POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
La vieja divisa franciscana -Paz y Bien-, nos toca hoy el alma. Como la antípoda necesaria, imprescindible, para un mundo que predica la guerra, la destrucción y el odio. Lo expresamos alguna vez: “Tenemos que dejar de cubrir de poder al Evangelio y comenzar a evangelizar el poder”. Lástima que en las actuales circunstancias esta frase no sea más que una cita esperanzada y retórica.
¿A quién que accede a niveles de poder le interesa la Paz y el Bien? Porque el poder no sólo es mando, estadística económica, resultado electoral; es, y sobre todo, HUMANIDAD.
El poder es la cátedra más elevada de la alteridad en los términos en que lo definía Aristóteles: “el alter ego”, el “otro yo”. De allí se deriva que el poder es un servicio que ahora se encuentra invertido porque se sirven del poder. Olvidar al otro, es perder humanidad uno mismo. Porque la Paz y el Bien con bienes recíprocos. ¿Devolveríamos violencia a quien nos tiende la mano en paz y buscando nuestro bien?
Sólo los extraviados espiritualmente y psíquicamente pueden sembrar el odio desde el poder.
De modo que aquel “Pax et Bonum” del Hermano Francisco de Asís, que parece hoy una reliquia lingüística, una moneda fuera de circulación, sin embargo nombra dos bienes que toda época necesita: paz exterior y bondad interior. Nos faltan ambas.
No hay PAZ porque hemos confundido convivencia con tregua precaria. La sociedad moderna no vive en armonía: administra hostilidades. Se tolera por cansancio, no por virtud. La discusión pública se volvió un torneo de agravios donde nadie busca persuadir, apenas humillar. Mucho ruido, poca concordia.
Y no hay BIEN porque la bondad ha sido degradada a ingenuidad. Ser bueno despierta sospecha; ser brutal parece signo de autenticidad. El cínico pasa por inteligente, el despiadado por eficiente, el grosero por sincero. Hemos elevado la mala educación al nivel de franqueza y el egoísmo a doctrina de vida.
La fórmula latina del “Pax et Bonum” contiene además una enseñanza de jerarquía: primero la PAZ, luego el BIEN. Porque donde todo es guerra, aun la bondad se vuelve difícil. Pero también a la inversa: sin hombres inclinados al bien, ninguna paz dura demasiado.
En realidad, la crisis contemporánea no es económica ni política, sino espiritual en el sentido más laico del término: hemos perdido el gusto por la serenidad y el prestigio de la decencia.
Vemos azorados cómo se delinque desde la función pública y se muestra el botín sin pudor alguno. Cómo algunos se enriquecen despiadadamente, herméticos ante el hambre de los hermanos.
Porque nunca se roba algo; siempre se le roba a alguien.
Decimos querer progreso, pero acaso lo primero que necesitaríamos recuperar es algo mucho más antiguo y más arduo: aprender otra vez a desearnos mutuamente “PAZ Y BIEN”, sin ironía y sin vergüenza. Sobre todo, con humildad. –
© – Ernesto Bisceglia
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