El día que terminó la guerra y comenzó otra

POR: Lic. lIZI MEJÍAS.

El 14 de junio de 1982 quedó grabado en la memoria colectiva de los argentinos como el día de la rendición en Malvinas.

Pero para quienes estuvieron en las Islas, aquel frío atardecer austral fue la jornada de mayor fragor en los combates, porque la capitulación firmada por el gobernador Menéndez era un acto guerra administrativo que estuvo lejos de alcanzar el corazón de los soldados argentinos.

Ese día, si ya lo habían dado todo hasta allí, en esas horas pusieron el alma; y todo fue una mezcla de fría llovizna, de muerte y de sangre. Los testimonios de quienes vivieron aquellas horas son inequívocos, nadie se rindió, nadie entregó su posición. Esos actos de valor y patriotismo causaron la admiración del enemigo inglés que los destacó siempre y de todas formas. Y cuando un enemigo de ese calibre elogia al adversario es porque en el caminos hallaron verdaderos combatientes argentinos.

Fueron en realidad, dos guerras. Aquella en las Islas, donde las balas cobraban víctimas y la que armaron en el continente los grandes medios con una propaganda triunfalista, alimentando la esperanza colectiva de que la Argentina podía derrotar al Reino Unido en el Atlántico Sur.

La realidad fue más dura. La noticia de la capitulación cayó sobre el país con el peso de una decepción inmensa. El orgullo herido se mezcló con la tristeza. Los argentinos descubrieron de golpe la distancia que suele existir entre los relatos de la guerra y la guerra misma.

Pero con el paso de los años comprendimos algo más. Aquel 14 de junio no fue solamente el final de una contienda militar. Fue el comienzo de otra.

Porque mientras la sociedad intentaba volver a la normalidad, miles de jóvenes regresaban de las islas cargando un peso que no terminaría con la firma de ningún documento. Volvían con recuerdos imposibles de explicar, con heridas visibles e invisibles, con compañeros que habían quedado para siempre en aquellas tierras frías barridas por el viento.

Y al regresar encontraron demasiadas veces el silencio. El Estado que los había enviado a combatir no siempre estuvo a la altura de la deuda que había contraído con ellos. Durante años, muchos Veteranos de Guerra debieron luchar para obtener reconocimiento, asistencia médica, contención psicológica y derechos básicos que debieron haber sido automáticos desde el primer día.

La sociedad también necesitó tiempo para comprender. Demasiado tiempo.

Mientras los calendarios avanzaban, la desesperación comenzó a cobrarse víctimas. Algunos no pudieron soportar la carga del recuerdo. Otros quedaron atrapados en la indiferencia o en el olvido. Las secuelas de la guerra siguieron escribiéndose mucho después de que los cañones dejaran de disparar.

Por eso, para quienes conocen de cerca esa historia, el 14 de junio no puede reducirse a una derrota militar. Es una fecha más compleja. Es el día en que terminó una batalla en las islas y comenzó una batalla en el continente.

La batalla por la memoria. La batalla por el reconocimiento y por la dignidad. La batalla para que cada hombre que combatió bajo la bandera argentina fuera reconocido como lo que verdaderamente es: un Veterano de Guerra.

No un ex combatiente. Porque ex es aquello que se deja atrás. Se puede ser ex alumno, ex funcionario o ex deportista. Pero nadie deja de ser veterano de una guerra que lo acompañará hasta el último día de su vida.

Por eso cada 14 de junio no recordamos únicamente una rendición. Recordamos el inicio de una lucha silenciosa que aún continúa.

Y mientras exista un Veterano reclamando memoria, respeto o justicia; mientras una familia conserve la fotografía de un hijo que no volvió; mientras una madre siga encendiendo una vela por aquel muchacho que partió rumbo al sur en 1982, la guerra no habrá terminado del todo.

Habrá cambiado de escenario. Porque las batallas por la soberanía pueden concluir en un campo de combate.

Pero las batallas por la memoria jamás terminan. Y son esas, precisamente, las que una Nación está obligada a ganar.