POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
El pasado 29 de julio, algunos recordamos que, en el año 1966, ocurrió en la Argentina el hecho más luctuoso para la educación y la inteligencia de este país cuando se produjo aquel episodio que pasó a la historia como “La noche de los bastones largos”, cuando bajo el gobierno del dictador Juan Carlos Onganía, se apaleó a profesores y alumnos que protestaban en la Universidad Nacional de Buenos Aires contra la decisión de intervenir a las universidades nacionales y eliminar su autonomía.
Aquello produjo una enorme fuga de cerebros. Científicos, investigadores y docentes de primer nivel emigraron al exterior, interrumpiéndose un proceso de desarrollo científico que la Argentina venía construyendo desde hacía años. Coincido con muchos historiadores que consideran ese episodio como el símbolo del fin de una etapa en la que la universidad argentina aspiraba a estar entre las más avanzadas del mundo en investigación científica.
«Dad una espada a un ignorante y hará una guerra; dadle una pluma y os convertirá en brutos.»
Pareciera existir un correlato necesario e inescindible entre gobiernos autoritarios y su fobia contra el saber popular.
El gobierno libertario de Javier Milei, ha demostrado desde el inicio una repulsión hacia todo lo que signifique evolución cultural del pueblo. Desde cerrar las instituciones históricas que resguardaban la memoria histórica (Institutos como el Sanmartinianto, Belgraniano, etc.), pasando por recortar el presupuesto universitario y del CONICET, hasta cerrar ahora el Coro Nacional de Niños, cuya erogación mensual representaba sólo 18 millones de pesos al mes; al cambio un sueldo y medio de un senador, que dicho sea de paso, no hemos observado que en su conjunto el Parlamento argentino le haya dado nada a la educación y la cultura en materia de elaboración de pensamiento.
No dispongo del tiempo y del espacio para explicar a los legisladores que leen estas líneas qué es “elaboración de pensamiento”.
¿Qué tipo de país considera a la cultura un gasto y no una inversión?
La cultura argentina de los años 60 produjo instituciones que luego sobrevivieron décadas porque existía un consenso bastante amplio sobre el valor de la formación cultural y artística.
Debemos pensar que el verdadero problema no es únicamente el cierre de una institución concreta. Un coro de niños, una orquesta, una biblioteca popular o un instituto histórico cuestan poco en términos presupuestarios. La discusión de fondo es qué entiende una sociedad por riqueza.
Nadie discute la necesidad de administrar bien los recursos; la cuestión es si la motosierra debe llegar también a los lugares donde una comunidad forma ciudadanos. Un país puede equilibrar sus cuentas y aun así decidir sostener aquello que transmite identidad, memoria y conocimiento. .
Siempre destaco la diferencia entre ser liberal y libertario. Estos últimos no comprenden que la esencia del liberalismo es la cultura. Mientras más culto alguien sea, más libre logra ser.
Un liberal clásico -Sarmiento, Alberdi, Ortega y Gasset o Popper- difícilmente habrían considerado a la educación, la ciencia o la cultura como gastos superfluos. Al contrario: las habrían visto como condiciones necesarias para el ejercicio de la libertad.
Un pueblo ignorante es más fácil de manipular que uno instruido. No importa si quien lo manipula es un burócrata estatal, un caudillo político o un algoritmo de Silicon Valley.
Un coro de niños, una institución histórica, las universidades y el sistema educativo no producen dólares, no mejoran el riesgo país y no bajan la inflación. Pero producen algo mucho más difícil de medir: personas. Y las personas son el único capital que una nación no puede importar cuando descubre que lo ha perdido.
Mi abuelo, hombre de campo, decía que hay tres cosas que no se fabrican: la tierra, la inteligencia y la cultura. La primera puede venderse. Las otras dos sólo pueden cultivarse. Argentina parece haber olvidado esa diferencia. Porque cuando una nación destruye sus escuelas, sus coros, sus bibliotecas, sus institutos de investigación y sus espacios culturales, no está ahorrando dinero. Está gastando su futuro.
Una nación puede sobrevivir a una crisis económica, pero difícilmente sobreviva a una renuncia deliberada a la cultura.
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