26 de Julio: La inmortalidad es un fuego que no se apaga

POR: Lic. LIZI MEJÍAS

Hablar de Evita un 26 de julio no es hacer memoria de una ausencia; es rendir cuentas ante un fuego que nos sigue marcando el rumbo.

Para nosotras, las mujeres peronistas, Evita no es un bronce frío ni una foto en la pared. Evita es la entraña misma de nuestra militancia, la que nos enseñó que donde hay una necesidad no solo nace un derecho, sino también la obligación sagrada de ponernos de pie y organizarnos para conquistarlo.

Ella no pasó por la historia a pedir permiso. Nos abrió el camino a dentelladas, nos dio el voto, nos dio la dignidad de sabernos protagonistas y nos enseñó que el amor a los humildes y la lealtad al Líder no se militan a medias: se militan con el cuerpo, con el alma y, si hace falta, dejando la vida en el intento.

En tiempos donde pretenden vendernos que la justicia social es un pecado o una utopía descartable, el recuerdo de Evita nos quema en el pecho más que nunca. Nos conmueve hasta las lágrimas, sí, pero no un llanto de resignación, sino ese llanto que purifica y transforma la rabia en organización, la tristeza en bandera y la convicción en victoria.

Cada vez que una compañera sostiene un merendero, cada vez que alzamos la voz frente a la injusticia, cada vez que no nos dejamos doblegar por el poder real, Evita está ahí. Late en nuestras manos, camina en nuestras marchas y nos susurra al oído que la única lucha que se pierde es la que se abandona.

Compañeras: hoy no la lloramos, la multiplicamos. Que este 26 de julio nos encuentre con los brazos en alto, los corazones encendidos y la certeza inquebrantable de que, mientras haya una sola mujer militando por la Patria justa, libre y soberana, Evita vive en el pueblo.

¡Hasta la victoria siempre, Evita eterna!