ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Amados y venerables Hermanos Iniciados; la meditación de la fecha es una invitación a que pongamos en valor una de las tantas categorías que este poshumanismo “wock” ha tratado de destronar: la figura del Padre como autor de los días de cada uno de nosotros. Pues lo dicho: “Sin Padre, no hay Vida”.
En ese temperamento es que reclamo en nombre de la Libertad regalada por el Padre, el derecho al uso público del púlpito laico desde el llano, pues la Palabra no es monopolio de las burocracias eclesiales. Porque decimos en uso de nuestra claridad de conciencia que la verdadera condición de “Iniciados”, no pertenece a los que habitan los palacios episcopales ni menos todavía a los que pretenden para sí el estudio de los misterios; sino que “Iniciados” son todos aquellos hombres y mujeres de buena voluntad que se atreven a pensar a Dios desde la Libertad del Espíritu, sin intermediarios que tasen la fe.
Así dicho, proclamamos una verdad angular donde reposa el cimiento de la Vida: ese hilo sagrado e indivisible que une al Arquitecto Universal que nos pensó desde el Origen con cada hombre que asume el milagro y la fatiga de la paternidad en la Tierra; ambos inspirados en el mismo Misterio que preñó de orden el caos inicial y que se replica, con idéntico carácter sagrado, en el sacrificio silencioso de cada jefe de familia. ¡Bendita sea la figura del Padre!
Pues así es que en cada padre se renueva el milagro que canta Juan en su celebrado Prólogo: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Juan 1,14) ¡Extraordinaria vivencia que traspola el orden físico y el metafísico en una misma realidad ontológica! ¡La existencia encarnada! que proclama León XIV en “Magnifica Humanitas”.
Por eso no recitamos en este ara imaginario el catecismo de la culpa, sino que proponemos el ejercicio de una profunda anamnesis: traer al presente, como un acto vivo y urgente, el recuerdo del Principio. Porque todo Padre, es origen y es principio.
Cada padre en la familia es una imagen y semejanza (Génesis 1,26) del Padre Creador, constituyendo uno de los fundamentos antropológicos más importantes de la tradición judeocristiana. Porque antes de la arquitectura del mundo sólo había caos (Jn. 1-1). La Creación no fue un antecedente ciego de la materia, ni el pretendido azar de un estallido, sino el susurro ordenador de Padre Creador Universal.
¡Extraordinaria vivencia simbólica que se replica en el Acto de Amor donde se fecunda la Vida en la soberanía majestuosa del útero! Por eso, reverenciemos al Padre y a la Vida. Porque como lo repite el Libro del Génesis como un eco que debiera avergonzar nuestro escepticismo contemporáneo: “Y vio Dios que todo era bueno”. (Gén. 1, 31).
En la luz de cada alumbramiento hemos de ver la figura del Padre que obsequia la Libertad de la existencia. Y cuando ese hombre recibe a su vástago y contempla su faz por primera vez, se reitera la declaración divina que la declara “buena”. ¡Y allí nace la dignidad inalienable de cada hombre!
II. El Eclipse de la Paternidad: Una Sociedad de Huérfanos
Por eso, desde esta cátedra laica decimos y reafirmamos la sentencia que titula esta homilía como una verdad física, metafísica y política: Sin Padre, no hay vida.
Conviene alertaros en este punto porque el siglo XXI, tan celebrado por sus sorprendentes adelantos técnicos, sin embargo, encubre la paradoja de diseminar silenciosamente la patología devastadora como es la obsesión por la orfandad voluntaria.
Ya no nacen niños. Y en ello no va sólo el egoísmo de negarse a ser cocreadores de la Vida, sino el signo más perverso de los tiempos: Negar la posibilidad de la paternidad. Y en eso se juega la destrucción de la propia sociedad. Porque el egoismo es el antagonista del Amor.
Vivimos días en que la sociedad idolatra la deconstrucción y sublima la estupidez como un acto libertario. Pretensión absurda de un individuo que pretende autofundarse a sí mismo negando su pasado, renegando de su origen.
Un absurdo feminismo enseña el aborrecimiento de la figura del Padre, confundiéndola en un rapto de ignorancia y soberbia supinas con el carácter de un gendarme o con el excecrable tirano.
De manera suicida se convoca a un parricidio social y cultural, engañando a las masas con una libertad mentirosa, porque quien reniega de su origen termina siendo un huérfano desorientado en medio de la marea humana que ahora se debate en el temor al porvenir. Simplemente, porque ha cortado la soga que la mantenía unida al ancla de la vida.
Sin Padre no hay herencia, y sin herencia, el hombre es un átomo aislado, fácil de arrastrar por cualquier demagogia o por las modas líquidas del invierno de turno.
III. La Invectiva: El Dios de los Clérigos vs. El Papá de los Libres
Os decimos entonces, el cristiano ha de ser liberal y anticlerical, como lo fue el Cristo. Porque el dogma es decreto humano, pero el mandato de obediencia y respeto al Padre es imperativo natural. Decimos esto informados por la historia como dato duro y no como diatriba subjetiva propia contra el clericalismo histórico que cometió un pecado imperdonable: secuestró la figura del Padre para convertirla en un Gerente de Corporación, en un legislador de aduana o en un cobrador de culpas.
De esos argumentos se toman las mentes desprevenidas y desaprensivas para ir contra los principios garantes del Orden Natural. Es tiempo de terminar con el cobro de peaje espiritual por cada debilidad humana, porque el Cristo que conocemos, el que predicamos, vino a romper todas esas cadenas y a enseñarse de la majestad de la Paternidad.
“Señor: Enséñanos a orar” (Lucas 11,1), le pidieron los discípulos. Y Jesús les dijo: “Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre. Venga tu Reino… (Lucas 11,1-2). ¡Este pasaje debe ser subrayado y meditado con énfasis! Porque los discípulos piden una técnica de oración y Jesús responde con una relación. No comienza enseñando un método, sino una filiación: “Padre”.
Notable pedagogía de la paternidad que Cristo deja a la humanidad, porque no dice “Yo”, sino “Padre”, enseñando el sentido de una pertenencia. Toda una antropología condensada en una sola palabra.
Por eso predicamos al Cristo desde la Verdad laica y desde la tribuna cívica. Porque aquel Jesús vino a enseñarnos la importancia del Padre y a romper las cadenas de los dogmas absurdos. No bajó a la tierra a fundar una contaduría de pecados; vino a enseñarnos a mirar al Cielo y atrevernos a decir, con la irreverencia y la pureza de los hombres libres: ¡Abba! ¡Papá!
José: La figura silenciosa del Padre putativo
En esta jornada dedicada a honrar al Padre, no podemos dejar de anotar algunas palabra para José; quien asumió desde el silencio una paternidad que no era suya, demostrando una dignidad que ennoblece a la figura de la paternidad. No siendo su simiente, Jesús, fue sin embargo el Hijo. Magnífica enseñanza de que todo hombre también es un padre en potencia.
Saludemos, pues, a esos padres que en un acto de donación le dieron identidad y familia a niños que no la tenían. Hay allí un valor superior que es el del valor de asumir una responsabilidad donde antes falló el Amor.
IV. La Carne del Padre: El Sacrificio Silencioso
Por fin, amados Hermanos Iniciados, hoy que nos hemos congregado en torno a esta mesa imaginaria para celebrar esta Asamblea de la Palabra, en esta jornada donde celebramos al padre de carne y hueso, y hacemos esa anamnesis –memoria- de aquellos que nos acompañan desde el corazón, bajemos la teología al polvo de nuestras veredas irregulares. Desmarquémonos de la sensiblería barata de las tarjetas de felicitación y las vidrieras comerciales. El padre terrenal no es un santo de altar: es un hombre que arrastra fatigas, que comete errores, que a veces carga con silencios pesados que sus hijos no logramos descifrar.
Pero en ese hombre que asume la intemperie para que en su hogar haya resguardo, hay un destello de la divinidad original. El padre es el que sostiene la estructura invisible de la familia cuando afuera ruge la anarquía. Es el que enseña el valor del límite, el que transmite el legado y el que, con las manos callosas o la mente extenuada por el peso del día, nos demuestra que la vida es un acto de entrega sagrada.
V. Bendición de Hombres Libres
Iniciados todos: Elevemos los corazones pensando que en un mundo que parece haber perdido el rumbo de sus propias fundaciones —Estados que no saben para qué existen, sociedades que olvidan sus pactos—, restauremos la memoria del Padre.
No seamos cómplices de la orfandad de este siglo. Reconozcamos nuestro Origen, honremos la siembra de quienes nos precedieron y asumamos la tremenda responsabilidad de ser herederos de una idea, no esclavos de una rutina.
Que el Padre Creador, el que miró el Caos y lo preñó de Orden y Belleza, bendiga su Libertad, su rebeldía intelectual y su coraje para mantenerse de pie en medio de la tormenta.
Podéis ir en paz. La cátedra ha sido dictada.
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