POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
En el año de 1816, el Director Pueyrredón le envía una carta al General José de San Martín que estaba preparando el Ejército de los Andes en Mendoza, respondiendo a los requerimientos de logística que el Prócer le demanda. Entonces le dice: Van los 200 sables de repuesto que me pidió. Van 200 tiendas de campaña, y no hay más. Va el mundo. Va el demonio. Va la carne.” y agregaba: “Y no me pida más, carajo. Porque lo que Usted quiere hacer imposible” A lo que el Libertador le respondía: “Si tiene razón, lo que quiero hacer es imposible. Pero es imprescindible”.
Enero de 1816, Campamento de El Plumerillo. Es una jornada soleada pero el frío de la cordillera nevada en sus cumbres baja transportado por brisas que se cuelan entre los abrigos. El movimiento es febril, oficiales que imparten instrucción de combate a soldados bisoños, cabalgaduras que van llegando, ruidos metálicos y el vocinglerío propio de un cuartel.
Un oficial me acompaña hasta la tienda donde el General José de San Martín revisa los planos a mano alzada de los desfiladeros montañosos que le ha dejado Álvarez Condarco. El oficial se cuadra a la puerta de la tienda y me anuncia. El General levanta la vista. Su mirada es severa, el rostro revela la energía del personaje.
-¡Pase! La voz seca, cortante, acompañada de un ademán que me invita a sentarme en un barril que hace las veces de silla. El hombre echa agua caliente en un mate que en realidad contiene café y me lo extiende acompañando con una pregunta:
-¿Gusta un “amargo”? Mientras sonríe con picardía. Porque era muy afecto al café que tomaba en un porongo de mate para no desairar a sus soldados.
Acepto, el agua tiene la temperatura justa. Al punto, el General me espeta: – Me dicen que quiere conversar conmigo para redactar una crónica
no sé para dónde.
Explico la situación y el General dice: – ¡Adelante!
—General, ¿puedo hacerle una pregunta? Digo con tono exageradamente respetuoso.
—Ya la está haciendo. Responde afilando la situación
—Necesitamos hablar de la Argentina.
—¿La de ahora?
—Sí. Respondo, casi tímido
—Entonces será una conversación larga.
—¿Tan mal estamos, General? ¿Tan mal nos ve?
—No sé. Veo que todavía discuten si el país puede ser una nación. A eso ya lo planteamos en 1816, y a decir verdad, no terminamos entonces de resolverlo. Pero dos siglos más tarde ustedes dicen que tienen una nación pero todavía no son independientes.
—Bueno… tenemos algunos problemas.
—Los problemas no son una novedad. Nosotros también los teníamos. Y quizás eran más graves. Porque nosotros nos jugábamos la vida en cada decisión. Ahora, ustedes tienen un armado republicano donde nadie se juega por nada. Ninguno de sus funcionarios daría ni un penique suyo por la Patria. Al contrario ¡Se los roban a la Patria!
—Pero hoy hay inflación, pobreza, una educación en crisis, políticos enfrentados, corrupción, falta de confianza…
—¿Y Ejército? Pregunta frunciendo el ceño y levantando una ceja, mientras me mira de soslayo al tiempo que ceba otro mate.
—Bueno…Tenemos Fuerzas Armadas.
—No le pregunté si tienen uniformes. Le pregunté si tienen una misión nacional. Si tienen conciencia de lo que significa defender el territorio. Si el pueblo está comprometido con una causa nacional.
—General, hoy las guerras son distintas.
—Las guerras siempre son distintas. Lo que no cambia es la necesidad de saber qué se quiere defender.
—Usted tuvo que hacer algo bastante más complicado: cruzar los Andes.
—Sí.
—Y le dijeron que era imposible.
—Varias veces.
—¿Y qué hizo?
—Organizar el Ejército, librar lo que el General Güemes llamó “Guerra de Recursos” que es la imaginación venciendo a la logística. ¡Ahora vienen con el cuento del “equilibrio fiscal” y han desarmado a eso que Usted llama “Fuerzas Armadas”. Fuerzas podrán ser…, pero armadas…
—Pero era imposible.
—Lo era.
—Entonces, ¿por qué siguió adelante?
San Martín me mira como si la pregunta fuera un poco tonta.
—Porque era imprescindible.
—Ahí quería llegar.
—Pues llegue.
—¿Usted realmente dijo aquello de “es imposible, pero imprescindible”?
—No sé si las palabras exactas fueron ésas. Los hombres que hacemos cosas importantes no siempre tenemos tiempo para dejar frases para los historiadores.
—Pero la idea era ésa.
—La idea era que la dificultad no podía convertirse en excusa. Hoy, ustedes no tienen líderes sino oportunistas incapaces de gestionar lo imposible; peor aún, de pensar siquiera lo posible. Todo es lo inmediato, pero ninguno piensa más allá de su tiempo. Esta es la diferencia con nosotros, pensamos una nación y un continente más allá de nuestra existencia.
—Eso nos vendría bastante bien hoy.
—¿Por qué?
—Porque en la Argentina tenemos la costumbre de explicar por qué las cosas no se pueden hacer. Y todo se comporta según el tiempo político. No hay miras más allá de los periodos de gobierno.
—¿Y quién las explica?
—Los políticos. Los economistas. Los sindicalistas. Los empresarios. Los periodistas. Todos.
—Por eso tienen ustedes un país muy bien explicado, pero nada realizado. Les dejamos las simientes de una nación destinada a liderar el continente y ahora son los súbditos de un imperio decadente. Nos jugamos la vida por la libertad y han elegido el vasallaje.
—¿Qué haría hoy? Si despertara en la Argentina actual y tuviera que comenzar de nuevo.
—Primero preguntaría cuál es el objetivo. Verá, la política se compone de objetivos y plazos. Los plazos, usted ya los explicó: no más allá de cuatro años y los objetivos no tienen ninguno. Por eso siempre tienen un país a medio hacer. En nuestra época planificábamos y ejecutábamos… hasta lo imposible.
— Hoy nuestro problema es que no existe acuerdo sobre los objetivos
—Entonces no tienen un problema económico. Tienen un problema político. Y si es político es consecuencia de la falta de políticos. Y no tienen políticos porque no tienen educación. Mire, en España nos hicieron estudiar a los clásicos. El político -por definición- es el “hombre que se interesa por las cosas de la Polis”, es decir de la ciudad. La ciudad, el país, no le interesa a ninguno de sus “políticos”. Sólo están allí porque lucran con el cargo y se enriquecen. Mire a Belgrano y Güemes, ricos y nobles de nacimiento murieron en la pobreza por darlo todo para dejar una Patria.
— Patria es una palabra que se usa bastante.
— Pero no la sienten, no la viven. La ultrajan, la roban y ahora hasta la venden. Yo abandoné mi tierra porque no coincidí en las ideas políticas con Simón Bolívar, y de haberme mantenido en mis ideas hubiéramos terminado en una guerra entre hermanos. Y mi sable no iba a derramar jamás sangre de americanos por apetencias personales.
—¿Usted cree que la Argentina tiene futuro?
—Toda nación tiene futuro mientras conserve hombres capaces de trabajar por el. Pero si usted tiene mandantes que sólo miran a sus objetivos personales o de sus grupos, jamás tendrán una nación; no serán más que una factoría de la que se aprovechen los poderosos de la Tierra. ¡Hace falta sangre patriota y honestidad de procedimientos para formar un país!
De pronto se levanta, se ajusta el sombrero dando por terminado mi tiempo. Me mira y con la voz firme y clara expresa:
—¿Sabe qué es lo más caro que existe? … hace una pausa y mirando hacia afuera, sentencia ¡La Libertad!
— Enseñar eso lleva mucho tiempo, General.
—¡Ja! Se ríe, y señala – Si sabré…, si lo sabrá usted. Llevan más de doscientos años y aún no comprenden lo que significa la Patria ni la Libertad.
— ¿Me está diciendo entonces que consolidar un país como estamos nosotros es imposible?
— En las condiciones en que está ese país y con los que mandan ahora, si, es imposible. Pero ¿sabe una cosa?
— Dígame, General
— Hacer el intento, dar la lucha, comprometerse, involucrarse y hacer sentir su voz, es imprescindible.
Se coloca el sombrero, acomoda el sable y me mira por última vez. Antes de marcharse agrega:
—Ustedes tienen una ventaja.
—¿Cuál?
—Ya saben lo que ocurre cuando una nación decide que algo es imposible.
—¿Qué ocurre?
—Que termina siendo imposible.
Y se va.
Me quedo solo, pensando que quizá el problema de la Argentina no sea que haya demasiadas cosas imposibles.
Quizá el problema sea que hemos dejado de distinguir entre lo imposible y aquello que simplemente exige coraje.
San Martín cruzó los Andes, una empresa que parecía imposibe porque era imprescindible.
Nosotros, cinco generaciones después, seguimos preguntándonos si se puede.
Tal vez haya llegado la hora de dejar de preguntarnos y hacerlo. –
