POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
En las últimas horas se veía venir. Por fin, Manuel Adorni, presentó su renuncia. El presidente, Javier Milei, tuvo que ceder ante el peso de las evidencias y la presión cada día mayor de sostener a un personaje que le estaba escorando la nave.
Desde el sector más fanatizado de los libertarios están hablando de “operacion de prensa”, de “opereta judicial” de los “kukas”, etcétera; el mismo argumento de siempre. Los moderados dentro de ese espacio respiran aliviados porque la presión era insostenible.
Sin embargo, a esta altura el problema del gobierno de Milei y de los argentinos ya no es Adorni. El ahora ex jefe de gabinete no fue más que “un busca”, un sujeto venal consumido por la codicia y por tener, sin haber tenido en cuenta la gravitación moral en la sociedad de sus acciones.
Y este es el punto central de la cuestión. Aquella promesa de Milei de “pegarle un cañonazo en la cabeza” al que robara en su gobierno y la “moral como política de Estado” han quedado hechos trizas ante el capricho de sostener a un individuo cuyo nombre ha sido puesto en tela de juicio.
Lo que el gobierno y los más radicalizados parecen no comprender, es que el título de corrupto o no, debe darlo la justicia -cuando funcione, claro-; aquí el problema es el síntoma, la sospecha y las semiplenas pruebas que arrinconan a un funcionario del propio riñón presidencial.
La distancia -cada vez mayor- entre el pueblo y el gobierno, parece impedirle al presidente y sus íntimos comprender que el cansancio, el hartazgo social va “in crescendo” y los ciudadanos toleran cada vez menos enterarse de que un funcionario los roba. Nos roba, a todos.
Los millones -si los hubo-, Adorni ya se los habrá llevado o no, pero la marca del golpe deja una cicatriz en la sociedad. ¿Hasta cuándo hablaremos de corrupción en los gobiernos? ¿Cómo se entiende la obstinación del presidente Milei en sostener a un sujeto que cada día colectaba más manchas que una chita?
Entonces sobreviene la sospecha que es legítima: “No lo sacan porque debe saber algo”. Es como aquel despiadado “Algo habrá hecho”, cuando se llevaban a alguien. Capaz que eran inocentes. Como este Adorni, capaz que era inocente si puede presumir de eso “hasta que la justicia diga lo contrario”.
En definitiva, Adorni podrá irse. Vendrá otro vocero, otro ministro, otro funcionario y la rueda seguirá girando. Lo verdaderamente grave no es la caída de un hombre, sino la obstinación de un sistema político que, gobierno tras gobierno, parece creer que el costo de sostener a un sospechado es menor que el costo de reconocer un error.
La sociedad argentina ya no reclama héroes. Reclama algo mucho más modesto y mucho más revolucionario: gobernantes que comprendan que la ejemplaridad también forma parte de la gestión. Porque cuando un presidente convierte la defensa de un funcionario en un asunto personal, deja de proteger a una persona y empieza a poner en juego la credibilidad de todo su gobierno.
Foto de Portada: Crédito INFOBAE
