativas eran feroces, acusando a la Iglesia de «intromisión en los asuntos civiles» o de querer «quitarle la alegría al pueblo».
Se cuenta, por fin, que Tavella, apoyado en la puerta de su casa pastoral, miró a los visitantes y les habría respondido: – “Ahora no puedo atenderlo porque estoy cenando”. Acto seguido, cerró la puerta y continuó con sus menesteres.
Al final, ganó la curia y el inevitable crecimiento urbano: el corso dejó la plaza para siempre, pero dejó estas crónicas memorables de una Salta que dirimía sus fiestas y sus dogmas a pocas cuadras de distancia. –
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