POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Era una calurosa tarde recorriendo las callejuelas de Venecia, buscando la Piazza San Marco, entre corredores angostos atiborrados de negocios desde los cuales las máscaras venecianas miran indiferentes el paso de tantos viandantes, cuando por fin llegué a la mítica plaza, enmarcada por la Basílica al fondo, los destellos blancos del Palacio Ducal a su lado y la imponente torre.
La sed impuso la pausa y sentado en una de las tantas confiterías que derraman sus mesas sobre la plaza, alcanzó a ubicarse en esos escenarios propios un conjunto, que, al punto, comenzó a ejecutar “La Cumparsita”. Para qué decir de la emoción que embarga hallarse lejos de la Patria y escuchar su música. En ese punto se comprende el dolor del exilio forzado.
Porque allende nuestras fronteras, tres cosas nos distinguen a los argentinos: Diego Maradona, el asado y el tango.
“La Cumparsita” significa, literalmente, “la comparsita” o “la pequeña comparsa”, término heredado del lunfardo que designa a un grupo de personas que desfila, canta o participa festivamente en carnavales y celebraciones populares. El diminutivo -ita le da tono afectuoso o pequeño: de allí, cumparsita.
El célebre tango fue compuesto por Gerardo Matos Rodríguez en Montevideo hacia 1916, cuando era muy joven. Nació inicialmente como una marcha estudiantil para una comparsa de carnaval, y luego se transformaría en uno de los tangos más famosos del mundo. Un himno universal de la melancolía porteña.
Nadie sospechó que aquella modesta comparsita de estudiantes acabaría siendo la banda sonora de medio planeta cuando alguien extraña un amor, una ciudad o una juventud perdida. –