POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Los argentinos de bien que votamos a Javier Milei debemos solicitar formalmente la indemnización de nuestro voto, porque esto no es lo que votamos.
Los que militamos durante años en el antikirchnerismo y pagamos con persecución y expulsión de fuentes laborales esa postura, pensamos que Milei representaba lo nuevo. Acunamos durante un tiempo la idea de un recambio dirigencial, pero comprobamos a diario que si kirchnerismo había llenado los puestos del Estado de mediocres e indigentes mentales, La Libertad Avanza no sólo hizo lo propio, sino que en muchos casos elevó a cargos legislativos nacionales y provinciales a personajes cuya principal virtud parece ser haber encontrado el edificio correcto el día de la jura.
Hay personajes que todavía no han demostrado estar preparados para redactar una ley, pero sí para protagonizar un video viral. La única verdad es la realidad, decía alguno.
Para el presidente argentino somos «el faro del mundo» y “estamos cambiando el mundo”. Sin embargo, mientras escuchaba semejante afirmación, intenté recordar cuántas veces en la última semana escuché a un francés, un japonés, un brasileño o un canadiense debatir sobre la influencia decisiva de la Argentina en el destino de la humanidad. No recordé ninguna.
Nos proclamamos faro global con un ingreso per cápita menor que el de Chile, una economía tres veces más pequeña que la brasileña y escuelas donde apenas uno de cada siete alumnos alcanza niveles satisfactorios en Matemática.

Fuente: World Bank Group – Data for Chile, Argentina, Brazil | Data
¿Qué muestran los números?
1. Brasil es la potencia económica regional. Su economía es más de tres veces la argentina y más de seis veces la chilena. No porque los brasileños sean más ricos individualmente, sino porque tienen una enorme escala económica.
2. Chile sigue siendo más rico que Argentina por habitante. El chileno promedio genera alrededor de un 20% más de riqueza anual que el argentino promedio.
3. Argentina supera a Brasil en ingreso per cápita. Esto es cierto y no es un dato menor. El argentino promedio produce más riqueza que el brasileño promedio. Pero tampoco estamos ante una diferencia abrumadora.
4. El verdadero problema aparece cuando se mira el mundo. Con un ingreso per cápita cercano a USD 15.000, Argentina está lejos de los países desarrollados. Estados Unidos ronda los USD 90.000; Suiza supera los USD 100.000; Irlanda, Luxemburgo, Singapur o Noruega juegan en otra liga.
Fuente. worldometer- GDP per Capita (2025) – IMF – Worldometer
Para “muestra basta un botón”, decían antes, de modo que se si pretende sostener que “Argentina es el faro del mundo”, deberían mostrarse algunas variables donde efectivamente lidere globalmente: productividad, innovación tecnológica, ingreso per cápita, exportaciones de alto valor agregado, inversión en investigación, calidad institucional o desarrollo humano.
Hoy los datos muestran algo mucho más modesto: Argentina está recuperando algunos indicadores macroeconómicos, la inflación bajó drásticamente y organismos internacionales valoran el ordenamiento fiscal. Eso puede ser un mérito del gobierno y es un hecho verificable. Pero entre «estamos corrigiendo desequilibrios» y «estamos cambiando el mundo» hay una distancia similar a la que existe entre Cafayate y la Luna.
La distancia entre “ser faro” y la cuestión social
Aquí entramos en el corazón de la contradicción política. Porque el problema no es si Milei tiene derecho a ser optimista; todos los presidentes construyen relatos. El problema aparece cuando la distancia entre el relato y la experiencia cotidiana se vuelve demasiado grande
Aun admitiendo que el Gobierno ha logrado avances macroeconómicos importantes, la pregunta sigue siendo la misma: ¿cómo percibe esos cambios el ciudadano común? Porque una cosa es afirmar que Argentina está cambiando el mundo y otra muy distinta es preguntarle a una familia si llegó a cubrir los gastos del mes.
El dato más sólido sigue siendo la pobreza monetaria. Porque si la pobreza oficial ronda el 28,2%, estamos hablando de aproximadamente 13 millones de argentinos cuyos ingresos no alcanzan para adquirir la Canasta Básica Total. Es decir, no llegan a cubrir adecuadamente alimentación, transporte, vivienda, salud, vestimenta y otros gastos esenciales.
Pero existe otro dato menos difundido y quizás más revelador: una enorme porción de los argentinos que no son técnicamente pobres vive apenas por encima de esa línea. Son los llamados «vulnerables». No figuran en las estadísticas de pobreza, pero cualquier aumento de tarifas, alquileres o alimentos puede empujarlos nuevamente hacia abajo. Y es otro dato de la realidad que cada vez más argentinos se están cayendo de la posición en que estaban.
Porque una familia puede no ser pobre según el INDEC y, sin embargo, no tener capacidad de ahorro, no poder cambiar el automóvil, no acceder a una vivienda propia, postergar tratamientos médicos o renunciar a las vacaciones.
La cuestión social no siempre explota en las calles. A veces se manifiesta de formas más silenciosas: jóvenes que abandonan proyectos, familias que dejan de planificar el futuro, jubilados que resignan medicamentos y una clase media que descubre que trabaja más para vivir menos. Son heridas menos visibles que una manifestación, pero suelen tardar mucho más en cicatrizar.
Los gobiernos pueden cambiar el rumbo de una economía. Pero sólo cambian la vida de una sociedad cuando el crecimiento deja de ser una promesa estadística y se convierte en una experiencia cotidiana.
Mientras eso no ocurra, el argentino promedio seguirá formulando una pregunta mucho más terrenal que cualquier debate geopolítico: «¿Llego a fin de mes o no llego?».
