POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
En un mundo tan agitado, tan crispado, de pronto, hallar un momento de meditación que invita a la paz espiritual es necesario. Rachmaninoff, compuso en 1915, en una Rusia que se acercaba al abismo una obra que no necesitaba de la grandiosidad de una orquesta para conmover. Sólo voces humanas. Nada más. Como si el compositor hubiera comprendido que, ante ciertos misterios, cualquier artificio resulta excesivo.
Escuchar esta obra es ingresar en una catedral construida con sonido. Cada movimiento parece elevarse lentamente desde la tierra hacia algo más alto, más profundo y más antiguo que nosotros mismos. No hay estridencias ni exhibiciones. Hay belleza, recogimiento y una extraña sensación de eternidad.
En tiempos dominados por la velocidad, el ruido y la opinión instantánea -insisto-, las Vísperas ofrecen una experiencia cada vez más rara: la posibilidad de permanecer unos minutos en silencio, aun cuando la música no haya dejado de sonar.
