POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
El Papa San Juan Pablo II, en su encíclica “Fides et Ratio” sostuvo que la fe no anula ni limita a la razón, sino que la sana, la potencia y la rescata de su propio cansancio escéptico. Al revelarle verdades que trascienden el orden empírico, la fe amplía el horizonte de la inteligencia humana y le abre un camino infinito de sentido. Así, ambas se convierten en las dos alas necesarias para que el espíritu se eleve hacia la contemplación de la Verdad última.
Dicho esto, en días en que el mundo se sacude aquí y allá, nos preguntamos necesariamente en qué lugar queda Salta asentada sobre una zona sísmica, pero que tiene sus dados jugados a la tranquilidad de una potencia metafísica que la protege: El Señor del Milagro.
La cuestión nos plantea interrogantes interesantes donde hemos de movernos entre la fe clásica, ciega y hasta inocente, y la ciencia geológica. En este orden, lo primero que habría que decir es que los ingenieros tienen razón: no existen edificios antisísmicos. Existen edificios sismorresistentes.
La diferencia no es un tecnicismo. Es toda una filosofía. La ingeniería jamás prometió impedir que la tierra tiemble. Su enorme mérito consiste en otra cosa: aprender a convivir con una naturaleza que no obedece nuestras órdenes.
Sin embargo, los salteños llevamos más de tres siglos pronunciando una frase que desafía toda lógica técnica. Cuando la tierra amenaza con abrirse bajo nuestros pies, miramos hacia una sola imagen y acaso por eso pueda sostenerse, aun a riesgo de incomodar a muchos, que en Salta lo único verdaderamente antisísmico es el Señor del Milagro.
No porque detenga a las placas tectónicas como quien pulsa un interruptor, sino porque la fe siempre habló un lenguaje que la ingeniería nunca pretendió hablar. Recordamos a Monseñor Pedro Reginaldo Lira, cuando pronunció una frase que despertó sonrisas irónicas y críticas apresuradas: dijo entonces que “cuatrocientas mil almas rezando podían detener los terremotos.” Los agnósticos y los científicos sonrieron, pero tal vez, tal vez aquel obispo estaba hablando de una dimensión de la realidad que la ciencia todavía intenta comprender desde otros lenguajes.
Porque la fe jamás consistió únicamente en pedir milagros. Consiste, antes que nada, en creer que el Universo no se reduce a materia, cálculos y estadísticas sino energía vibratoria.
Las primeras comunidades cristianas ya intuían algo semejante. Cuando uno enfermaba, no quedaba librado a su suerte; en la Carta de Santiago (St. 5:14-16),se lee: «¿Está enfermo alguno de vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, y oren por él (…) para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho.». Desde otra óptica, esta expresión no es “catecismo” sino ciencia cuántica.
El Cristo imponía las manos para curar, para resucitar, y hoy podemos admitir que la imposición de las manos no era un acto de magia sino la expresión visible de una convicción invisible: que los hombres no somos islas y que existe una comunión capaz de sostener al otro cuando sus propias fuerzas se agotan.
Frente a estas realidades existenciales es lícito preguntarnos: ¿Puede la oración detener un terremoto? o también observarnos: ¿Y si el verdadero terremoto fuera el espiritual?
Porque según fuera la respuesta sería también nuestra actitud, porque las placas tectónicas producen grietas en la tierra, pero el relativismo produce grietas en la conciencia.
La corrupción produce grietas en las instituciones, la mentira agrieta a la República y el individualismo produce grietas en la comunidad
Dos mil años después, la ciencia habla de sistemas, de campos, de redes, de interacciones complejas. La religión hablaba, desde mucho antes, de comunión. No son necesariamente el mismo lenguaje. Pero tampoco son mundos completamente ajenos.
Tal vez el verdadero milagro nunca haya sido detener un terremoto, tal vez haya sido impedir que un pueblo se derrumbara después del terremoto.
Porque después de 1692 los sismos no desaparecieron. La amenaza siguió allí. Lo que apareció fue otra cosa: una comunidad capaz de convertir el miedo en esperanza, el caos en promesa y la tragedia en identidad.
Eso también merece ser pensado.
Porque seamos realistas: frente a un sismo de 7 grados o más… ¿Qué quedaría de Salta en pie cuando gran parte de la ciudad está construida con normas de mas de un siglo de antigüedad? Hasta podemos pensar que lo más inoportuno y peligroso sería concentrarse en el santuario que guarda las imágenes del Cristo y de la Virgen del Milagro, dada su construcción.
Luego, vivimos una época curiosa en la cual confiamos -y con razón- en mejores normas sismorresistentes, mejores cálculos estructurales y mejores protocolos de emergencia. Pero al mismo tiempo hemos ido perdiendo la capacidad de rezar juntos, de sufrir juntos y de esperar juntos.
Basta observar que luego de cada 15 de Setiembre, después de la Procesión y del Pacto de Fidelidad, en la sociedad de Salta nada cambia, no se multiplican los testimonios de la Verdad, de la honestidad política y de la solidaridad social. Quizás vamos hasta peor. Entonces parece que las Fiestas del Milagro se han ido quedando más en la celebración de un rito social que en la profesión de una fe profunda cuya energía acumulada pueda producir cambios en la materia.
Quizás el verdadero milagro que necesitamos ya no sea que Cristo detenga un terremoto. Quizás sea que consiga detener nuestra corrupción, nuestra indiferencia, nuestro egoísmo y nuestra mediocridad.
Porque tal vez esa sea la grieta más profunda. No la que separa dos placas tectónicas sino aquella que separa al hombre contemporáneo de toda trascendencia. Porque una sociedad puede construir edificios cada vez más resistentes y, sin embargo, volverse cada vez más frágil.¡He allí la gran paradoja de la fe frente a la ciencia!
No será la primera vez que una civilización sobreviva a un terremoto y sucumba por haber perdido el sentido de aquello que la mantenía unida.
Los ingenieros seguirán haciendo su admirable trabajo. Deben hacerlo. Gracias a ellos muchas vidas se salvarán cuando vuelva a temblar la tierra. Pero hay una pregunta que ningún cálculo estructural podrá responder: ¿Qué sostiene a un pueblo cuando descubre que existen fuerzas que jamás podrá controlar?
Los salteños llevan más de trescientos años ensayando una respuesta. Y quizás por eso, cuando septiembre vuelva a cubrir la ciudad de promesas, de rezos novenarios y se tapicen las ilusiones con pétalos de claveles, todavía haya quienes crean que el verdadero cimiento de Salta nunca estuvo bajo sus edificios sino sobre sus rodillas.
Como podemos comprobar, tenía razón San Juan Pablo II: La fe y la razón no son enemigas. Son dos alas, que cuando una pretende volar sin la otra, el hombre termina estrellándose. –
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